15 de junio de 2017
Instituto Gestar

Filosofía barata, sanata y autoayuda

Las ideas que constantemente inundan los medios de comunicación afines al gobierno nacional, expresadas y desarrolladas por los principales referentes políticos del macrismo son una mezcla de ideas primitivas, abstractas e insustanciales que tienen la virtud de no significar nada concreto ni de poseer densidad ideológica, sociológica o filosófica. Frases tales como: “cada argentino tiene que buscar su lugar en el mundo”, “nosotros seguimos el camino de la verdad y no el de la mentira como el gobierno anterior”, “ojalá encuentren un lugar donde ser felices” dirigiéndose a los despedidos, o “sean serios, cumplan y nunca se cansen de aprender” hablándole a las decenas de miles de jóvenes que hace unas semanas fueron a la rural en busca de trabajo y unos pocos se llevaron la promesa de una posible entrevista laboral, son un ejemplo del vacío de contenido de las propuestas que derraman día a día, para fatiga del noble pueblo argentino.

Se espera de un presidente que defina qué país quiere construir, que explique cuál es su visión de la historia pasada, presente y futura. Con Macri estamos aun esperando. Claro que esto no es inesperado para alguien que en reiteradas ocasiones ha despreciado la historia como una fuente en la cual abrevar para modelar el contorno de su proyecto político. De hecho el macrismo desea que el pueblo argentino viva en un estado de permanente amnesia. Por tanto, Macri no tiene historia colectiva a la cual remitirse para darle densidad a su proyecto. Esto es reemplazado por colores: así hizo campaña con inocentes globitos amarillos y en la actualidad el rojo de su círculo íntimo delimita el futuro que le espera al pueblo: sangre, sudor y lágrimas.

Es interesante analizar las fronteras filosóficas que el emprendedor presidente argentino posee. En un alarde de profunda reflexión llegó a expresar que para él la sociedad argentina es una red afectiva. Por desgracia se quedó ahí nomás y no aclaró cuál era la naturaleza de los afectos a los que se refería: el odio, la venganza, el deseo o el amor. Lo cierto es que permanentemente utiliza frases y conceptos que provienen de los autores de autoayuda que suele leer con fruición. De todas formas, podemos inferir que tipo de emociones provoca, al menos en una parte sustancial de los ciudadanos, cuando por ejemplo le quita los remedios a los jubilados, las pensiones a los discapacitados, los derechos a los trabajadores, o cuando ataca a los docentes por reclamar un salario digno, a los científicos por exigir condiciones lógicas para hacer su trabajo, cuando aumenta las tarifas y los impuestos convirtiéndolos en impagables, etc.

Otra muletilla a la que suele apelar Macri es que para salir se necesita el aporte de todos. En este punto encontramos algunas dificultades pues ya sabemos que el ex presidente de Boca es minimalista en la formulación de sus ideas. Nunca dejó claro de dónde hay que salir, aunque si apelamos a sus exégetas preferidos como Marcos Peña, alias el “comandante marquitos”, podemos inferir que se refiere al populismo, al Estado de bienestar, que el peronismo cual obsesivo orfebre viene cincelando en la sociedad argentina desde hace décadas. Ahora bien, tampoco deja muy claro quiénes son aquellos que tienen que aportar. Volvemos, por necesidad, a utilizar otras fuentes para intentar desentrañar el sentido profundo de sus palabras. El Papa Francisco también ha dicho que es necesario el aporte de todos, pero sobre todo de los que más tienen, de los más favorecidos para conseguir una sociedad más justa. Bien, en estas palabras encontramos dos ideas centrales, la primera referida a que propone una sociedad justa donde todos tengan una vida digna y la segunda es la propuesta de que el peso mayor de esa gesta recaiga sobre los ricos, sobre los que más capital han acumulado. Desgraciadamente, por más que hemos releído al presidente y sus dilectos seguidores no pudimos encontrar ninguna de estas dos ideas en sus dichos. En cambio, cuando nos adentramos en los hechos consumados que su gestión presenta día a día, en un envidiable ejercicio de súper actividad, vemos que el objetivo consiste en redibujar una sociedad profundamente más inequitativa donde la distribución de la riqueza se concentra en pocas manos -digámoslo: la de sus mandantes- y para ello el peso del ajuste recae mayormente sobre las espaldas de los asalariados, pequeños comerciantes e industriales, es decir sobre dos tercios de los argentinos que lentamente van quedando en los confines del bienestar que supieron tener.

Otro de sus conceptos que llama la atención es que para que se vean cambios se necesita tiempo. Recordarán que, pasados los primeros seis meses de gobierno, la crítica situación económica que acuciaba a gran parte de los argentinos, motivó que los Ceos nos explicaran didácticamente que los cambios se verían en el segundo semestre. Pues bien, éste también pasó de largo y en el tercer semestre siguió el frío económico y ya entramos en cuarto y la cosa sigue igual. Por razones obvias dejaron de hablar de semestres y ahora la cosa viene por años: el año próximo será el despegue. Pero lo que interesa es la dimensión sociológica del tiempo. El peronismo desde sus orígenes ofreció al pueblo como objetivo central de su política mejorar la vida material y espiritual de todos los argentinos, pero especialmente de los sectores trabajadores y de los desclasados que hasta entonces habían sido las bestias de carga que facilitaban el bienestar de la oligarquía vernácula. Para ello el Estado tuvo un papel activo central y rápidamente la riqueza material que producía la Argentina se acercaba al famoso fifty fifty o 50/50 que Perón había propuesto. A la vez que esto sucedía también se reconfiguraba la vida cultural, el ocio y el descanso. No en vano, durante décadas los sectores populares que vivieron la etapa del primer peronismo decían que sus días más felices habían sido los del gobierno de Perón y Evita. Todo este estado de cosas se basó en que la propuesta del “populismo” peronista consistía en alcanzar la felicidad en el tiempo histórico que a los hombres les tocaba vivir y no en la próxima vida, fuera ésta en el paraíso o en el infierno. Volviendo a nuestra época, nos preguntamos a que tiempo se refiere Macri. El tiempo, sabemos, no es homogéneo. No pasa, ni es vivido de la misma forma por un joven de clase media o alta que por uno que habita una villa o un barrio popular. Por caso, no es igual el tiempo para un joven que desde la sala de 4 hasta terminar sus estudios universitarios estuvo entre 15 y 18 años estudiando que el que tuvo que salir a trabajar desde los 16 años, y ni que hablar del que no pudo estudiar y no consigue trabajo. Sin embargo, tengo la sospecha que el ingeniero Macri nos propone una mejoría a tan largo plazo que la mayoría de los argentinos no la llegarán a ver pues estarán todos mirando crecer el césped desde abajo.

En otro orden de ideas el macrismo tampoco se privó de ofrecer marquetineramente una utopía a la que abstractamente todos los mortales encontrarán tentadora: la famosa “pobreza cero”. Pero claro, siempre hay un pero, en este caso no fue más allá de la formulación general, que poco duró, pues sus voceros, estilo Michetti, pronto se encargaron de explicarnos que ese objetivo se obtendrá luego de décadas de gobiernos neoliberales. A esta altura, imagino que nuestros perspicaces lectores se estarán preguntando si nos toman por tontos o si esa es la condición a la que pertenecen todos los integrantes de este gobierno. No estaría mal, que mientras tanto, nos digan porqué pararon las obras públicas que estaban en marcha o previstas en materia de agua potable, cloacas, vivienda, etc., las cuales sí son útiles para reducir la pobreza estructural. O también sería útil que bajaran la inflación, a la cual ellos mismos definieron como una forma perversa de generar nuevos pobres. O tal vez, con que los sueldos aumentaran a la par de la inflación sería un paliativo. Pero la verdad es que nada de esto está en el norte del gobierno. De hecho, le pusieron autoritariamente un techo a las paritarias, bajaron drásticamente el consumo popular, amonestaron al pueblo diciéndole cínicamente que era una fantasía que pudieran comprar un celular, un electrodoméstico, o irse de vacaciones y ni que hablar de comprarse un autito de segunda mano. Y encima pensaron que podían acceder a una modesta primera vivienda propia. Que desfachatez, la de los pobres argentinos.

Párrafo aparte merece la propuesta macrista de unir a todos los argentinos. Recordarán que en campaña se cansaron de acusar al peronismo de ser causante de la grieta que dividía a la sociedad. Malas noticias, la división existe desde el nacimiento de nuestro país a la vida independiente: ya en 1810 se dividían entre independentistas y monárquicos, luego siguieron los unitarios y federales, más tarde la antinomia fue entre rosistas y antirosistas,  continuaron los mitristas contra los alsinistas, entrado el siglo XX la división fue entre yrigoyenistas y antipersonalistas, y ni que hablar de los peronistas y los antiperonistas. La pregunta obvia es de qué unidad habla este hombre. ¿Alguien le habrá contado que por ejemplo la ley de educación laica, gratuita y obligaría fue producto de feroces luchas y discusiones en la calle y en el parlamento? ¿Sabrá que la participación de la clase obrera en el 50% del producto bruto interno fue conseguida a fuerza de largas luchas de los trabajadores y que solo se logró cuando el Estado peronista participó activamente para que los sectores populares se llevaran la mitad de la riqueza que ellos mismos ayudaban a crear? De hecho, buena parte de las instituciones fundantes de la Argentina se crearon bajo el inconfundible sello de la confrontación, en ocasiones violenta, de diversos sectores. Si no, como explicar por ejemplo los violentos golpes de estado que voltearon a Yrigoyen y a Perón. Por otra parte, hay uniones que matan. Recordemos la unión de los argentinos que aprobaron la aventura sin sentido de Galtieri cuando invadió las Malvinas. Hoy, nuevamente el país está dividido entre quienes tienen la fantasía de una argentina blanca, europea, civilizada, nacional (100pero con z) y que se lleva la parte del león de la economía y por otra parte quienes luchan por una sociedad justa, equitativa e igualitaria. Le suena conocido. Sí, tiene razón, esta lucha es tan vieja como nuestra historia.

En definitiva, la mayor parte de las propuestas del gobierno tienen en común que son resbalosas, voluntaristas y de una sospechosa dualidad interpretativa. Mientras tanto, creen que los elefantes nos pasan por delante sin que los veamos. Pero para su desconsuelo nuestro pueblo es consciente de que el endeudamiento externo, la inflación, la recesión y la desocupación no son males que provocan señores malos que forman mafias cuyo objetivo es robar todo lo que puedan, sino que es producto de las medidas que cotidianamente toma este gobierno para ricos y poderosos.

Por Jorge Álvarez

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