2 de agosto de 2012
Instituto Gestar

Con convicciones peronistas, pagamos la deuda

Aquella visión tecnocrática logró también establecer el diagnóstico sobre esos problemas: las excesivas regulaciones estatales y el avance del Estado sobre el mercado produjo un enorme gasto estatal que era “necesario” recortar. Se ocultaba aquí no sólo la intención política de tales diagnósticos, sino también las definiciones que desde la política se llevaron a cabo para encontrarse con el escenario del mayor desbaratamiento del aparato industrial y de la función del Estado como organizador de las relaciones económicas y sociales.  

Una de las recetas que los organismos internacionales lograron imponer desde los países centrales y sin reconocer la realidad social del país sobre los cuales se implementaría, fue la conocida “teoría del derrame” para solucionar los problemas de índole social. Veamos qué significaba, en efecto, esta idea. La teoría del derrame, ampliamente repetida y adoptada como dogma por los funcionarios del gobierno de aquella década, básicamente establecía que el crecimiento económico automáticamente fluiría desde la cima de la pirámide social hacia abajo, sin necesidad de que el Estado intervenga para lograr una más justa distribución del ingreso.

Ante un nuevo escenario y la necesidad de crear nuevos paradigmas de intervención estatal, Néstor Kirchner expresó en el año 2005 en la IV Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata:

“En la obtención de esos consensos para avanzar en el diseño que las nuevas políticas que la situación exige no puede estar ausente la discusión respecto de si aquellas habrán de responder a recetas únicas con pretensión de universales, válidas para todo tiempo, para todo país, todo lugar. Esa uniformidad que pretendía lo que dio en llamarse el “Consenso de Washington” hoy existe evidencia empírica respecto del fracaso de esas teorías. Nuestro continente, en general, y nuestro país, en particular, es prueba trágica del fracaso de la “teoría del derrame”.

El año 2001 para nuestro país fue la máxima expresión de aquel modelo que, dirigido desde afuera, se agotaba y daba señales de una fuerte crisis como resultado de años de aplicación de políticas neoliberales de ajuste. El llamado “Corralito” fue el último síntoma de este esquema perverso.

Esa medida económica, implementada por el ex Ministro de Economía Domingo Cavallo con el objetivo de proteger al esquema de convertibilidad cambiaria de las corridas bancarias masivas previas al desenlace de la crisis, terminó por provocar una explosión social y finalmente la salida de un gobierno que no pudo sostenerse en el poder. Como todas las medidas económicas implementadas en aquella época, ésta también estuvo destinada a favorecer a los sectores concentrados de la economía nacional e internacional. Hoy, este gobierno peronista con la bandera de la soberanía económica en alto, dio vuelta la ecuación pagando la última cuota del BODEN, culminando una etapa nefasta para nuestro país.

Este gobierno que inició Néstor Kirchner y hoy continúa Cristina Fernández de Kirchner demostró que estamos en condiciones de salir de la crisis sin necesidad de ajustarnos a esas recetas impuestas desde afuera; que al mismo tiempo que pagamos deudas en nuestro país siguen bajando las tasas de desempleo, se mantienen las políticas universales que reconocen a los individuos como sujetos de derecho. Hoy seguimos apostando a la inclusión social.

Este nuevo escenario ya se vislumbraba desde aquel 25 de mayo de 2003 cuando Néstor pronunció:

“Sabemos que el mercado organiza económicamente, pero no articula socialmente, debemos hacer que el Estado ponga igualdad allí donde el mercado excluye y abandona”.

Fiel al legado y a mantener intacto este modelo que incluye a los 40 millones de argentinos, la compañera Presidenta nos permite avanzar en la conquista de la independencia económica y la justicia social, convicciones que los peronistas llevamos como bandera hacia la victoria.

Por Maira Bernis y Fernanda Sallemi

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