27 de septiembre de 2016
Instituto Gestar

Feos, sucios y malos, parte III

Fortalezas y debilidades

Hemos visto que las sociedades que desarrollaron un Estado de Bienestar se ven menos afectadas por las desigualdades. En los países occidentales capitalistas este modelo protege bien a los que están integrados al sistema, pero los outsiders encuentran crecientes dificultades para entrar en él y acceder al mundo del trabajo y a sus derechos y protecciones. En la Europa de los últimos veinte años se planteó la disyuntiva: o proteger a una gran parte de la población limitando las desigualdades y excluyendo a los que no pueden entrar al sistema, o bien abrir las puertas a todos pero al precio de grandes desigualdades. En tal sentido es interesante la respuesta que dio Tony Blair, ex premier inglés, a las críticas que en su momento le hizo la izquierda francesa, cuando afirmó que el primer deber de la solidaridad es ofrecer un empleo a todos. Es decir, desde esta perspectiva la dicotomía es: o ausencia de desigualdades o ausencia de desempleados.

Cuando estas sociedades comenzaron a sufrir crisis económicas, con el consiguiente freno del crecimiento, y no pudieron dar empleo a todos, se reveló una faceta oculta del Estado de Bienestar, esto es su carácter corporativo. Se hicieron visibles los innumerables regímenes especiales de protección que en el imaginario colectivo asumen la forma de derechos adquiridos. Estas ventajas específicas, estos estatutos particulares (100docentes, empleados públicos, obreros fabriles), aparecieron como intocables.

Y las brechas comenzaron a quedar cada vez más expuestas; empleados precarizados, madres solteras, jóvenes, extranjeros y lo que es peor, nuevos desocupados expulsados de sus antiguos trabajos, comenzaron a caer bajo una red de seguridad social, cada vez más precaria y con menos recursos, o a depender de la caridad, como las antiguas sociedades de beneficencia.

De hecho, en tales sociedades la igualdad de las posiciones favorece sobre todo a la clase media.

Ahora bien, cuando el crecimiento económico comienza a resentirse, la malla de solidaridad se desgarra y la representación de la estructura social se modifica, por lo que la concepción de estratificación social basada en las clases sociales y en las actividades profesionales es reemplazada por una visión divergente: si pertenecer a la sociedad o no. Esta clase media queda entre la amenaza de los pobres o desclasados que pugnan por integrarse de alguna manera al sistema y los ricos, que al haber acumulado fortunas inimaginables también se alejan de este núcleo central constituido por la clase media.

Esta nueva realidad encuentra un correlato perfecto en la disposición de las ciudades contemporáneas, en las que los muy ricos, los pobres y los sectores medios ocupan territorios cada vez más claramente separados.

La mutua desconfianza corroe la coexistencia y así con el tiempo se rompen los lazos mínimos de solidaridad.

En definitiva, para quienes carecen de trabajo este modelo termina siendo fuertemente conservador pues favorece a quien ya tiene una posición adquirida y mantiene alejados en la periferia a los que no lograron entrar.

En todo caso, lo que es seguro es que estos grupos terminan haciendo campamento a las puertas de una sociedad que piadosamente los deja para más adelante.

 

Efectos nocivos de las desigualdades y las falsas promesas

Las desigualdades tensan las relaciones sociales tornándolas a menudo agresivas. Los individuos ven limitada su confianza al círculo íntimo que los rodea, situación que destruye lazos colectivos más amplios y acentúa la desconfianza entre sectores sociales distintos y también, poco a poco, entre los integrantes de un mismo sector social, todo lo cual incrementa la hostilidad entre los grupos y los individuos.

El círculo se va estrechando, se permanece entre iguales, solo se ayuda a los más próximos y los sujetos buscan protección poniendo la mayor distancia posible entre ellos y los otros, siempre percibidos como peligrosos. Los ricos se terminan agrupando en barrios cerrados o en countries y los pobres en guetos o en su versión autóctona, las villas. El espacio público queda cortado en zonas ricas y seguras y zonas pobres y desprotegidas. Si bien las desigualdades sociales no explican por sí mismas la delincuencia y la criminalidad, ninguna duda cabe que contribuyen a su desarrollo. En las sociedades modernas, las desigualdades aumentan la frustración de quienes no pueden alcanzar los modos de vida de las clases acomodadas. Los más ricos ya no se sienten parte de las sociedades de las que provienen y los más pobres se sienten rechazados por la misma sociedad que los acusa de ser los causantes de todos sus males. Al fallar todos los controles sociales clásicos, basados en la autorregulación que genera la convivencia, no queda más que colocar a las fuerzas represivas para que cumplan esa función. De esta manera, una parte de la sociedad comienza a adherir a ideologías autoritarias y xenófobas, las cuales prometen una unificación nacional igualitaria que será posible cuando la sociedad se libre de todos los “diferentes”.

La justicia social, hoy en día, no puede hacerse a fuerza solamente de los dispositivos tendientes a consolidar la igualdad de oportunidades; es necesario operar activamente para achicar la brecha, pues los primero, aunque como veremos no lo único, es disminuir la desigualdad.

Las medidas macroeconómicas puestas en marcha por el gobierno nacional y sus lógicas consecuencias como la devaluación, la apertura de las importaciones, la drástica reducción del poder adquisitivo de la mayoría de la población, el derrumbe del consumo interno, la crisis inédita de las Pymes, los tarifazos, la creciente desocupación, los proyectos de subir la edad jubilatoria, la vuelta de los contratos basura, la desfinanciación del sistema previsional, etc., etc. han tenido un efecto en lo inmediato: aumentar la brecha existente entre ricos y pobres. Comienzan a verse los primeros síntomas de destrucción del tejido social originando daños, que por experiencia sabemos, lleva luego décadas restaurar.

En la campaña para las elecciones de 2015 Macri repitió innumerables veces que venía a unir a los argentinos, a integrarlos; también sostuvo que erradicaría la pobreza siendo uno de sus principales eslogan “pobreza cero” y finalmente repitió hasta el cansancio que daría trabajo a todos los argentinos.

Entre las promesas y la realidad se extiende hoy un abismo creciente. Reaparecieron los cartoneros, cada vez más personas hacen de la calle su hogar, la desocupación avanza a ritmo indetenible y una gran parte del pueblo argentino está triste, decepcionado y hundido en la desesperanza.

Por tanto, no es lo mismo implementar una política que pretenda aumentar los bajos salarios, vigorizar el consumo interno, agregar valor a nuestras exportaciones y mejorar las condiciones de vida de los barrios populares dotándolos de infraestructura, seguridad o buenos transportes públicos que procurar que los niños de esos barrios tengan las mismas posibilidades de ascenso que los más beneficiados en función de su capacidad o mérito.

Llamamos a la reflexión al gobierno nacional, el pueblo argentino depositó en ustedes sus esperanzas y es un imperativo ético que cambien el rumbo y tomen medidas que favorezcan a todos los argentinos y no solo a un pequeño sector de la sociedad.

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