30 de octubre de 2017
Instituto Gestar

El exilio de Perón en Latinoamérica: el calor panameño

Perón, ya en Panamá, concede una entrevista de prensa a un grupo de corresponsales cubanos en Colón.

Un largo camino a Panamá

“Panamá es un país en el que no se puede vivir, el clima es infernal
Después de pasar un año en Panamá, le mandan a usted al infierno
Y le aseguro que no ha de sentir mucho calor” 

Juan Domingo Perón
 

Perón parte de Paraguay un 2 de noviembre en la madrugada, a bordo de un avión Douglas DC-3, propiedad de la flota presidencial paraguaya. La intención era dirigirse a Honduras, pero en pleno vuelo se recibe un comunicado de Anastasio Somoza expresándole la imposibilidad de recibir al General debido a la creciente inestabilidad política de dicho país. La negativa a recibirlo lleva al transporte aéreo a aterrizar en Brasil, en donde permanece unas horas en el aeropuerto de El Galeão (100Río de Janeiro), donde recibe el apoyo del líder comunista brasileño Carlos Prestes -en clara contraposición con la actitud del comunismo argentino de aquella época-. Las escalas seguirán sin dar tregua: San Salvador de Bahía, en donde ofrece una rueda de prensa, Macapá en la Guyana Francesa, Zandery en la Guyana Holandesa (100Surinam) el 4 de noviembre, y Caracas, donde aterriza para establecerse durante tres días en el hotel Tamanaco, antes de partir a hacía su estadía transitoria en el país famoso por el canal que conecta a los océanos Atlántico y Pacífico.

Finalmente, el 9 de noviembre Perón llega a la ciudad capital de Panamá. Allí es recibido por Carlos Pascali, ex embajador argentino en Panamá quien había dejado sus funciones diplomáticas para acompañar al recién llegado. En esta etapa, Perón utilizaba un pasaporte paraguayo, otorgado por el gobierno de dicho país. Más tarde, tras reunirse con el presidente panameño Ricardo Arias, se traslada junto a Pascali a la localidad Panameña de Colón, donde se alojará en el hotel Washington. Allí se despide del capitán paraguayo Leo Nowak, quien había comandado la aeronave durante toda la travesía que hemos relatado. Uno de los primeros que lo visita es Ramón Landajo, su ex secretario privado, quién había conocido a Perón de muy joven cuando este se atendía en el consultorio odontológico de su padre. Allí, Landajo comprueba que la supuesta “suite de lujo” que describía la prensa adicta a la dictadura no era eso ni mucho menos: sólo resaltaba un retrato de Evita del artista Mezzadra. Mientras tanto, durante las primeras horas de las mañanas panameñas, Perón retoma con fuerza la escritura de La Fuerza es el Derecho de las Bestias, cuya edición considera prioritaria ante las constantes operaciones políticas a las que era sometido en su querida Argentina.

Por esos días, exactamente el 13 de noviembre, la presión del ala liberal de la revolución Libertadora lleva a Eduardo Lonardi a renunciar a la presidencia de facto, pasando Pedro Eugenio Aramburu a encabezar el poder. El sesgo ultra liberal del nuevo rumbo se vería simbolizado, entre otras señales, en el vertiginoso ascenso de Álvaro Alsogaray, desde el puesto de subsecretario de Comercio a Ministro de Industria. El ímpetu reaccionario llevaría a la dictadura a intervenir la C.G.T. tres días más tarde, luego a disolver el Partido Peronista y el Partido Socialista de la Revolución Nacional, para finalizar el “raid gorila” secuestrando el cadáver de Eva Perón del edificio de la central obrera el 23 del mismo mes. Perón se ve obligado a emitir un comunicado el 1º de diciembre para alentar a los peronistas de toda la patria a no claudicar, enfatizando que el hecho de disolver el partido no evitaría que cada peronista fuese de allí en adelante una Unidad Básica. En un llamado a la resistencia civil, finalizaría dichas líneas con un adelanto de lo que sería el llamado al voto en blanco en los futuros comicios constituyentes: “Yo sigo siendo el jefe de las fuerzas peronistas y nadie puede invocar mi representación. Si hay elecciones sin el peronismo, todo buen peronista debe abstenerse de votar. Esta es mi orden desde el exilio. Juan Perón. En el exilio, 1º de diciembre de 1955. ¡Viva el Peronismo! ¡Viva la C.G.T.!”

Hacía fin de año, Perón recibe nuevamente a Landajo. Además de correspondencia enviada por dirigentes peronistas e informaciones, su secretario privado le trae una “joyita”: una carta del depuesto presidente de facto Eduardo Lonardi. Norberto Galasso en su obra Perón (1002011) compila una serie de originales de Ramón Landajo denominados “Al final del camino”, en los que cuenta: «Cuando Lonardi me entrego el sobre, visiblemente emocionado, dijo, más o menos así: “el general Perón sabrá perdonar. Él, como yo, hemos sido traicionados por la misma conjura de individuos que ocultando las verdaderas intenciones, serán responsables de días negros para la Patria y de dolor para nuestro pueblo. Dígale que firmemente inspirado en mi sentir cristiano, ruego sepa perdonarme mi equivocación y pecado”».

Mientras tanto, la resistencia peronista se va organizando desde las bases. John William Cooke (100dirigente peronista y ex Diputado Nacional por la Capital Federal), quien más tarde sería nombrado Delegado Personal y sucesor por el mismísimo Perón en caso de ser asesinado, comienza a tejer contactos con el General para empezar a darle un poco más de forma a esos focos de resistencia que se iban generando ante la fuerza de la avanzada antiperonista. La correspondencia entre ambos dirigentes dio lugar a un intercambio intelectual y político de mucha riqueza que aún hoy es fuente de consulta permanente de la militancia peronista.

Perón se reúne en Panamá con John William Cooke.

Para variar, en Panamá la antipatria seguía operando. Sucesivos intentos de atentados contra la vida de Perón fueron registrados, aunque afortunadamente todos fueron desbaratados, ya sea por los adherentes al peronismo que aún permanecían en actividad en las tres fuerzas armadas y el aparato de Inteligencia montado por los golpistas, que aun reportaban a Perón, o por los choferes del aeropuerto de Tocumén que también eran simpatizantes del General. Pero el acoso no era sólo producto de la actividad del gobierno golpista argentino. El Senador norteamericano, perteneciente al Partido Demócrata, James Tumulty realiza una campaña de denuncia contra el Gobierno de Panamá por asilar a Perón, razón por la cual comienza un fuerte lobby que culmina con la “invitación” del hotel Washington –en donde aún se alojaba- a retirarse del mismo. Por tal motivo, se tuvo que ir a otro barrio panameño conocido como “de la Exposición”. Luego de estar allí unos días, pasaría al hotel Colón en la ciudad homónima.

A principios de 1956 llega a Panamá, para entrevistarlo, el periodista Emilio Perina, quien queda asombrado por las condiciones en las que vivía el General (100muy distantes de las que inventaban los medios porteños). En su obra Detrás de la crisis (1001960) comenta que “Las habitaciones ocupadas por Perón tenían un lujo: un balcón orientado hacia el mar a través del cual corría una brisa que mitigaba el agobio del clima panameño. Todo lo demás era franciscanamente pobre: pisos de ladrillos desgastados, dos camas de hierro, una rudimentaria mesa de cocina, tres sillones provincianos de mimbre, cortinados de cretona limpios pero a punto de caerse de puro viejo. Investigue quien quiera hacerlo el monto de la fortuna de Perón. Lo cierto es que cuando lo vi, en Panamá, vivía en una pobreza que me resultó desoladora”.

Edificio Lincoln, en la ciudad de Colón, donde Perón alquiló un humilde departamento en el que vivió durante algún tiempo.

Tras indicarle a Perina que era momento de que los jóvenes comenzasen a asumir los destinos del Movimiento, le señala que “Yo ya estoy superado. No se olviden de que, eventualmente, podría volver a la presidencia a los setenta años. ¿Para qué? ¿Para terminar con un balazo en la sien como Vargas?”. También le comenta su complicada situación financiera, ya que además de tener sus bienes congelados y cuentas bloqueadas, solo acepta algunos giros de un industrial paulista, su amigo residente en Paraguay (100Gayol) y las colectas que realizaban obreros de todo el país a través de la C.G.T.

En ese tiempo se produjo un hecho resonante (100por su nivel reaccionario, claro está), las declaraciones de Aramburu, quien intenta provocar a Perón al decir que “Perón huyó tan pronto como se lo permitieron sus piernas. Es un cobarde; esa es la razón de que haya huido y haya caído tan pronto”. Perón procede a contestarle mediante una carta que puede resumirse en la siguiente sentencia: “Para mí, el valor no consiste –ni consistirá nunca- en hacer matar a los otros. Esa idea solo puede pertenecer a los egoístas y a los ignorantes como usted”.

La dictadura de Aramburu-Rojas no parece mosquearse con la correspondencia del líder justicialista y continúa con la “avanzada gorila”: el 5 de marzo de 1956 prohíbe mediante el decreto 4161 símbolos, expresiones, publicaciones, etc. que tuvieran que ver con la liturgia peronista y sus dos gobiernos previos (100el segundo inconcluso por el Golpe de Estado). Para ese entonces ya había conocido a María Estela Martínez Cartas, una riojana integrante de un grupo de baile folklórico, que realizaba shows en la ciudad capital panameña y se acercó a Colón para conocer al General. Si bien Landajo y hasta el propio Perón desconfían de ella inicialmente –el secretario del dirigente nacido en Lobos sabía de su llegada gracias a infiltrados en la Inteligencia estatal-, más tarde pasaría a colaborar en la intensa actividad que diariamente desplegaba el General.

Perón e Isabel Martínez, poco tiempo después de ser presentados.

También es para señalar que ya en febrero de 1956 Perón inicia un contra ataque literario defenestrando al gobierno de facto, tanto a través de su ya mencionada primera obra del exilio como con una serie de artículos (100Del poder al exilio. Cómo y quiénes me derrocaron. La verdad sobre mi caída) en la revista Italiana Tempo y en la revista Elite de Caracas.

En ese año de 1956 ocurre otro hecho trágico para la historia del peronismo: el 9 de junio se produce el levantamiento de un conjunto de militares encabezados por el general Juan José Valle, secundado por el general Raúl Tanco, que es rápidamente sofocado por la dictadura, cuyas cabezas ordenarían luego el fusilamiento de los principales sublevados. Mientras que el general Valle y otros son fusilados (100varios de ellos en lo que se conoció como la masacre de José León Suarez), Raúl Tanco y un grupo de dirigentes logran encontrar asilo en la embajada de Haití. A pesar de la burda violación de la inmunidad diplomática del gobierno de facto, que detiene a siete asilados ingresando a la embajada de Haití con un comando armado, la valentía del embajador Jean Brierre y su esposa Therese (100quien intenta frenar la incursión y denuncia ante las agencias de noticias el hecho) logran revertir la situación. Sobre el levantamiento, Perón reacciona con tristeza aunque con cierta frustración por su resultado, ya que según su opinión –vertida en una carta privada a John William Cooke- muchos miembros de las fuerzas armadas (100su encono principal era con su arma, el Ejército) no podrían llevar adelante dicho levantamiento ya que durante el golpe de Estado de septiembre de 1955 habían defeccionado o titubeado ante la orden de actuar contra sus camaradas golpistas. De todas maneras, intercambia correspondencia con varios de los insurrectos de junio de 1956 como Enrique Olmedo, y recibiría más tarde a Raúl Tanco en Caracas, con quien entablaría una buena relación.

Perón, en la entrada del hotel Washington, en la ciudad de Panamá, donde se alojó un tiempo.

Lamentablemente, el factor externo generaría nuevos problemas sobre la tranquilidad del grupo de Perón. Impulsada por el presidente norteamericano Dwight Eisenhower y su par panameño Ricardo Arias Espinosa, se realizaría del 20 al 22 de julio la VII Cumbre de las Américas –conocida como “La Cumbre de los Dictadores” por la cantidad de presidente de facto presentes- a la que, por supuesto, iría Aramburu en representación de la Argentina. Ante la reticencia del dictador argentino por la presencia de Perón, Espinosa le pide a Perón que se ausente de país mientras durase la cumbre. Perón acepta, no sin ofuscarse, anunciándole que viajará a la ciudad de Managua (100capital de Nicaragua) para visitar el país centroamericano tal como le había prometido a su presidente en 1953 (100el dictador Anastasio Somoza García) durante su visita a la Argentina, con quien no se reuniría debido a que Somoza asistiría a la Cumbre en Panamá. Si bien Arias le dice a Perón que cedería para su traslado un avión de la flota presidencial, la realidad relatada por Landajo marca otra cosa: “¡Qué caradurismo el del presidente Arias, y el gobierno panameño, cuando le manifestaron que ponían a su disposición el avión presidencial cuando, en verdad, como dijo el General, no tenían ni siquiera una carretilla!”.

Al llegar a Nicaragua Juan Perón es declarado ciudadano ilustre y huésped de honor,  recibiendo tratamiento de Estado, y siendo recibido por 21 cañonazos. Tras pasar unos días, retorna a Panamá ya con la decisión tomada de cambiar de destino nuevamente: sería la República de Venezuela.

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