12 de septiembre de 2017
Instituto Gestar

Algunas claves para entender el fenómeno macrista

No acepten lo habitual como cosa natural pues en tiempos de desorden sangriento, de confusión organizada, de arbitrariedad consciente, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer imposible de cambiar.

Bertolt Brecht

En las semanas previas a las elecciones desarrolladas el 13 de agosto buena parte de las encuestas indicaban que el candidato de Cambiemos en la provincia de Buenos Aires perdía por algunos puntos. El gobierno tomó nota de la situación y rápidamente recalculó su estrategia de campaña.

Las causas por las cuales se perfilaba un resultado adverso hay que buscarlas en las negativas consecuencias de la política económica del gobierno que rápidamente dejó fuera de niveles de vida aceptables a amplias franjas de la población.

Si limitamos la observación al semestre previo al acto eleccionario veremos que el dólar se disparó a pesar de que el Banco Central elevó las tasas de interés con el argumento de que la moneda estadounidense no debería mover su cotización; que continuaron los aumentos generalizados de alimentos, combustibles y tarifas, contrayendo el consumo con el objetivo de planchar la inflación, pero ésta aun así no cedió; que abrieron las importaciones indiscriminadamente, llegando a la vergüenza de que se importan bienes usados (100máquinas que se descartan por obsoletas en los países desarrollados) a fin de bajar los precios internos, pero éstos siguieron subiendo por el ascensor; que sacaron arbitrariamente subsidios y pensiones a los discapacitados y eliminaron decenas de programas sociales para bajar el gasto del Estado, pero el déficit público se triplicó en relación al 2015; como telón de fondo, todas las semanas el Estado nacional sigue tomando deuda externa a tasas de interés altísimas para afrontar el déficit y en paralelo la fuga de dólares al exterior alcanza cifras récord. Como detallamos en un artículo publicado hace poco en nuestra página, se reunieron todos los elementos para  la tormenta perfecta. Todo al revés de lo que los funcionarios macristas dicen que va a pasar con las medidas que tomaron. Y hablando de dichos funcionarios, presentan declaraciones juradas de bienes que indican que no solo son millonarios sino que tienen su plata en el exterior, a buen resguardo seguramente de los nocivos efectos que sus políticas están causando.

De ninguna manera esto se contradice con los indicadores que señalan que algunos sectores económicos se están recuperando. Tras un 2016 recesivo y muy negativo es dable esperar un rebote y muchos índices comparados contra el año pasado lógicamente serán positivos. Pero lo importante es analizar qué segmentos económicos y productivos están creciendo. Los grandes productores agropecuarios, las multinacionales vinculadas a la exportación de granos, los bancos, son las estrellas de estos “brotes verdes”. En cambio, las Pymes –que son las generadoras de la mayor cantidad de empleos-, las industrias y el comercio de bienes y servicios siguen en la hondonada.

Lo cierto es que el fuerte aumento de la pobreza, el desempleo y la exclusión de amplios sectores de la población no son producto de la casualidad sino el efecto concreto de las políticas aplicadas por Macri.

En una campaña electoral siempre es más conveniente mostrar el brillo de los resultados de una buena gestión, resultados positivos que testimonien que se ha trabajado por el bienestar de todos los argentinos. Pero claro, ante una gestión tan negativa, que no puede mostrar demasiados logros hubo que dar un volantazo en el rumbo de la campaña electoral.

Por ello, el gobierno instala, a pocas semanas de dichas elecciones, la supuesta corrupción estructural de la gestión anterior, corporizada en esta oportunidad en la figura de Julio de Vido, con el objetivo de profundizar la polarización. Lo cierto es que el gobierno, al no poder fundar su campaña en logros de su gestión optó por agudizar la división de los argentinos como arma electoral. Por si alguien lo olvida, hablamos de quienes convirtieron en uno de sus ejes de campaña en el 2015 la propuesta de cerrar la grieta y unir a todos los argentinos tras objetivos comunes. Las palabras se las lleva el viento. Lo cierto es que un gobierno que se sostiene a partir de un discurso revanchista camina siempre por la cornisa de una reacción popular y en tal sentido ya declaró su intención de que llegado el caso será inflexible en aplicar una política represiva adecuada a la reacción. Más claro imposible.

La pregunta obligada que debemos hacernos es ¿porque entonces Cambiemos tuvo un aceptable resultado electoral?

Si bien es cierto que obtuvo triunfos importantes como los de Córdoba y Ciudad de Buenos Aires, y una buena performance en otras provincias, incluyendo algunas de histórica raigambre peronista, un análisis somero del resultado global nos indica que en realidad las dos terceras partes de la población se mostró en desacuerdo con el rumbo del gobierno y votó por otras fuerzas políticas, lo que demuestra una base muy amplia de disconformidad, sin que esto signifique optar por una oposición cerrada e intransigente.

Ahora bien, el parcial triunfo de Macri se vincula con la dispersión general de las fuerzas políticas que representan al campo popular y en particular con la división del peronismo. La máxima preferida de los estrategas del gobierno es “divide y reinarás” y por ahora le rinde buenos frutos.

Pero además, es preciso admitir que el macrismo ha formulado un discurso que encuentra anclaje en algunos sectores de la sociedad, especialmente de las clases medias urbanas. Cuando se analiza el relato propio, encontramos una constante: la apelación a la idea de progreso en base al esfuerzo individual que se configura nuevamente como el paradigma del ascenso social. Esto no es nuevo, en las primeras décadas del siglo XX el imaginario de los inmigrantes europeos se montaba sobre el mito de “mi hijo el Dotor”. Hoy, esta aspiración de progreso fue reformulada con otra vieja consigna de la derecha universal: la igualdad de oportunidades que emite una señal que empalma con las ansias de acceso a una vida más acomodada. En la misma dirección se inscribe la insistencia del macrismo en instalar la idea de que la meritocracia tiene la virtud de actuar como catalizador del supuesto progreso por venir y generan así la expectativa de que en el futuro las cosas mejorarán.

El problema es que este andamiaje aspiracional parte de bases falsas pues obviamente, en una sociedad cruzada por las desigualdades como es la Argentina de hoy, es imposible que todos tengan las mismas condiciones en la línea de partida, por múltiples razones, entre las cuales las más categóricas son la falta de equivalencia del nivel educativo, las relaciones sociales que permiten a unos acceder rápidamente a los puestos de mayor importancia y valor de la estructura social y los recursos económicos heredaros que facilitan los emprendimientos comerciales y profesionales de unos pocos.

A su vez, la creencia de que el mérito del propio esfuerzo individual abrirá las puertas al crecimiento económico y social personal parte del error de suponer que en una sociedad donde la pobreza y la exclusión se convirtieron en un mal endémico, habrá oportunidades para todos. De hecho el empobrecimiento y la desarticulación del entramado industrial argentino provocan consecuencias en la dirección contraria. La economía se achica y por ello cada vez menos ciudadanos tendrán la posibilidad de ascender en la pirámide social.

La formulación práctica de esta concepción se expresa en que la marca Cambiemos se presenta a sí misma como una fuerza política moderna, que representa las nuevas demandas del siglo XXI, esencialmente urbana, respetuosa de las minorías y tolerante con los disidentes. Poco importa cuánto hay de verdad en estas premisas, lo importante es que lograron imponer este imaginario en vastos sectores sociales. Para ello utilizan variadas técnicas, entre ellas el apoyo de un fenomenal aparato mediático, pero tal vez la más importante ha sido contraponer estas ideas “New Age” con las históricas formas de representación política típicas del siglo pasado. A las movilizaciones de masas contraponen el contacto bilateral con el vecino. Pasamos de las organizaciones de masas al timbreo. No es una cuestión menor en tanto implica dejar en el camino la construcción de un destino colectivo por la resolución de las problemáticas individuales y personales. Si el sujeto social es el pueblo, se recrea una identidad común basada en su condición de clase o filiación política, en definitiva prevalece la identidad colectiva sobre la individual, pero lo más importante es que en tanto el pueblo es el actor principal, la fuerza del conjunto permite las transformaciones sociales profundas y permanentes. Si en cambio, prevalece el ciudadano o el vecino como sujeto social, sus demandas se agotan en sus problemas concretos y cotidianos, pierde relevancia su capacidad de incidir sobre el rumbo de los acontecimientos y finalmente se diluye en reclamos personales escindidos de las cuestiones de interés colectivo. Achicar la dimensión social implica inexorablemente tornar irrelevante la capacidad política de ser protagonista activo de su propio destino y del de su comunidad. Este es probablemente el mayor logro del gobierno en su afán por neutralizar cualquier oposición real a sus objetivos de fondo que no son: transformar radicalmente la matriz productiva de la Argentina convirtiéndola nuevamente en proveedora de materias primas y servicio; anular la organización social y política que en las últimas décadas fue encabezada por el peronismo; y renunciar a cualquier intento de consolidar una Nación autónoma, independiente y desarrollada. Por el contrario, el sesgo neoliberal del gobierno, lleva en su seno el germen de un modelo de país aperturista, librecambista, anti-industrialista y regresivo socialmente.

Mientras acumula poder real para profundizar estas políticas, el gobierno oculta su lado oscuro, y hábilmente no concreta en esta primera etapa de su gobierno decisiones que son imprescindibles a la naturaleza del modelo que pretende imponer. Por ello, su anti estatismo está aplacado, su espíritu privatizador se desarrolla lentamente y mantiene sin mucha convicción pero con buena dosis de oportunismo programas sociales de contención.

Probablemente estas sean las causas por las que a pesar del deterioro general de las condiciones socioeconómicas una parte importante de la población sigue creyendo en las promesas del gobierno de un incierto futuro mejor.

El peronismo y todas las fuerzas políticas, sociales y económicas nacionales deberían tomar nota de los principales trazos de esta nueva coyuntura si pretende oponerse a este modelo que coloca a la Argentina en un rol periférico y sin autonomía nacional.

Es un imperativo de la época no aceptar la naturalización del achicamiento del país y de la pretensión de convertirlo en una pequeña factoría productora de materias primas y de algunos servicios.

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