RAÚL SCALABRINI ORTIZ, UN ADELANTADO

Instituto Gestar

A comienzos de 1940 había publicado tres obras fundamentales para comprender el proceso político de la Argentina de aquel tiempo: El hombre que está solo y espera (1931), Historia de los ferrocarriles argentinos (1940) y Política británica en el Río de la Plata (1940).

 

por Mauricio Mazzón

Director Ejecutivo de Gestar

 

Nacido en 1898, en la década del 20 se formó en la lectura de autores europeos que iban desde Anatole France a Oscar Wilde y los rusos Máximo Gorki,- Fiodor Dostoievski y Anton Chejov. En 1924 publicó un libro de cuentos, La manga, en el que se expresan estas influencias. Para la misma época comenzó a trabajar como periodista, colaborando en La Nación, Noticias Gráficas y El Mundo, donde tuvo que reemplazar nada menos que a Roberto Arlt. 

 

Durante su tránsito por la Facultad de Ciencias Físicas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, participa en una agrupación estudiantil socialista llamada Insurrexit. Este paso por la izquierda revolucionaria fue natural para muchos jóvenes que luchaban contra el régimen oligárquico, pues en aquellos primeros años de la década del 20 el socialismo y el anarquismo eran el principal canal de reacción contra el sistema liberal-conservador gobernante.

 

 

Evolución hacia posiciones nacionalistas

 

La posterior evolución de Scalabrini hacia posiciones nacionalistas y populares fue consecuencia, en primer lugar, de sus apreciaciones y análisis personales de la realidad política argentina y de la incidencia de Gran Bretaña en nuestra vida económica e institucional, y, en segundo lugar, influirán de manera determinante en su pensamiento intelectuales y artistas de la talla de Macedonio Fernández, de quien fue discípulo; José Luis Torres, Ernesto Palacio y los hermanos Irazusta, con quienes cultivó una intensa amistad.

 

A comienzos de la década del 30 se manifiestan en la Argentina visiblemente los efectos de la crisis económica y financiera mundial. El capitalismo hace agua y millones de personas son condenadas al hambre y la desocupación. Los países desarrollados, envueltos también ellos en la crisis, amortiguan sus efectos recargándola sobre los países productores de materias primas. En la Argentina se derrumba el mito de ser “el granero del mundo”, caen los precios de las exportaciones, se devalúa el peso y comienza así la crisis con sus consecuentes secuelas de miseria, hambre y desocupación, iniciándose lo que se denominó la “década infame”. Al descorrerse el velo que ocultaba la dependencia estructural de nuestra economía el país vasallo queda expuesto a los ojos de Scalabrini, quien poco tiempo antes se hallaba inmerso en la exploración del mundo metafísico cuyo principal producto fue su famoso libro El hombre que está solo y espera. Pero a comienzos de la década del 30 inicia lo que será la tarea del resto de su vida: el análisis crítico de los mecanismos que someten a nuestra patria a la indigna condición de colonia del imperialismo de turno. Con él, el pensamiento nacional, adormecido durante décadas, se despierta y comienza nuevamente su marcha. En un artículo que publicó en 1931 titulado “La ciudad está triste” retrata de manera impecable la desolación del pueblo provocada por la desocupación y la miseria.

 

La situación social y política era compleja y la literatura de aquellos años la silenciaba. Scalabrini se erige así en un pequeño faro, aunque no el único, al que el establishment cultural segregó y silenció. El mismo Scalabrini escribe con amargura: 

 

Comprendí que tenía en contra todo lo que dentro del cuerpo social argentino significa fuerza organizada: la oligarquía, el periodismo, la inteligencia universitaria y las miles de ramificaciones en que se dividen las fuerzas del gobierno. Era un panorama aterrador. Se abría una perspectiva de extrema soledad, una lucha tremenda nada más que para expresarse; sabía que me cerrarían todas las tribunas literarias, periodísticas y políticas.

 

Comienza su denuncia contra la estructura semicolonial

 

Este contexto lo obligó a alejarse de la literatura y comenzó a ahondar sus estudios sobre la economía. Comenzó a formularse un interrogante primario: ¿es la Argentina un país rico o es un país pobre? De sus observaciones directas surgían varias cuestiones: el país tenía una red ferroviaria pero estaba en manos de los ingleses. poseía ganado pero los frigoríficos eran ingleses o norteamericanos, tenía bancos pero también eran ingleses, tenía gigantes consorcios exportadores de cereales pero eran todos extranjeros. Y lo que el país vendía, ¿cómo lo transportaba? No tenía flota propia y, por tanto, lo llevaba al exterior a través de la flota inglesa. 

 

Por esta vía de razonamiento llegó a la conclusión de que la Argentina no era una colonia pues no había un ejército de ocupación extranjero que dominara su territorio, pero tampoco era un país verdaderamente soberano pues no controlaba ni un solo resorte fundamental de su economía. Sostiene entonces la tesis de que el país era una semicolonia, es decir, que tenía la apariencia de ser soberano pues tenía bandera, himno y hasta un presidente. Claro, cuando reflexiona que por ejemplo en 1904 asume la presidencia un tal Manuel Quintana, quien era abogado de las principales empresas británicas en la Argentina, o que en 1938 asume la presidencia otro abogado de empresas inglesas, Roberto Ortiz, quien además fue cabal expresión de la década infame, cruzada por el fraude electoral y la corrupción, concluye que la Argentina había entrado de lleno en lo que dio en llamarse la división internacional de trabajo, de manera que quedamos reducidos a la producción de materias primas que exportábamos a los grandes centros manufactureros europeos, principalmente los ingleses. Se constituyó así una granja feliz, dominada por unos pocos estancieros, que a la sazón se habían robado la tierra con maniobras financieras poco claras cuando no por dádivas a los poderes de turno, que abarcaba la provincia de Buenos Aires y el sur de las provincias de Santa Fe y de Entre Ríos. El resto del país quedaba fuera de este esquema, y por tanto empobrecido y sin posibilidad alguna de revertir la miseria a la que era empujado.

 

Scalabrini reflexiona sobre estas estructuras político-económicas a partir de analizar cómo se construyó la red ferroviaria argentina. Comprende que el desarrollo de esa red ferroviaria no vinculaba ni integraba las distintas regiones del país sino que radialmente convergía desde la zona de la pampa húmeda hacia el puerto de Buenos Aires. La oligarquía gobernante aseguraba así la colocación de sus carnes y sus cereales en el mercado inglés. Este dispositivo era una típica construcción colonial.

 

A diferencia de lo sucedido en Estados Unidos, donde el progreso se basó principalmente en el acrecentamiento del mercado interno y en el desarrollo de una industria propia, nuestra oligarquía centró su riqueza en vender su producción fuera del país de manera que el poder de consumo estaba dado por el mercado extranjero. La consecuencia inmediata de este tipo de subdesarrollo económico es que precisaba que el salario interno fuera lo más bajo posible. Por tanto, no importaba ni el crecimiento del país ni del consumo de su mercado interno.

 

Nada de esto era nuevo. En 1802 Manuel Belgrano se anticipó a esta estructuración de la economía y sostuvo ante el Consulado: “Ningún país que exporte materias primas puede tener futuro, lo que hay que hacer es industrializarlas. De ese modo, trabajamos con la gente del país. Si exportamos la materia prima, van a trabajar los otros y nosotros vamos a comprar los productos manufacturados y no vamos a poder crecer”. En 1916, Manuel Ugarte escribió que los ferrocarriles en la Argentina no eran un elemento de progreso sino de atraso por el diseño que tenía la red, convergiendo exclusivamente en el puerto porteño para beneficio de los sectores terratenientes.

 

Pero fue Scalabrini Ortiz quien sistematizó y expuso claramente la matriz colonial de la economía argentina de ese tiempo. Al respecto, decía Arturo Jauretche: 

 

En nuestros años de estudiantes, nos pasábamos hablando mal del imperialismo, pero nos referíamos al imperialismo yanqui que casi no tenía influencia sobre la Argentina. Fue Scalabrini quien nos explicó de qué manera el imperialismo inglés instrumentaba su dominación sobre la Argentina: cómo las vacas cimarronas que se extendían por nuestras tierras empezaron a ser mejoradas en función de los intereses de los productores ingleses; cómo el tendido del ferrocarril hacia el puerto de Buenos Aires, la construcción de los frigoríficos en las zonas portuarias (Buenos Aires, Zárate o Rosario), los seguros, las grandes casas comerciales, habían significado que el país se convirtiera en una semicolonia; cómo los bajos costos de producción, merced a la ventaja fundamental que tiene nuestro país por la fertilidad de sus tierras y el clima de la pampa, les permitían llevarse las carnes baratas. Él nos llevó de un antiimperialismo abstracto a un antimperialismo concreto.

 

En sus dos libros ya mencionados  publicados en 1940, denunció al imperialismo inglés y a sus socios cipayos de hundir a la Argentina en el primitivismo agrario. Investigando los balances de las empresas ferroviarias, descubrió y expuso las trampas que utilizaban. Por ejemplo, el mecanismo por el cual si obtenían una ganancia menor a la estipulada contractualmente con el gobierno, éste les tenía que dar la diferencia; en cambio, si superaban dicha tasa de beneficios, se los quedaban y los enviaban a Gran Bretaña.

 

En definitiva, descifró las claves de la dominación económica de nuestro país por parte de Gran Bretaña. Como anticipamos, esto lo convirtió en un enemigo de fuste tanto del imperialismo como de sus socios locales, y fue condenado al silencio.

 

Scalabrini fue un consecuente luchador por obtener la soberanía política de nuestro país y su independencia económica librándonos del yugo de los imperialismos de turno. En 1933 participó, junto con Arturo Jauretche, entre tantos otros patriotas, en el levantamiento armado llevado adelante por un grupo de radicales en Paso de los Libres, provincia de Corrientes, contra el fraudulento gobierno de Agustín P. Justo. Fue detenido y debió partir al exilio en Europa, donde profundizó su estudio del funcionamiento de la política económica británica y las formas en que explotaba las riquezas de tan diversos pueblos como el argentino, el uruguayo, el egipcio o el indio. 

 

 

Su etapa en FORJA 

 

En 1935, regresa de su exilio y se suma a las filas de Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), nucleamiento de clara orientación yrigoyenista, obteniendo así una tribuna en la que formular sus denuncias y donde canalizar su lucha antiimperialista. Se convirtió en la principal usina de pensamiento de FORJA durante el período que va desde 1935 a 1945. 

 

Scalabrini nunca perteneció a la Unión Cívica Radical pues descreía de la capacidad revolucionaria de un radicalismo ya por entonces cooptado en su dirección por el alvearismo y, por tanto, sumiso al orden oligárquico impuesto por el gobierno de Justo.

 

Scalabrini se integrará formalmente a FORJA cinco años después de su fundación, cuando, reformado el estatuto, se elimina el requisito de afiliación al radicalismo. 

 

FORJA se estructura a partir de dos líneas de trabajo. Mientras Arturo Jauretche se concentra en la construcción y articulación político-institucional, Scalabrini centraliza su actividad en la producción teórica y, por tanto, impulsará entre otras acciones la publicación de los legendarios cuadernos (trece en total). Es inexacto sostener que FORJA era una agrupación estrictamente radical. Scalabrini se incorpora a ella desde sus comienzos informalmente pero adquiere, como ya se ha dicho, una importancia vital para la organización. Por su parte, la presencia activa de hombres de la talla de Miguel López Francés, quien luego será el corazón del gobierno de Domingo Mercante en la provincia de Buenos Aires; Nicanor García, el jefe de FORJA Mar del Plata, la filial más importante en el interior del país, y Darío Alessandro, entre otros, demuestra que FORJA contuvo en su seno y desde sus inicios expresiones no vinculadas al partido radical. 

 

También es inexacto que FORJA fuera una agrupación esencialmente integrada por intelectuales. Por el contrario, la labor articuladora de Jauretche permitió, en primera instancia y a través de la figura de Libertario Ferrari, contribuir con la incipiente nacionalización de la conciencia de la clase trabajadora argentina. Libertario Ferrari llega a ser miembro de la conducción de la CGT, y paulatinamente transmitirá los contenidos forjistas al seno del movimiento obrero. En tal sentido, los documentos de FORJA contribuirán a fortalecer la conciencia obrera respecto del imperialismo real, es decir, el británico, ya que, tal como explicaron antiguos militantes del campo sindical, mientras la diatriba de los componentes de la izquierda tradicional insistía en vincular el imperialismo yanqui con todos nuestros males, los obreros eran plenamente conscientes de que las empresas estratégicas de nuestro país estaban bajo dominio británico.

 

Por su parte, la acción de FORJA influirá en los cuadros militares de la logia creada por el general Perón, el Grupo de Oficiales Unidos o Grupo Obra de Unificación (GOU). De esta forma, cuadros militares jóvenes accederán, gracias a esta relación, a los trabajos de, entre otros, Scalabrini, Torres y Del Río.

 

La labor de Scalabrini en FORJA proseguirá hasta el 1 de febrero de 1943, fecha en que abandona la agrupación por ciertas discrepancias con su conducción. A partir de esa fecha dejarán de producirse los cuadernos y la creación teórica de FORJA disminuirá, reduciéndose fundamentalmente a las labores preparatorias del pronunciamiento militar del 4 junio de 1943.

 

No obstante su alejamiento, Scalabrini dejará una impronta imborrable en la organización, no solamente en lo que respecta a la denuncia de los oscuros lazos que nos unían al Imperio británico, sino a otras cuestiones vitales para el futuro de nuestro pueblo, como la cuestión de nuestra conciencia nacional. 

 

Scalabrini es esencialmente un patriota, ama a su tierra y se esmera por desarrollar una teoría de lo nacional sobre la base de la realidad. Por eso incorpora al pueblo concreto en el concepto de nación, distanciándose así de otros nacionalistas que interpretaban que la nación había sido derogada en la batalla de Caseros. Esta noción de nación es retomada por Juan Domingo Perón, que supo comprender la heterogeneidad de nuestros orígenes y llevarla a la práctica en sus acciones.

 

Scalabrini coinci-de con Arturo Jauretche y con Ernesto Palacio en que la Argentina necesitaba nuevas elites con conciencia nacional para llevar a cabo una empresa nacional. Más de cincuenta años después, a la misma con-clusión llegó otro brillante intelectual, Fermín Chá-vez, al sostener que “las crisis argentinas son primero ontológicas, después éticas, políticas, epistemológicas y recién por último económicas”, y advirtió que sólo una elite dirigente ligada orgánicamente a su pueblo y dotada de nítido compromiso nacional podrá superar ese trance ontológico que nos impide conducirnos hacia un destino digno y autosuficiente.

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, Scalabrini sostiene desde el periódico Reconquista la necesidad de mantener la neutralidad.

 

 

La relación con Perón

 

Inicialmente, fue cauto con Perón pues desconfiaba de los militares. Jauretche, en cambio, desde que lo conoció, a instancias de Homero Manzi, lo consideró un personaje clave de las luchas que se desarrollarían en los años venideros.

 

Esta desconfianza de Scalabrini hacia Perón subsistió hasta mediados de 1944, cuando éste inaugura en La Plata la cátedra de Soberanía Nacional y expone que para que un país sea soberano debe tener una flota, ferrocarriles, bancos y seguros propios. Él mismo relató que fue en un remoto lugar de la Argentina donde el fiel de la balanza se inclinó finalmente a favor de Perón. En 1945 Scalabrini se trasladó al Chaco con vistas a hacer un negocio que le permitiera subsistir. A punto de regresar a Buenos Aires, estaba en una humilde hostería con un amigo y al acercarse unos indios matacos que hablaban abusando del gerundio, su amigo les preguntó: “Y, ¿cómo estando?”. El mataco le respondió: “Estando, indio trabajando, patrón pagando, estando un coronel Perón”. En medio de la selva, “estando” significaba que Perón había llegado donde nunca nadie antes se había aventurado, que alguien se preocupaba para que no les pagaran con vales sino con dinero y que alguien exigía que se respetasen las horas de trabajo. Scalabrini percibió no sólo el aprecio popular por la figura de Perón sino que también comenzaban a producirse cambios concretos.

 

Convencido de que Perón era la clave del cambio social y político, participa de la movilización del 17 de octubre de 1945 sobre la cual escribió el famoso texto donde retrata la composición de ese pueblo en rebelión que toma la Plaza de Mayo reclamando la libertad del líder. Ese día se convence definitivamente de que esos hombres, a los que llama “esos de nadie y sin nada”, serán los protagonistas principales de los cambios que llevarán al país a su independencia efectiva: “Era el subsuelo de la patria sublevada”.

 

Perón le ofrece la Secretaría de Transportes, pero Scalabrini no acepta pues no se considera un hombre de gestión y prefiere desde el llano aportar ideas para el gobierno popular.

 

Lo cierto es que, a partir de la revolución del 4 de junio de 1943 y la llegada al poder del entonces coronel Perón, comienzan una serie de medidas que permiten hablar de la nacionalización de los ferrocarriles. Algunos argentinos funcionales a los intereses ingleses comienzan a pregonar que los ferrocarriles son “hierro viejo” y que no vale la pena comprarlos, y ahí está nuevamente la voz de Scalabrini Ortiz para decir: “Esos «hierros viejos» contienen el comienzo de la independencia argentina. Ningún progreso será posible mientras ellos pertenezcan al extranjero”.?Consecuente con sus principios, en la primera reunión que mantiene con Perón, en 1944, le pide a éste la nacionalización de los ferrocarriles y le arranca el compromiso de nacionalizarlos. La segunda reunión se produce cuando Perón ya era presidente y Scalabrini Ortiz le deja un memorándum donde reafirma que es necesaria la nacionalización para poder organizar el sistema de transporte, la circulación interna y la diseminación de las industrias, para comenzar a tener dominio real y efectivo sobre nuestro propio territorio y procurar el desenvolvimiento de las distintas regiones sumidas en un verdadero letargo. 

 

 

Su influencia en la nacionalización de los ferrocarriles

 

Luego de esa reunión con Perón, Scalabrini funda Unión Revolucionaria y la Comisión pro Nacionalización de los Ferrocarriles, organizaciones con las que lanzará una campaña por lograr este último objetivo. Las organizaciones que funda tienen el fin de desarrollar la conciencia en el pueblo de la necesidad de la medida y facilitar la tarea del gobierno.

 

En diversas conferencias, notas, cartas y entrevistas con legisladores y autoridades del gobierno, Scalabrini luchará contra los intereses ingleses y sus personeros locales que se opondrán a la compra de los ferrocarriles utilizando el discurso de “hierro viejo”. Scalabrini dirá entonces: 

 

Quien afirma que los ferrocarriles son hierro viejo, afirma una verdad clara como la luz del sol. Pero quien de allí deduce que no deben ser expropiados y nacionalizados incurre en un error de lógica porque no ha percibido el problema en toda su dimensión. El material ferroviario está viejo indudablemente... Pero, a pesar de esto, el poder de los ferrocarriles no ceja... Aunque el material se ponga viejo, el poder político de los ferrocarriles se muestra lozano y brioso... Por eso el problema ferroviario puede sintetizarse en la simple fórmula: adquirir los ferrocarriles equivale a adquirir soberanía. Y esto es así porque con la nacionalización se podrá regular la circulación interna de mercaderías y de pasajeros, orientar las corrientes de tráfico y de comercio exterior, distribuir la industrialización y las manufacturas, diseminar la actividad y la población, estimular las iniciativas de las provincias sofocadas por el alejamiento ferroviario y organizar coordinadamente el transporte del país.

 

El 13 de febrero de 1947 se firma el contrato de compraventa de los ferrocarriles británicos por el Estado y el 1 de marzo de 1948, ante una multitud congregada en Retiro, el Estado Argentino toma posesión de los ferrocarriles británicos, los cuales junto con el Instituto Argentino de Promoción del Interamcio (IAPI), la Junta Nacional de Granos, la flota mercante, el Banco Industrial, la nacionalización del gas y las usinas eléctricas, permitirán al gobierno peronista desarrollar una política industrialista con justicia social y desarrollo equitativo del conjunto de la nación.

 

Los años dorados del peronismo encuentran a Scalabrini dando conferencias, escribiendo y generando proyectos para el gobierno.

 

 

La fusiladora y Frondizi

 

Cuando en 1954 se produce el enfrentamiento entre el gobierno y la Iglesia, grupos nacionalistas católicos que conspiraban para derrocar a Perón se pusieron en contacto con Scalabrini y con Jauretche para tratar de sumarlos a la contrarrevolución. Scalabrini les explicó: “Aquí la opción que tiene la Argentina no es Perón o el arcángel San Miguel, la opción es Perón o Pinedo. Si cae Perón vuelve la oligarquía, vuelven los conservadores. Puedo observar que hay cosas que no se organizan como deben organizarse pero de ninguna manera voy a sumarme a la conspiración”. Jauretche fue más contundente aun cuando se le acercaron grupos vinculados al golpista Eduardo Lonardi con el mismo fin: “Con ustedes, nada bueno. En el 30 tiraron abajo a Yrigoyen, ¿y después que pasó?, los liberales se quedaron con el poder, y en el 43 también. Participaron del golpe y después se los robó Perón. Ustedes hacen las revoluciones pero después se las roban; yo no voy a participar para nada”. Contaba don Arturo que le contestaron: “Mire, doctor, nosotros en el año 30 éramos muy jóvenes, no nos dimos cuenta de lo que hacíamos. En el 43 ya estábamos maduros políticamente, pero tampoco nos dimos bien cuenta de lo que había que hacer”, a lo que Jauretche contestó: “Ahora van a hacer la revolución y se la van a robar de nuevo, porque ustedes serían jóvenes, serían maduros, pero pelotudos fueron toda la vida”. Como habían previsto estos dos hombres, Lonardi dio el golpe de Estado y a los pocos meses el sector liberal del ejército más recalcitrantemente antiperonista, encabezada por Pedro Eugenio Aramburu, se encaramó en el poder.

 

Tras el golpe, Scalabrini se unió a la resistencia a través de publicaciones como El Líder, El 45 y El Federalista desde donde denuncia la extranjerización de la economía nacionalizada por Perón, el endeudamiento externo al que es sometido el país o la liquidación del IAPI. Cerrados esto periódicos, comienza a escribir a mediados de 1956 en el semanario Qué, dirigido por Rogelio Frigerio, erigiéndose en fiscal acusador de la dictadura de Aramburu mediante la denuncia permanente de la política antinacional que su gobierno dictatorial llevaba adelante.

 

Con el triunfo de Arturo Frondizi en las elecciones de 1958 asume como director de esta última publicación, pero renuncia poco después en desacuerdo con los contratos petroleros firmados por el gobierno desarrollista. 

 

 

El final

 

Aquejado de un cáncer de pulmón que desgraciadamente invadió también su cerebro, uno de los más brillantes que dio la Argentina en el siglo XX, entre enero y mayo de 1959 se recluyó en su casa, donde murió el 30 de mayo. Hacemos nuestras las palabras pronunciadas por Jauretche, su compañero de ruta durante décadas, al despedirlo: 

 

He visto a Scalabrini teclear en largas vigilias su pensamiento que no tenía destino, porque las bobinas y bobinas de papel entraban por el puerto de Buenos Aires con el pretexto de la cultura, pero no había una mísera cuartilla que llevara al pueblo las verdades que surgían de aquellas vigilias. Pero la verdad fue saliendo, en pequeñas hojitas de efímeros periódicos, de folletos y libros portados por hombres pequeños, pequeños en la multitud pero que se fueron haciendo grandes hasta ser la multitud misma. Mi deber es decir que precisamente la grandeza de Raúl fue la de hacer del artista un instrumento de cosas más grandes, más generosas… Su tarea fue enseñarnos y ayudarnos a construir una patria. El amigo que se despide tampoco quiere estar triste; cómo estar triste si Raúl Scalabrini Ortiz vive en privilegio de su pensamiento y su conducta y vive alegremente con ese canto de esperanza y fe en el futuro con que fue cortando nuestras cadenas, mientras el alba anunciaba el despertar. Raúl Scalabrini Ortiz, tú sabes que somos vencedores, por eso hemos venido más que a despedirte a decirte gracias, hermano. 

 

 

Aviso en La Prensa

 

El 13 de enero de 1942 muchos amigos de Raúl Scalabrini Ortiz quedan perplejos al leer el siguiente aviso entre los ofrecidos en el periódico La Prensa:

 

Caballero argentino, casado, de 44 años, con amplias relaciones, estudios universitarios, técnicos, una vasta cultura general, científica, literaria y filosófica, con experiencia general y profunda de nuestro ambiente económico y político, ex redactor de los principales diarios, autor de varios libros premiados y de investigaciones, aceptaría dirección, administración o consulta de empresa argentina, en planta o en proyecto, en los órdenes industrial, comercial o agrario. Dirigirse a Raúl Scalabrini Ortiz, calle Vergara 1355, Vicente López.

 

Los datos del aviso son correctos. Estudios terciarios: es agrimensor. Ha trabajado en los principales diarios y revistas como La Nación, Noticias Gráficas, El Mundo, Crítica, El Hogar, Martín Fierro y La Gaceta del Sur. 

Ha recibido el Segundo Premio Municipal por El hombre que está solo y espera en 1931. Ha sido traducido al alemán, inglés e italiano. Ha dirigido el diario Reconquista y prácticamente codirigido el semanario Señales. Ha dictado muchas conferencias.

 

Se vinculó con los hombres más importantes de su generación en lo literario (Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea, Leopoldo Marechal, Alfonsina Storni, Macedonio Fernández) y del mundo político (Ernesto Palacio, Arturo Jauretche, Manuel Gálvez, los hermanos Irazusta). Compañero de estudios de Gainza Paz, Sáenz Valiente, Uriburu. Ha publicado libros de historia y economía: Política británica en el Río de la Plata, Historia de los ferrocarriles argentinos. 

 

¿Por qué Scalabrini Ortiz pedía trabajo y era desconocido para el público en general? ¿Por qué no tenía dónde expresarse? Era un maldito y era consciente de que eso se produciría: aislamiento, boicot, marginalidad, etc. Él había descubierto algo importante y desde el momento en que decidió denunciarlo supo lo que le ocurriría. Fue conscientemente al silenciamiento.

 

La República de Otaria (fragmento)

 

Supongamos que en la vasta extensión del océano Atlántico, entre Sudáfrica y el Río de la Plata, existe una comarca aún desconocida. Es un país fértil cuyas tierras arables suman casi treinta millones de hectáreas. Tiene una población de veinte millones de habitantes. Se denomina, en el planisferio del imaginario Mercator, República de Otaria. Sus habitantes responden, pues, a la designación genérica de otarios, lo cual resulta simbólico, porque si bien la palabra otario no figura en el diccionario de la Real Academia, en el lenguaje vernáculo tiene una acepción precisa; otario es el que cambia una cosa real y cotizable por algo sin valor: una palabra, un concepto, una ilusión, un halago interesado; el que cambia, por ejemplo, un jugoso bife por un elogio a su generosidad y a su espíritu democrático. El cuervo era un otario. El zorro, un vivo. 

 

Otaria produce más de lo que necesita para vivir. Cada otario consume anualmente 100 kilos de carne, 200 kilos de trigo, 100 litros de leche y 100 kilos de maíz que en parte se transforma en huevos y en carne de ave. El exceso de producción lo trueca por combustible. No nos ocuparemos de este comercio y daremos por sentado que sus valores se equivalen. Los otarios necesitan emprender algunas obras públicas para abrir horizontes a la vida larval en que viven. Sus economistas los han convencido de que deben recurrir al capital extranjero, porque Otaria está huérfana de ellos. Nosotros nos disponemos a cumplir esa misión civilizadora. Para ello es indispensable que efectuemos una pequeña revolución y asumamos el poder. Nunca faltarán otros otarios dispuestos a servir a altos ideales que simbolizamos nosotros y las grandes empresas que nos aprontamos a ejecutar. ?La unidad monetaria de aquel simpático país es el otarino. Tiene el mismo valor legal de un peso argentino y se cotiza a la par. Los alimentos y la materia prima de Otaria valen exactamente lo mismo que sus similares argentinos. Para simplificación del ejemplo y de la interpretación usaremos cifras globales. La técnica no se altera por centavo de más o de menos.

 

Quizá nos convenga abrir una institución de crédito en Otaria. Quizá no la necesitemos. Los instrumentos del crédito internacional pueden suplir perfectamente la ausencia de un banco local. Si queremos abrir un banco, nos munimos de una carta de crédito en que el Banco Central de la República Argentina afirme que tiene depositada a nuestra disposición una suma dada, cien millones, por ejemplo, en oro o moneda convertible, o que se responsabiliza de ellos. Eso basta. La carta de crédito del Banco Central de la República Argentina es palabra sagrada en la República de Otaria. Por otra parte, una carta de crédito –digamos, una carta de presentación– fue todo el capital inicial que invirtieron en este país los más poderosos bancos extranjeros: el Banco de Londres y América del Sud, el ex Banco Anglo Sudamericano, el First National Bank of Boston y el National City Bank of New York. Nos preocuparemos, eso sí, de que la memoria del Banco Central de Otaria diga algo semejante a lo que el Banco Central de la Argentina afirmó en su memoria de 1938, la conveniencia de “transformar las divisas en oro y dejar ese oro depositado en custodia en los grandes centros del exterior […] no sólo por la economía que significa no mover físicamente el metal, sino principalmente por facilitarse de este modo su pronta y libre disposición con el mínimo de repercusiones psicológicas”. Este argumento, que fue convincente para nosotros, puede ser aceptado por los otarios, a quienes nos complacemos en imaginar tan confiados, liberales y democráticos ciudadanos como nosotros. En Estados Unidos la operación no hubiera podido efectuarse, porque aquellos cowboys son tan desconfiados que hasta 1914 no permitieron el establecimiento de ningún banco extranjero, y, para impedir filtraciones subrepticias, ni siquiera permitían que sus propios bancos tuvieran agencias en el exterior. Con posterioridad, accedieron al establecimiento de sucursales de bancos extranjeros, los que no podían prestar nada más que un dólar más que el capital que genuinamente habían importado desde el exterior. Pero en Otaria son tan liberales como nosotros. 

 

Ya estamos instalados en Otaria y disponemos de un capital virtual –como son todos los capitales– de cien millones de pesos argentinos que respaldan nuestra responsabilidad sin necesidad de salir de esta república. En Otaria vive habitualmente un técnico de gran reputación, el doctor Postbisch, cuyos servicios profesionales nos hemos asegurado con la debida anticipación y cuya consecuencia y lealtad hacia nosotros se acrecienta en la medida en que nos sirve. El doctor Postbisch, tras un breve estudio de una semana, descubre que los otarios estaban viviendo sobre un volcán. Sin darse cuenta atravesaban “la crisis más aguda de su historia”. Los otarios no se habían percatado de ello, primero, porque los otarios estaban muy ocupados en crearse una industria que abriera los cerrados horizontes de la monocultura; segundo, porque habían pagado sus deudas y no debían nada a nadie, con excepción de algunos pequeños saldos comerciales; tercero, porque vivían aceptablemente bien, y cuarto, porque en realidad se trataba de “una crisis oculta” que necesitaba la pericia clínica de Postbisch para ser diagnosticada. Para equilibrar el presupuesto nacional –que se desequilibrará más que nunca, para nivelar la balanza de pagos con el exterior, que daba superávit y dará déficit en adelante– el doctor Postbisch, dotado de poderes ejecutivos tan extraordinarios que envidiaría el mismo Superhombre de las historietas infantiles, decide desvalorizar la moneda de Otaria a la tercera parte de su valor. El otarino, que valía un peso moneda nacional, desciende hasta no valer nada más que treinta y tres centavos de los nuestros. El doctor Postbisch designa a esa operación “corrimiento de los tipos de cambio”. Nuestro capital de cien millones, que permanecía en expectativa en su moneda originaria, se triplica si se lo calcula en otarinos. Los productos de Otaria siguen, como es lógico, cotizándose en otarinos y el alza que el doctor Postbisch les acuerda es tan pequeña que desdeñaremos considerarla, porque de todas formas no varía los resultados en su conjunto. Postbisch, cuya facundia es asombrosa, ha convencido a los otarios de que tanto la desvalorización de su moneda como la estabilización de los precios son indispensables para escapar del vórtice de la espiral inflacionista y que esas medidas deben ser complementadas con la inmovilización de los salarios y de los sueldos. En Otaria, pues, todo queda como antes de la desvalorización. Pero el genio creador de Postbisch se revelará en todo su poder en la multiplicación de nuestro capital. Jesucristo multiplicó los panes. Postbisch multiplicó el dinero extranjero con que se adquieren los panes. Vamos a usar la nueva capacidad adquisitiva de nuestros capitales. Utilizaremos un solo peso, por si acaso nos equivocamos. Ni siquiera en los ejemplos deben arriesgarse los capitales que se confían a nuestra custodia. 

 

En Otaria con un peso argentino se compraba un kilo de carne, que en el mercado interno de Otaria valía un otarino. La desvalorización de la moneda de Otaria, por recomendación de Postbisch, no ha alterado los precios internos. Con un peso argentino virtual se adquieren tres kilos de carne. Si exporto a la República Argentina un kilo de carne, como allí sigue valiendo un peso moneda nacional, con ese kilo de carne saldo la deuda que había contraído en mi país con la apertura del crédito. Me quedan dos kilos de carne que vendo en la misma República de Otaria a un otarino cada uno. Y de esta manera, el capital virtual que había movilizado en el papel se transforma en un fondo real de doscientos millones de otarinos, con el que podemos iniciar la ejecución de grandes obras que son indispensables para la vida de esa república, pero que los otarios no hubieran podido emprender nunca por falta de capitales. La ración diaria de los otarios habrá descendido en un tercio. 

 

[Tomado de Bases para la reconstrucción nacional, t. 2, Buenos Aires, Plus Ultra.] 

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