9 de mayo de 2016
Instituto Gestar

2015, AÑO ELECTORAL

por Alfredo Santos – Integrante del Área de Formación Política de Gestar

 

Cada dos años votamos, se intercalan las elecciones legislativas entre las elecciones ejecutivas y, por ello, se habla del año electoral precisando al que refiere directamente a los comicios. Sin embargo, y particularmente luego de los resultados de 2013, para la oposición y las corporaciones el año electoral se adelantó y comenzó una vez que se terminó de contar los últimos votos.

 

El FPV había sido derrotado en el principal distrito y por una considerable diferencia, tanto en las PASO como en el escrutinio general. El resultado preanunciaba una fractura del peronismo bonaerense y asomaba una nueva figura, frente a los no competitivos desempeños de los partidos de oposición.

Sergio Massa se autodefinía como “el camino del medio”. Se presentaba resaltando su desempeño ministerial, su participación en el modelo con los logros alcanzados, su posterior disidencia, y la posibilidad de corrección del rumbo. A ello sumaba una gestión municipal prolija (100heredada del ex intendente Ricardo Ubieto), munida de una fuerte consideración de “comuna segura” por su maquillada propalación mediática de las cámaras de seguridad. 

 

En síntesis, un liderazgo joven que atraía y nucleaba a los dirigentes disconformes. Un liderazgo no amenazante y renovador con capacidad de poner límites al poder y corregir aquellas temáticas de la agenda de los medios y la ciudadanía: inseguridad, inflación, el “cepo cambiario” –como la máxima expresión de coartar la libertad individual–, ausencia de crecimiento. Con un estilo sin conflictividad y moderado, imaginariamente proyecta una promesa de rumbo similar al alcanzado.

 

Su triunfo marcó ciertamente la posibilidad de derrotar al kirchnerismo-peronismo, pues ciertos comportamientos y resultados provinciales denotaban el cansancio de algunos liderazgos. Además, la contingencia de la imposibilidad constitucional de que la presidenta pudiera presentarse electoralmente generaba en la afiebrada imaginación de algunos un escenario de supuesta acefalía propicio para el “recambio”. 

 

 

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Este contexto no sólo animaba a Sergio Massa sino también a Mauricio Macri como figuritas conocidas. Además del republicanismo tibio de radicales, socialistas y progresistas contrariados, que vieron en la experiencia UNEN de Capital Federal una posibilidad de ganar protagonismo.

 

Es sabido que las elecciones de medio término revisten un carácter de reafirmación o castigo a los poderes ejecutivos (100nacional y provinciales), pero que en ningún caso pone en riesgo la continuidad del mando, más bien alerta a las demandas de correctivos sobre la realidad. Vale decir, el llamado al ejercicio de la política como elemento de transformación.

 

En tal sentido, me viene a la memoria el pasado reciente de 2009, luego del conflicto con el campo y la derrota de Néstor Kirchner en la provincia de Buenos Aires, cuando la oposición se plantó en una actitud crítica y contestataria en el Congreso de la Nación, el recordado “bloque A”, cuyo mayor logro fue mostrar la incompetencia de las mayorías aritméticas sin amalgama ideológico-política. El gobierno retomó la iniciativa con leyes trascendentes en lo económico-social, ordenó el rumbo, y luego alcanzó el resultado ya conocido en 2011. Es de suponer que la historia rara vez se repite, pero algunos no parecen tener la capacidad de aprender de sus propios errores.

 

No obstante, las circunstancias posteriores a 2013 presentan características políticas diferentes. Desde Buenos Aires y otras provincias se aprecian fracturas en el peronismo, y se intenta reeditar que hay “peronistas buenos” que pueden desplazar a los “kirchneristas malos”. Massa comienza a tener una buena dosis de liderazgo en los primeros sondeos de 2014, pero a partir de ese momento se advierte la ambigüedad o el oportunismo de muchos.

 

Se aceleran los tiempos, los personalismos políticos se acentúan frente a la debilidad simbólica de los partidos para ganar confianza pública. Y conforme a que nadie vota lo desconocido, comienzan los posicionamientos de los candidatos, no desde la propuesta de ideas sino desde exaltar temores cotidianos, tratando de crear un clima de desprotección del ciudadano y de las instituciones: “La Legislatura, una escribanía sin consenso”, “La Justicia, un poder a sojuzgar”, al que los medios dominantes se asocian como voceros. 

 

Todo 2014 fue un largo camino para farandulizar la política, con la declaración permanentemente de “soy el cambio” como fórmula mágica de contención, con proclamas que expresan la esencia de la antipolítica anunciando apocalípticamente que van a dar marcha atrás con todas las iniciativas del gobierno, todo ello en supuesta defensa de los intereses de la sociedad. Interesante posición: en defensa de la comunidad parece ser que quieren volver a privatizar YPF, las AFJP, Aerolíneas Argentinas, etc. Parecen defensores, más bien, de rifar nuevamente el patrimonio de todos los argentinos.

 

Una posición estéril, sin orientación de futuro, una verdadera confrontación brutal, totalmente a contramano del consenso que ellos mismos reclaman. El mismo discurso de 2010 del ya referido “bloque A”, basado tan sólo en la negación política, oposición que desea construirse sólo por ser oposición. Forma extraña de crear una identidad propia. Se basa en la crítica demoledora, irracional, de todo lo hecho por el otro, sin reconocer un solo acierto, y al mismo tiempo sin proponer nada concreto que permita inferir cuál será la política a seguir en cada tema de gobierno, salvo –como ya hemos visto– destruir todo lo realizado por el otro.

 

¿Cómo funciona este discurso en la ciudadanía? Básicamente, como una descarga emotiva (100indignación), que permite un pequeño grado de identificación con los dirigentes que proclaman a los cuatro vientos el apocalipsis en el que supuestamente vivimos. Es obvio que la adhesión a semejante propuesta carente de contenido y sumamente destructiva requiere de personas predispuestas –por motivos que exceden la política– a aceptarlas sin mayor análisis. Entendemos que esto es así porque el divorcio entre sociedad y política está más presente en los segmentos no oficialistas. 

 

En los sectores sociales adherentes al modelo este discurso opera de una u otra forma: en algunos, generando expectativa y dudas, ya que la sucesión no aparece diáfana, y en los más, reafirmando su convencimiento en el liderazgo de Cristina y en la confrontación con los opositores a las políticas nacionales y populares llevadas a cabo por el gobierno.

 

Este escenario mediático-político de 2014, con las adhesiones y los pases dirigenciales, la cantidad de minutos de aire en radio y televisión, las encuestas dando el pulso permanente de lo que vendrá, no interroga ni pone luz al verdadero acontecer electoral. 

 

Más bien por el camino emprendido se genera confusión, ya que, a diferencia del gobierno, la oposición no se basa en acciones con beneficios tangibles, sino sólo en la promesa emotiva que nos recuerda al “síganme, no los voy a defraudar”, depositada ahora en las figuras Massa, Macri, Stolbizer, etc., pero carente de una organización partidaria con símbolos e historia. 

 

El 2015 arrancó con los medios y sus titulares catástrofes, que tuvieron un acontecimiento, el luctuoso final del fiscal Alberto Nisman, que les permitió articular la idea de que es preciso poner fin al gobierno autoritario e impune de Cristina Kirchner. 

 

Este suceso se convierte en bisagra, ya que la carga emotiva de consternación, indignación y confusión se disipa con el correr del tiempo y la emergencia de informaciones anexas que le dan otro cariz al episodio, junto a la denuncia inverosímil hecha por el fiscal antes de su muerte, que es desestimada por la Justicia, comienzan a revertir la intencionalidad perversa de quienes agitaron tales hechos como argumento político en contra del gobierno. 

 

A partir de 2015, el verdadero año electoral, comienza a estar cerca la decisión de quiénes serán los responsables de conducir el futuro de la Nación y las provincias, y los ciudadanos empiezan a articular su presente y su futuro –respecto del pasado las memorias son lábiles– ante la proximidad de los comicios.

Con la primera PASO provincial realizada en Salta en marzo, la ciudadanía empieza a palpitar las elecciones. 

 

Y, como en la cancha se ven los pingos, el que iba a ser castigado –según los medios y la oposición, el FPV– comienza a tomar presencia electoral, con su conductora definiendo el objetivo: “Todos somos el modelo”, definición que pone a la política en su verdadero eje y establece claramente los principios valorativos (100la doctrina peronista), los beneficiarios de la acción (100los más humildes y los trabajadores) y una salida colectiva e integrada a Latinoamérica (100continentalismo). Quiénes serán los portadores de tal empresa lo decidirán los ciudadanos en las PASO.

 

 

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El nuevo encuadre del año electoral pone en crisis los esquemas opositores. El gran candidato por “el camino del medio” comienza a derrumbarse debido a que la polarización no es una estrategia electoral. La polarización es la actualización histórica de dos concepciones ideológicas, que a su vez son el sustento de las políticas que se proponen implementar, y que en la encrucijada actual encuentra su formulación en neoliberalismo versus peronismo. 

 

Desde esta estrategia rudimentaria, Macri y el PRO comienzan a darle forma a la polarización, primero desarticulando al FAUNEN-UNEN, con la clara intención de cooptar a un sector del radicalismo pues precisan su esquema territorial. A la vez, disfrazan su concepción ideológica neoliberal detrás del concepto de “nueva política” o “tercera vía”, lo cual impide una alianza con el frente renovador de Massa en tanto comparten, en cierta medida, la misma clientela política.

 

Esta polarización subyacente expresa en definitiva la contradicción principal de los proyectos que cada fuerza política encarna: interés individual o colectivo. Sin embargo, las motivaciones del voto no se expresan tan linealmente o incluso muchas veces, contradictoriamente, se yuxtaponen. Una formulación típica de estas expresiones es la siguiente: está muy bien la AUH como política protectiva, mientras que simultáneamente piensan que fomenta vagancia. 

 

El pensamiento disociado y con bajo nivel de reflexión es frecuente cuando no hay instituciones partidarias sólidas que orienten la cosmovisión política de los ciudadanos. Quedamos encerrados en personalismos fomentados por un mundo de imágenes y percepciones que construye la subjetividad política cada vez más apolítica. Una parte importante de la ciudadanía está en posición de espectadora que consume política como un producto más, lo cual redunda en que no es un actor que se involucre de manera concreta y determinante en la vida política del país. 

 

En el presente, hay que articular estas dimensiones desde la comunicación política, yendo más allá del pragmatismo situacional del aquí y ahora electoral. Es fundamental instalar en la conciencia de los ciudadanos la trascendencia de luchar por un futuro mejor, lo cual inevitablemente implica ser protagonista y constructor del destino colectivo.

 

Por eso es correcto posicionar la discusión en las ideas y en los propósitos, y no en las formas y en los estilos. Desde sus orígenes, el peronismo se nutrió de proyectos políticos claros basados en la construcción de un destino común de grandeza para todos los argentinos y en fuertes liderazgos. Y no debemos olvidar que desde Juan Domingo Perón a Néstor Kirchner los principales dirigentes, salvo alguna excepción, no renunciaron a sus convicciones, e intentaron por todos los medios concretarlas en realidades efectivas.

Las elecciones PASO son un instrumento electoral que aún no se valora en toda su dimensión, pues se necesitan partidos organizados y no rejuntes de sellos. Por eso el justicialismo tendrá el mayor provecho, porque podrá dirimir cualidades, atributos y experiencia para llevar adelante un mismo proyecto. Articula contenido y forma.

 

La oposición, en cambio, desea que las PASO puedan aglutinar el mayor caudal electoral, por eso algunos creen que hacer competir en una gran interna a los candidatos (100Massa y Macri) es la mejor solución, aunque no resuelve el problema de fondo, constituido por las ideas y los propósitos. 

 

Los ciudadanos, más allá de sus simpatías y antipatías personales, son pragmáticos y se preguntan cómo van a afectar su vida cotidiana y su progreso políticas referidas a la deuda externa y los fondos buitre, cómo repercute la baja de impuestos y retenciones agropecuarias en el pago de jubilaciones y de la AUH, si la mejor seguridad pública es por mano dura o por más trabajo e inclusión. En definitiva, si la Argentina es para unos pocos o para todos. 

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