27 de mayo de 2022
Instituto Gestar

LA CASTA ES EL OTRO

Por: Diego Abatecola

Texto publicado originalmente en Panamá Revista

En algún momento de este recorrido que comenzó en el 2001 (pero que también encuentra razones mucho antes, en la muerte del Juan Domingo Perón), algo cambió en el registro histórico de lo que siempre fue y debía ser el peronismo. En el albor de la salida de esa crisis y gracias a una primera base generada por Duhalde, el gran olvidado de la recuperación que luego perdería ante su propio descontrol que culminó en la masacre de Avellaneda, nacía una etapa histórica que permitió que dos generaciones (y algunas mas) pudieran sentir que la utopía de ese gran peronismo histórico, el recordado por madres y abuelos, el del cuadro en la cocina y la estampita en la billetera fuera una realidad tangible: venía la era de la reparación.

Ese cambio tiene no solo un espejo coyuntural sino también histórico: veinte años después del momento de tocar fondo la argentina de hoy es directamente pre-peronista. Un país que naturaliza la pobreza hasta la negación y con una riqueza concentrada en una porción muy pequeña de la sociedad y con el resto fuera del famoso “sistema”, pero cuando uno mira la agenda de la política por momentos demasiado extensos se siente que es una agenda “marciana”, llena de temas abstractos, leguleyos, de cuitas judiciales (nadie pregunta por Pepín en la fila del almacén). La “gente” es una entelequia, una quimera para la que supuestamente hablan, pero nunca resuelven y donde hace años que solo suben algunas cosas: el dólar, la pobreza, los precios y la tristeza. El reflejo hace que crezcan nuevos outsiders que quieren representar lo obvio: no son “de la política”, nadie lo es, como si la contracara de Fuenteovejuna, donde todo un pueblo tomaba responsabilidad de su destino fuera este momento donde nadie fue del sistema. La casta es el otro, no la patria.

Ese malestar crónico que crece responde a años donde el peronismo ha perdido fundamentalmente su registro identitario. Cambió justicia social por una red para intentar que se caigan los menos posibles de un falso bienestar, la movilidad social ascendente fue reemplazada por un criterio de consumo en la corta. Y a la falta de oferta de futuro le acerca un puro presente.

Es una discusión esencial en el núcleo del justicialismo y donde se juega su identidad histórica: ¿cuál es el proceso revolucionario de este peronismo que se come la cola y reacciona solo para sus propios temas? ¿Cuándo fue que dejamos que se convierta al movimiento más grande del hemisferio sur en un administrador de la imposibilidad? Sin darnos cuenta todos vimos crecer esa gran revolución de los cómodos. Los que tienen necesidades -mínimas, y no tanto- resueltas y que desde el confort del AMBA pontifican por qué nada es posible. No se pueden bajar las tarifas porque se cae la economía, no se puede subirlas porque se caen los votos, no se pueden dejar igual porque algo hay que hacer. Al final nada se puede, tratemos de llegar y vamos viendo.

Esos cómodos convirtieron al peronismo en lo que antes era su enemigo natural: la oligarquía, la casta, los que no querían jugar lo propio por miedo de que algo cambie. Así la agenda es cada vez mas ajena y mas superestructural, como una excusa de despoder que justifique normalizar un país donde los trabajadores son pobres, cada vez es menor el criterio de comunidad y la exclusión está naturalizada.

Esa argentina cómoda y ruidosa opera en un lugar muy profundo del problema: opina desde un confort que no quiere que sea tocado y pontifica desde demandas de tercera generación -como discutir un ambientalismo sin desarrollo y viceversa- hasta la negación de los problemas. Medios y justicia y a lo sumo una lucha abstracta contra la inflación descontrolada via la presencia de un Estado gigante como si fuera el be all end all para resolver la realidad superan y tapan demandas reales contra la inseguridad, la pobreza y la indigencia.

Si el peronismo se pretende transformador tiene una necesidad y obligación. Ser el rebelde, el plebeyo, el que patea la mesa y dice las cosas que nadie quiere decir y por sobre todas las cosas: desafía este status quo que congela y anestesia a un pueblo entero. No hay manera de volver a ser lo que fuimos si no aceptamos que hay un sistema inmoral e injusto -como dice Francisco- y que siempre trae una solución “de la política” para no discutir el fondo de las cosas: ¿cómo hacemos para volver a ser una fuerza transformadora que ponga por delante la felicidad del pueblo y la grandeza de la patria?

La rebeldía de un Milei cantando La Renga es el espejo distorsionado de lo que ya no somos y lo que dejamos que hicieran con lo nuestro. Mientras los jóvenes discuten cómo llegan a tener su primer trabajo y pagan un alquiler, la alta política los imagina como miles de Gretas Thunberg, como si la única agenda fuera esa y no una integral que comprenda que ser joven no es ser idiota y que el trabajo dignifica, en el el 45 y en el 2023 también.

Al malestar y la bronca que crece por años de decepción y por la falta de una respuesta real de la política el peronismo la paga doble: hace tiempo que no parece ser la fuerza que resuelve los problemas y por el contrario genera muchos de ellos. Lo que vino a romper la rueda hoy solo fabrica ruedas.

Para volver a ser, el justicialismo necesita discutir y pelear sobre sus propias ideas y doctrina, no en grandes términos marxistas sino en la clave de las soluciones concretas. La única verdad sigue siendo la realidad. Plantear un país que se anime a discutir de verdad un nuevo pacto social, no el mismo de siempre con nuevas regulaciones que pelean decimales de impuestos. Con una lógica que piense en el laburante, que le hable al monotributista y lo tenga como sujeto natural, que piense en generar trabajo genuino y que construya una alianza virtuosa entre lo público y lo privado. Que entienda al Estado como un árbitro de relaciones, pensado como eficiente y eficaz para lograr que crezca una comunidad con sus pymes, sus organizaciones libres del pueblo, una armonía organizada que sucede fuera de la cosa pública. Que proponga desarrollo Y ambientalismo para generar presente y futuro sustentable con la gente no solo adentro sino como protagonista y artífice de su propio destino de dignidad y felicidad. Una pelea por el corazón de lo que fuimos y podemos ser, una reinterpretación de nuestra doctrina adaptada a la realidad que vivimos y que vuelva a sentirse fuerte en el pecho de cada laburante que sepa que dentro de este movimiento puede realizarse, puede lograr cumplir algún sueño, puede ser un poquito más feliz que antes.

A los cómodos, a los que se creen los dueños de la pelota y definen cómo se juega hay que oponerles una incomodidad permanente. Se consumieron el espíritu y la riqueza de un pueblo mientras convertían nuestra simbología histórica en frases vacías y a nuestras grandes verdades en slogans, mientras afuera los que parecían extremistas cada vez hacen más sentido con los nuestros.

El justicialismo va a sobrevivir en la medida de que permita que todo esto que comenzó hace años termine, y de esas cenizas renazca una respuesta plebeya, popular, que se anime a pensar y decir con libertad lo que quiere y propone para las demandas del siglo XXI y del siglo XIX también. Relacionarse con las fuerzas de la sociedad y con lo que sucede fuera del sistema, rompiendo con una dinámica que fagocita todo y rápidamente se llena de frases grandilocuentes que explican el status quo, algo que germine en el país profundo, que no es tema de discusión en las redes y se potencia en cada pequeño sueño por cumplirse. Esos cómodos que se comieron todo también perciben el fin de una era: ese festín se va terminando y la salida puede y debe ser peronista. La de los humildes, los trabajadores. La de los compañeros. La nuestra.

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