25 de julio de 2014
Instituto Gestar

Brasil en la lupa: grandeza y contrastes en un mundo en reconfiguración

por Cecilia Pon

Coordinadora del Área de Relaciones Internacionales de Gestar

Brasil es hoy uno de los denominados “grandes” y ya hace una década fue incluido entre el grupo de los países emergentes con gran crecimiento y tamaño continental junto a China, India y Rusia. Sin embargo, si se mide su peso relativo frente a estos países en términos de PBI, población, poder militar o participación en el comercio mundial, Brasil es el más pequeño de los BRIC y ha demostrado durante las últimas décadas vocación de ser un jugador con peso en el tablero mundial. En efecto, la inmensidad de su territorio (100ocupa el quinto lugar en el mundo), el crecimiento sostenido de su PBI, las empresas nacionales que figuran entre las grandes del mundo (100Petrobras, Camargo Correa, Embraer, Vale) y el potencial de recursos naturales del sector energético colocan a Brasil con posibilidades de pasar a ocupar el puesto de quinta economía en la escala mundial. Si a esto se suman sus socios regionales, con los cuales ha consolidado una alianza estratégica, el futuro aparece promisorio.

Otra característica compartida con el resto de los emergentes que están reconfigurando el poder mundial es la inequidad y la deuda social. A pesar de los innegables avances en materia social desde el inicio del gobierno de Luiz Inacio Lula Da Silva, los indicadores presentan cifras que dan cuenta de que todavía falta recorrer mucho camino para llegar a ser un país desarrollado en términos de distribución de la riqueza e integración social: problemas como la violencia, el narcotráfico, la propiedad de la tierra y la distribución del ingreso ensombrecen el futuro de Brasil y suponen retos importantes a resolver en los próximos años.

 

Reflejos del pasado

Brasil comparte con la región aspectos relacionados con sus orígenes y con los distintos procesos históricos que se dieron en estos dos últimos siglos, pero también posee particularidades que lo distinguen y que tienen implicancias en la conformación de la sociedad brasileña. La tardía abolición de la esclavitud (1001888) y una concentración de población negra que representa la mayor del subcontinente incide en la conformación sociocultural actual, que se ha caracterizado, en términos de Gilberto Freyre, por absorber y generar una particular amalgama cultural con las raíces indígenas, africanas y lusitanas, al mismo tiempo que esa población de mulatos y negros ocupa los estratos más bajos de la sociedad mientras se niega persistentemente la existencia del racismo.

También tuvo durante el siglo XX, y quizás es una de las explicaciones del desarrollo del país en la actualidad, un proyecto nacionalista e industrializador que colocó al Estado en el centro de la escena. Fue Getulio Vargas quien emprendió el proceso a fines de la década del 30 y lo llevó adelante durante cuatro mandatos de gobierno. A diferencia de nuestro país, la política desarrollista y la burguesía industrialista que se gestó en esas décadas no fue desmantelada por la prolongada dictadura militar (1001964-1985), ni por el proyecto neoliberal de los años 90.

Getulio Vargas realizó un proyecto gubernamental orientado a la intervención estatal en la economía dando fuerte impulso a la industrialización. Fueron creadas varias empresas estatales que controlaron sectores claves de la economía, como el Consejo Nacional del Petróleo (100luego convertido en Petrobras en 1951), la compañía siderúrgica nacional, la compañía Vale Do Rio Doce, entre otras. Asimismo, se otorgaron derechos laborales como la jornada laboral de ocho horas, vacaciones, descanso semanal y la regulación del trabajo de menores.

Luego de la etapa nacional-desarrollista del “Estado novo” de Vargas, sobrevino la dictadura militar que suprimió derechos civiles y reprimió fuertemente al sindicalismo pero no abandonó el proyecto industrial. Años después el neoliberalismo, de manera tardía respecto de lo sucedido en otros países, se propuso desarticular el Estado fuerte en consonancia con la tendencia regional de adscripción al denominado Consenso de Washington.

En este sentido, la historia brasileña no fue ajena a lo ocurrido en el resto de los países de la región: deuda externa, crisis económica y mayor exclusión social. La crisis de deuda de los años 80 puso fin al crecimiento económico y dio comienzo a un fuerte proceso inflacionario que condujo a la implementación, entrada la década del 90, de la fijación de un tipo de cambio, “Plan Real”, y la reducción del gasto del Estado, considerados responsables del atraso y estancamiento económico. El primer gobierno en proponer políticas neoliberales fue el de Collor de Melo, destituido por corrupción en 1992. Luego de una transición, asumió el gobierno constitucionalmente Fernando Henrique Cardoso a partir de 1994 y gobernó hasta 2002 implementando políticas de profunda liberalización de la economía.

Brasil inició el siglo XXI en condiciones económicas catastróficas que incluían un fuerte endeudamiento del sector público, que llegó a representar el 61% del PBI del país. Este proceso fue acompañado durante la presidencia de Cardoso por medidas de flexibilización laboral en detrimento de derechos laborales adquiridos que truncaron la posibilidad de ascenso social que proveía el ingreso al trabajo formal. De este modo, las fracturas sociales se profundizaron.

 

Lula y la recuperación del crecimiento

El gobierno de Lula se vio obligado al principio de su mandato a emprender políticas destinadas a luchar contra la pobreza y contra el hambre. El Partido de los Trabajadores (100PT) había surgido a partir de una intensa movilización sindical que tuvo lugar a fines de los años 70 con eje en los trabajadores del sector metalúrgico. Tres veces candidato y con un discurso de fuerte contenido social, Lula finalmente logró llegar a la presidencia en 2002, luego del fracaso del modelo liberalizador de Cardoso. Lula lideró una política de gobierno orientada a transformar socialmente a Brasil. Durante sus dos mandatos se crearon 14 millones de empleos y el salario mínimo aumentó un 53% en términos reales. El Plan “Bolsa Familia”, una política de transferencia de ingresos para los hogares por debajo de la línea de pobreza, fue la política social emblema y es ejemplo en el mundo como política redistributiva.

Los indicadores sociales mejoraron, en parte debido a la reanudación del ciclo de crecimiento y a la recuperación del mercado de trabajo. Después de una década de gobierno del PT la clase media pasó de representar el 38% en 2002 al 53% en 2012, mientras que la mortalidad infantil se redujo de 23,8% en 1995 a 14,4% en 2010. Si bien Brasil sigue siendo un país extremadamente desigual, hoy lo es menos y el período del gobierno de Lula es considerado uno de los más positivos de la historia.

La inversión extranjera directa fue igualmente una de las claves del crecimiento de Brasil en los últimos tiempos, que le permitió sostener un valor del real relativamente bajo y disponer de divisas para engrosar las reservas internacionales.

Los últimos años estuvieron signados por una merma del crecimiento económico producto de la crisis internacional y de los planes para la reducción de la inflación, e incluso por políticas de fuerte inversión pública en infraestructura para el mundial de fútbol a celebrarse este año. Pero este proceso también tiene sus detractores: desde mediados de 2013 hay fuertes protestas sociales relacionadas al transporte, y cuestionando las inversiones para el mundial y la política de seguridad con participación del ejército. Además se mantiene el reclamo del Movimientos Sin Tierra sobre la falta de resolución de la cuestión agraria.

 

Brasil en perspectiva

Brasil está decidido a jugar un rol más importante en el escenario internacional apoyando una arquitectura multilateral y asumiendo mayor protagonismo en términos de seguridad, reconstrucción posconflicto o desarrollo sustentable. A su vez, pelea por un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que refleje la reconfiguración del poder mundial. Los especialistas en relaciones internacionales hacen hincapié en la importancia del “poder blando” para ganar espacio en el escenario mundial. En este sentido, Brasil lo viene afianzando a través de iniciativas de impulso a una nueva gobernanza global y a un orden multipolar.

En términos de integración regional ha liderado un proceso de fortalecimiento y junto con Venezuela y la Argentina forjó el destino de Sudamérica hacia la unidad en detrimento del proyecto norteamericano de libre comercio. Brasil también ha estrechado las relaciones sur-sur aumentando el comercio relativo con el continente africano y con China, a lo que agrega una interesante iniciativa diplomática orientada a la cooperación con India y Sudáfrica.

Al mismo tiempo que busca afianzar el “poder blando”, cuenta con una estrategia de incremento del poder tradicional que se apoya en su proyecto militar-industrial y energético. El yacimiento Pre-Sal convirtió a Brasil en una potencia energética; la empresa aeronáutica Embraer ocupa el tercer lugar como fabricante civil y militar en el mundo detrás de Boeing y Airbus y abastece a varios países de la región (100un caso fue Aerolíneas Argentinas). Además, continúa siendo un exponente, junto a la Argentina, del desarrollo nuclear con fines pacíficos.

En conclusión, Brasil tiene por delante enormes desafíos, tanto a nivel internacional como a nivel interno. Desde el punto de vista regional, ha decidido recorrer el camino desde la unidad con el resto de Sudamérica; tiene enormes recursos, una economía fuerte con perspectivas de crecimiento en la escala mundial, un potencial demográfico elevado, recursos energéticos que garantizan el autoabastecimiento de hidrocarburos y una Amazonia que concentra los mayores recursos de biodiversidad del mundo. En paralelo, debe atender desafíos que podrían convertirse en su talón de Aquiles si no prosigue las políticas de inclusión social y desarrollo.

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