Perón en La Venezuela de Pérez Jiménez (1956-1958)

Perón en La Venezuela de Pérez Jiménez (1956-1958)
Perón recibe al ex Ministro del Interior Ángel Borlenghi junto a su familia, durante la navidad de 1957.

“¡Lo que podríamos hacer nosotros aquí! ¡Y Evita!”

Juan Domingo Perón

 

Ya con Isabel como asistente permanente, el 9 de agosto de 1956 Perón viaja hacia Caracas, aterrizando por la noche en el aeropuerto de Maiquetía.

A su llegada a Caracas, Perón es saludado efusivamente por el general Raúl Tanco, uno de los jefes de la frustrada sublevación encabezada por el general Juan José Valle en junio de 1956.

Allí lo recibe el General Tanco junto a un grupo de militares exiliados participantes del levantamiento de junio. Las esporádicas –pero nunca interrumpidas- transferencias de Gayol desde el Paraguay le ayudan a sobrevivir a esta nueva aventura, que incluye por ejemplo viajes de Landajo a Colombia para entrevistarse con gente del Movimiento 26 de Julio liderado por Fidel Castro y Camilo Cienfuegos, quienes tenían simpatía por el peronismo y ya estaban planificando el derrocamiento del dictador cubano Fulgencio Batista.

La estadía en el país bolivariano tiene varias particularidades. En primer lugar, si bien –para variar- la prensa liberal argentina intenta ligar ideológicamente a Perón con la dictadura de Jiménez, nunca llegan a entrevistarse. Por otro lado, la orientación política del poder ejecutivo venezolano distaba bastante de cualquier máxima justicialista. El exilio de Jiménez tras su caída en 1958 sería nada menos que en Estados Unidos, lo cual nos exime de mayores explicaciones sobre el dictador de un país cuyos destinos estaban regidos de facto por las compañías petroleras, que unían sus explotaciones con los puertos mediante modernas autopistas. Perón, por su parte, primero habitaría una vivienda en el barrio Guaqueipuro para luego trasladarse al barrio de Florida, más alejado del centro de Caracas. En su Memorial Puerta de Hierro, Perón realiza apreciaciones sobre la impresión que le había causado su nuevo destino: sobre la extrema dependencia venezolana de las importaciones de alimentos, comenta que “se comía carne de cebú y se importaba de la Unión todo lo demás, incluidas las verduras y las frutas. Con decirle que los frutos tropicales provenían de California…”. Sobre la situación social sentencia que, en Caracas, mientras “quienes medraban a la sombra de los monopolios petroleros se daban el lujo de regalar automóviles (o “carros”) importados, a sus queridas, el cinturón del conurbano de la capital se iba llenando de villas miserias cada vez más tenebrosas, cada día más insultantes”. Sobre el panorama político que pudo observar, el poder decreciente de Pérez Jiménez le parecía “como el derrumbe de un grandioso edificio que se había comenzado a edificar por el techo y en cuyos cimientos yacían enterradas las expectativas del pueblo venezolano”.

Perón, en un momento de descanso de su intenso trabajo cotidiano.

Como si el panorama general no fuera suficiente, la enfermedad y la violencia de la “Revolución Fusiladora” aquejan nuevamente a Perón. A fines de 1956 sufre una peligrosa amebiasis, enfermedad parasitaria, generalmente causada por consumir agua contaminada o sin tratamiento adecuado para su potabilidad. Padece una importante pérdida de peso y baja de presión arterial, aunque gracias al tratamiento del doctor Benson (yugoslavo) el General recupera la salud de manera satisfactoria. La compañía de sus caniches (Canela, Negrita y su hija Tinola), que habían sido traídos gracias al suboficial principal López primero y al embajador de Haití Jean Bierre luego, contribuye a que recupere el humor. Por otro lado, le llegan informaciones de comandos dirigidos en el marco del plan COY (diseñado por Rojas y sus suboficiales cercanos) para asesinarlo. La participación de la dictadura argentina se hace evidente, a tal punto que un día se presenta en la casa de Perón un tal Jack, quien es recibido por el mayor Pablo Vicente. Afirma que provenía de la ciudad de Tánger, Marruecos, y que lo habían contratado para asesinar a Perón por la suma de 5.000 dólares. Llamativamente, Jack confiesa que ante la orden recibida de asesinarlo les dijo a sus circunstanciales patrones que: “Mato a cualquiera menos al General Perón, y se lo vengo a decir a usted para que esté prevenido. Quieren matarlo”.

Mientras, en Argentina, nuevos y jóvenes dirigentes se iban incorporando a la incipiente organización de la Resistencia Peronista. Ante la ebullición subterránea que Cooke –entre otros- va organizando y dando forma, Perón decide dar una muestra de firmeza y escribe desde Caracas una carta abierta a todo el movimiento peronista fechada el 2 de noviembre de 1956, en la cual designa a Cooke –por entonces preso- “para asumir mi representación en todo acto o acción política. En el reconozco al único Jefe, quien tiene mi mandato para presidir a la totalidad de las fuerzas peronistas organizadas en el país y en el extranjero”.

Facsímil de la carta escrita por Perón  el 2 de noviembre de 1956 en Caracas en la que designa a John William Cooke como su sucesor político en caso de su muerte. Esta prevención es tomada por el General en virtud de los numerosos intentos del gobierno golpista argentino de asesinarlo.

Más tarde, el 17 de marzo de 1957, Perón recibe buenas noticias: los dirigentes Cooke, Guillermo Patricio Kelly, Héctor J. Cámpora, los sindicalistas José Espejo y Pedro Gomis, así como también el empresario cercano a Perón Jorge Antonio, habían logrado fugarse de la cárcel de Rio Gallegos para asilarse en Chile. Pero las buenas noticias se empañarían nuevamente por la violencia. El 25 de mayo de 1957 una potente bomba Panamá. Afortunadamente, la explosión se produce cuando el chofer del auto, Isaac Gilaberte, había bajado a comprar carne para festejar la fecha patria, parada previa antes de ir a buscar a Perón. El mayor Pablo Vicente, informado por el jefe de seguridad Pedro Estrada, acusa a dos funcionarios de la embajada argentina, instigados obviamente por el embajador Toranzo Montero, un general profundamente antiperonista. Ante ello, el embajador es declarado persona no grata por el gobierno venezolano, generando la ruptura de relaciones entre ambos países.

El 25 de mayo de 1957 una bomba hizo explosión en automóvil Opel que usaba Perón, quien afortunadamente no se encontraba en su interior.

Siguiendo con la situación argentina, la revolución Fusiladora –como ya la había bautizado el pueblo, tras los fusilamientos de junio de 1956- había derogado mediante un decreto presidencial la reforma constitucional de 1949, alegando que no se había cumplido con todos los requisitos legales. En ese sentido, se convoca a nuevas elecciones para elegir convencionales constituyentes para julio de 1957. Tras discusiones con dirigentes de la rama política y sindical que lo visitan, con idas y vueltas, Perón siente que es necesario expresar el rechazo de los trabajadores a la iniciativa de una dictadura totalmente ilegítima, que proscribía a la fuerza política mayoritaria de la Argentina. Los resultados en las urnas son contundentes: la victoria fue nada más y nada menos que del voto en blanco con 2.115.861 votos, con los radicales del pueblo –comandados por Ricardo Balbín- en segundo lugar (2.106.524 votos) y el radicalismo intransigente –que había surgido a finales de 1956 tras una convención radical conflictiva liderado por Arturo Frondizi- en tercer lugar, con 1.847.603 votos. El resultado pone contento a Perón, quien emite un comunicado felicitando a todos los trabajadores que han coincidido con su postura en lo que significó un golpe político de fuste a la dictadura gobernante.

El General junto a Isabel y Sabina Olmos durante la celebración de fin de año el 31 de diciembre de 1957

En Caracas, mientras tanto, Perón cambia nuevamente de domicilio pasando a alquilar una casaquinta llamada “Mema”, en la urbanización caraqueña de “El Rosal”. Mientras tanto, comparte su tiempo con dirigentes de fuste como Gabriel Borlenghi, Jorge Daniel Paladino o Eduardo Colom, entre otros. A pesar de las continuas difamaciones de la prensa argentina sobre supuestas cuentas en el exterior con millones que nunca aparecen, Perón se sigue manteniendo con la ayuda económica de Gayol y Jorge Antonio, a la que se suma también un aporte que llega de parte de la CGT.

Es para destacar la visita del periodista Américo Barrios, con quien comparte varias tardes charlando de distintos asuntos. Son muy interesantes sus consideraciones sobre la realidad venezolana y la oportunidad que pierde el Presidente de facto Jiménez: “Con los gigantes recursos con que cuenta el Estado, Pérez Jiménez podría realizar la obra social más trascendental de estos tiempos…”. Luego elabora un tajante diagnóstico sobre la desigualdad que observa: “Ya ve lo que aquí ocurre, Américo. Los que comen se atragantan y los sumergidos siguen en el fondo. No hay forma de disimular la situación cuando miles de criaturas deambulan al pie de los morros del Monte Ávila. La ausencia de estructuras sanitarias, cloacales y aguas corrientes nos están delatando que buena parte de la población continúa sin acceso a la higiene, comiendo salteado o que se debaten carcomidos”. En el plano electoral, va tomando fuerza la figura de Arturo Frondizi (UCRI), y las versiones de un pacto con el peronismo para las elecciones presidenciales comienzan a tomar fuerza. Si bien las señales de Perón son oscilantes según con quien hable, las negociaciones van avanzando hasta cerrarse con la visita de Rogelio Frigerio, ascendente figura económica y política ladero del dirigente de la UCRI, a principios de febrero de 1958.

Tras el derrocamiento de Pérez Jiménez algunos diarios caraqueños publican titulares sensacionalistas involucrándolo en los hechos. Ante el cariz agresivo de estos periódicos, Perón se decide a conceder una conferencia de prensa que se realiza en la embajada de Santo Domingo, donde estaba refugiado, pocas horas antes de partir a su nuevo destino.

En Venezuela el clima político se va tensando y culmina en actos de extrema violencia, a tal punto, que el 23 de enero estalla un golpe de Estado contra Pérez Jiménez que lo aleja del poder. Los medios comienzan a hablar de saqueos y robos incluso en embajadas, por lo que Perón y el resto de los argentinos allí presentes optan por refugiarse en la embajada de República Dominicana gracias a gestiones de John William Cooke. Sin embargo, la violencia no cesaba en las calles de Caracas. Durante dos noches el grupo duerme en la embajada centroamericana en estado de alerta ya que llegan noticias de que una turba ha atacado la embajada de Nicaragua, asesinando a un policía que se encontraba refugiado allí. Al poco tiempo un numeroso grupo se posiciona frente a la embajada dominicana. Afortunadamente, el embajador Bonnelly logra persuadirlos y abandonan su posición beligerante. A las pocas horas, una ráfaga de fusil despierta a Perón y al resto de los asilados. Si bien nadie salió herido, la tensión y la sensación de peligro permanente van haciendo cada vez más necesario la partida hacia otro lugar. La nación dominicana, gobernada por Rafael Leónidas Trujillo le ofrece asilo. Afortunadamente, la espera no sería demasiado larga.

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