25 de julio de 2014
Instituto Gestar

El mito de los 100 años de decadencia

por Martín Raposo
Integrante del Área de Estudios Políticos y Sociales de Gestar

La imagen de aquel brillante alumno que supimos ser durante el Consenso de Washington parece haber caído en desgracia y cada medida tendiente a empoderar al Estado en su rol de articulador del conflicto social empeora la mirada de los otros sobre nuestro país. Nuevamente reconocidos medios internacionales acusan al país de haber desviado el rumbo que nos llevaría a ser una gran nación por haber tomado el atajo del populismo. No dudan al señalar con el dedo al responsable de tamaña tragedia. Entienden que fue, es y será el peronismo el que no deja que la Argentina pueda alcanzar la grandeza a la que está destinada por priorizar políticas distributivas en lugar de concentrarse en explotar las riquezas de estas tierras y permitir que sean las fuerzas del mercado las que asignen los recursos de manera eficiente.

Para los que luchamos por hacer flamear en el país las banderas de la independencia económica, la soberanía política y la justica social, tales aseveraciones suelen indignarnos al extremo de cegar nuestras capacidades discursivas y colocarnos en la situación de querer salir a dar batalla y explicar de qué se trata el peronismo, y qué se trae entre manos cuando toma medidas revolucionarias que reconocen y hacen valer derechos.

Ningún favor nos hacemos al contestar enceguecidos dichas acusaciones. Es necesario enfriar el análisis y evaluar la situación en los mismos términos que fue planteada, es decir, contestar en el lenguaje de los acusadores. La gran sorpresa que les daremos es que, aun jugando con sus reglas y en su cancha, somos capaces de mostrar cómo este movimiento que nació en el 45, fue derrocado en el 55 y proscripto por más de 18 años, sigue vivo y continúa con los lineamientos políticos de su impronta fundacional. Fiel a una de las verdades del peronismo, el justicialismo como doctrina económica realiza la economía social, poniendo el capital al servicio de la economía, y esta al servicio del bienestar social. Si esto es el populismo, nos declaramos culpables.

The Economist y The New York Times: La decadencia argentina

Sendos artículos publicados a principios de este año (1002014) describen una situación terminal para el país. En ellos, palabras más, palabras menos, endilgan a los gobiernos populares habernos conducido por este sendero de subdesarrollo, haciendo hincapié en el rol del peronismo por ser la fuerza política que pavimentó el camino que nos dejó en las puertas de una nueva crisis.

Con el título “La tragedia de Argentina. 100 años de decadencia” y preguntándose en el subtítulo “¿Qué salió mal?”, The Economist cuestiona cómo un país tan rico y con un futuro envidiado por muchos hizo todo mal por seguir el camino fácil y terminó condenándose y condenando a su pueblo al fracaso eterno, cuestión posible de revertir si rápidamente tomara conciencia y retomara la senda de la sensatez económica y política. Esta nos invita sin vacilaciones a abrazar las consignas del libre mercado.
“Hace cien años la Argentina era el futuro”, dice el semanario, y nos recuerda la gloriosa imagen que escuchamos hasta el cansancio de lo grande que era la patria en aquel momento.

Para sustentar su descripción de cómo fue el camino al fracaso que transitó nuestro país señala que el PBI per cápita de la Argentina en 1914 era superior al de Alemania, Francia e Italia. Estos números, absolutamente ciertos, esconden una gran cantidad de datos, también absolutamente ciertos, que los artículos periodísticos en cuestión omiten mencionar. Uno de ellos es el estado de las clases obreras. Al respecto, durante la segunda presidencia de Julio A. Roca (1001898-1904), Joaquín V. González, su ministro del Interior, encargó a Bialet Massé un estudio para analizar la situación de los trabajadores en la República Argentina. Los resultados que obtuvo se plasmaron en el Informe sobre el estado de las clases obreras en la Argentina. Lo que surge del “informe” opaca bastante la imagen que han intentado por años inculcarnos de la Argentina próspera del primer centenario. Si bien es cierto que, medida la riqueza en términos de PBI per cápita, éramos uno de los países más ricos del mundo, la distribución de esa riqueza era tan desigual que estábamos lejos ser una comunidad pujante. Muy lejos de ser el país del futuro. Convivía una pequeña cantidad de ricos con una mayoría de pobres en la armonía del no reconocimiento de derechos básicos.

El trabajo de The Economist no se detiene en la descripción de la grandeza pasada, sino que arremete contra el actual curso de los acontecimientos. Haciendo gala de su conservadurismo critica a las finanzas públicas y las define como un lastre para el sector privado.

Según el semanario británico, “el gobierno de la Sra. Fernández no solo impone aranceles sobre las importaciones, sino que también coloca retenciones a las exportaciones agrícolas”. Lo que omite mencionar es lo que ocurre hasta el día de hoy en la Unión Europea. Allí no solo existe un esquema de aranceles y retenciones, hay además subsidios a determinadas producciones agropecuarias que sin estas medidas serían económicamente inviables. Razones de seguridad alimentaria hacen que sea una política de Estado su mantenimiento. Otro buen ejemplo del famoso doble estándar que aplican al momento de realizar recomendaciones de política pública.

Una mirada desmitificada

Para poder analizar mejor los datos que nos propone el semanario británico, un gráfico ayudará a tener una visión alternativa.
Si comparamos la evolución del PBI per cápita para el siglo en cuestión y lo dividimos en cinco fases que representan cada una un período histórico con características muy identificables, se advierte cómo el supuesto siglo de decadencia va tomando otro color, inclusive cómo va arrojando luz sobre la verdadera tragedia que vivió nuestro país y cómo el camino de la consolidación democrática es la vía por la cual se debe retomar la senda del crecimiento con inclusión social.
El gráfico 1 permite comparar la evolución de los ingresos per cápita de Francia, Alemania, Canadá y la Argentina como porcentaje del PBI per cápita de Estados Unidos a lo largo del siglo.

Durante la fase I, que va desde 1900 hasta 1930, nuestro país estuvo 100% enrolado dentro de la división internacional del trabajo como un país agroexportador. Podemos ver cómo la evolución de los países analizados fue bastante similar, oscilando Canadá en una rango del 70% al 90% del PBI per cápita de los Estados Unidos, mientras que la Argentina, Alemania y Francia lo hicieron un escalón más bajo, entre el 50% y el 70%.

En la segunda fase, desde 1930 hasta 1944, el grupo de países observados, excepto Canadá, tiene una caída muy importante, que oscila entre los 25 y los 50 puntos porcentuales, lo cual se explica principalmente por el crecimiento del PBI per cápita de los Estados Unidos más que por desaciertos de política económica de estos últimos. Como vencedor de la Segunda Guerra Mundial e inmerso en una carrera armamentística, EE.UU. logró duplicar su PBI, con lo cual se alejó del resto del mundo tal como lo muestra el gráfico. De otro lado está la situación de Alemania, el gran vencido de guerra, y la de Francia, un país que, habiendo sido escenario de la contienda, quedó devastado.
En la fase III, que analiza el período que va desde 1945 hasta 1975, vemos que la evolución de Canadá y Argentina, si bien en rangos diferentes, avanzó de manera similar. El crecimiento de los países europeos estuvo más relacionado con el éxito del Plan Marshall, un plan de reconstrucción de Europa, que con errores cometidos por los otros países.
A partir de 1975 y hasta 2002 identificamos la fase IV: allí se vislumbra con precisión el alejamiento de nuestro país de la senda seguida por el resto. Las políticas implementadas a partir del segundo lustro de la década del 70 fueron las que, robándonos el presente, intentaron dejarnos sin futuro.

Liberalización indiscriminada del mercado, flexibilización laboral, un ataque cultural permanente y sistemático denostando el rol del Estado como proveedor de bienes públicos y como sujeto articulador del conflicto social. Todo esto junto al endiosamiento de lo foráneo (100la máxima aspiración era lo importado) y del mercado como asignador eficiente de los recursos.

La crisis de 2001-2002 marcó el punto más bajo en la relación con el PBI per cápita de Estados Unidos.
A partir de 2003, fase V del gráfico, se verifica cómo el país retoma una senda ascendente; si bien desde un rango más bajo, el cambio de tendencia unido al trasfondo de un modelo de desarrollo productivo con inclusión social nos permite ser optimistas sobre el futuro.

Es importante para un país contar con un diagnóstico preciso sobre su historia y sus posibilidades para prosperar y para dar respuesta a los más desfavorecidos. Un tema clave que surge de ese diagnóstico en el caso de la Argentina es la necesidad de llevar adelante un proceso industrializador. No alcanza con procesar las materias primas, con transformarlas en alimentos terminados, es indispensable trabajar todas las cadenas de valor que sean posibles para crear los puestos de trabajo que garanticen un crecimiento en armonía. Es el vivo concepto de la Comunidad Organizada, que doctrinariamente se se expresa en lo que dijo Perón: “Nadie puede realizarse en una comunidad que no se realiza”.

¿A quién le sirve este mito, el de la decadencia centenaria?

"El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza". Arturo Jauretche.

Evidentemente a los enemigos del pueblo. Tal como lo decía don Arturo, “nada grande se puede hacer con la tristeza”. Mantenernos moralmente desmoralizados, hundidos en la nostalgia de lo que podríamos haber sido, nunca nos dejará construir nuestro destino. Nuestra misión como militantes es trabajar en la construcción de un futuro mejor, no para unos pocos elegidos sino para todos los habitantes de la Nación Argentina.

 

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