9 de mayo de 2016
Instituto Gestar

INDUSTRIALIZACIÓN: CONDENADOS A ENCONTRAR NUESTRO PROPIO CAMINO

por Martín Raposo, Integrante del Área de Estudios Políticos y Sociales de Gestar

Es preciso desmontar pieza a pieza el andamiaje neoliberal y la falsa idea de la impotencia intrínseca del país.

Aldo Ferrer

 

Ya quedaron atrás las PASO y como pueblo podemos sentirnos orgullosos de haber avanzado un escalón más en la consolidación de esta joven democracia, que tanto nos costó recuperar. Aún treinta y dos años después, es bueno tenerlo presente porque muchas veces frustraciones coyunturales sirven de caldo de cultivo para que pequeños grupos en tamaño, pero muy poderosos en términos económicos y con influencia en la política, intenten imponer su eterna voluntad de retorno vendiéndonos una imaginaria Argentina potencia: la del granero del mundo, la de “tirábamos manteca al techo”. Potencia que lamentablemente sólo derramaba sus beneficios en ese reducido grupo, dejando fuera a las grandes mayorías y a las reales potencialidades de desarrollo del país. Un pequeño grupo cuyo único objetivo es volver a colocar gestores a cargo del timón de la patria y para ello no tienen mejor herramienta que desprestigiar a la política.

No debemos olvidar que los pasos firmes que habíamos dado en el desarrollo nacional, con una industria que comenzaba a hacerse fuerte, fueron borrados de un plumazo con el brutal golpe de 1955. Sólo quedaron girones del proceso industrializador de ese primer peronismo, y de inmediato el gobierno ilegítimo de Pedro Eugenio Aramburu inició una etapa de transnacionalización de la economía, arriando la bandera de la independencia económica para sepultarla brutalmente durante la dictadura, que con mano férrea y políticas coercitivas realizó un intenso intento de lavado de cerebro del pueblo, donde el mensaje que debía prevalecer era que lo nuestro no servía para nada, lo bueno era lo importado. De la mano de ese concepto también se instaló la idea de que lo importante era conseguir inversiones, no interesaba en qué condiciones o en qué sectores. El mismo intento pero con mucha mayor violencia se realizaría durante la dictadura cívico-militar que se instaló en 1976.

Aún hoy perdura el germen de ese pensamiento colonizado. La batalla que tenemos por delante, en las urnas, no es sólo una elección más, es parte fundamental de la batalla cultural por la definición de un modelo de país: integrado al mundo y esclavizado, como a principios del siglo XX, o libre y soberano, eligiendo el propio camino, construyendo nuestro destino.

 

¿Qué se hizo?

En 2003, de la mano del compañero Néstor Kirchner y con su compromiso filosófico de no dejar las convicciones en la puerta de la Casa Rosada, dimos vuelta la página de la desindustrialización. 

Luego de varias décadas de pretender reeditar el rol agroexportador de fines de siglo XIX y principio de siglo XX a cualquier precio, habiéndonos transformado en el mejor alumno de una impiadosa ortodoxia a la que sólo le importaba la financiarización de la economía, fue una decisión política que nos permitió animarnos a retomar el camino de la industrialización como herramienta para consolidar el desarrollo, sabiendo que existen posibilidades de construir un proyecto nacional aun en este mundo globalizado del siglo XXI.

Con el objetivo de apuntalar el modelo político con objetivos económicos centrados en el consumo y el empleo, la promoción del desarrollo de la industria nacional tomó diferentes formas, para los distintos momentos que se fueron presentando.

Al principio de esta etapa, definida por Néstor Kirchner como la “de la salida del infierno” y la de “los muertos no pagan”, se tomaron una serie de definiciones estratégicas para avanzar hacia un horizonte más claro que permitieron la utilización de las herramientas de política económica. Entre ellas se destacó la política de desendeudamiento. Simultáneamente, se avanzó sobre una elevada capacidad ociosa que tenía la economía, con un tipo de cambio competitivo y con una deliberada política de ingresos anticíclica que incentivó la demanda agregada y puso en un período relativamente corto la economía no sólo en funcionamiento, sino que se comenzó a crecer a tasas del orden del 8%.

La decisión de volver a hacer funcionar la industria estuvo presente en una miríada de medidas y de decisiones que se proyectaban en un mismo sentido. 

 

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Se tomaron medidas para proteger el mercado interno y permitir así que las empresas alcancen volúmenes de producción y de ventas que las hagan más competitivas.

Se implementaron subsidios a la energía tanto para estimular la producción, como para mejorar el salario de bolsillo, quitando de esta manera presión a las demandas salariales, mientras por el lado de la institucionalidad, a medida que crecía el nivel de empleo, se estimulaban las negociaciones en paritarias y la homologación de los convenios colectivos de trabajo.

Se crearon nuevas instituciones legales para amparar y estimular sectores de la economía que se consideran estratégicos para el desarrollo del país:

Se retomaron y profundizaron proyectos que tienen larga trayectoria, como los relacionados con la energía atómica, donde una empresa estatal que representa un sello de calidad a nivel internacional en la materia, INVAP SE, es el símbolo de lo que somos capaces de hacer si los proyectos se mantienen. Esta empresa, que había llegado a tener mil empleados en un momento de auge, cayó en desgracia durante el cuarto de siglo de desindustrialización y quedó tan sólo con trescientos cuarenta en 2003. A partir del cambio de paradigma, volvió a crecer su nómina para llegar en 2015 con mil trescientos sesenta empleados altamente calificados y agregó otras líneas de trabajo a su oferta original de las instalaciones nucleares de gran rendimiento, como, en el área espacial, la fabricación de radares, satélites, televisión digital terrestre; en el área industrial y de energías alternativas, la fabricación de energía eólica y el que podría constituirse en un producto estrella, el Proyecto Carem, que tiene por objeto la construcción y puesta en marcha de un prototipo de reactor nuclear de baja potencia, diseñado íntegramente en el país.

En 2008 ocurrió la peor crisis internacional que han vivido las generaciones presentes, con secuelas de desintegración social y desempleo que aún hoy, siete años más tarde, todavía se sienten. Nuestro país no fue ajeno a esa crisis, aunque logró enfrentarla con instrumentos idóneos para problemas coyunturales, dándole continuidad a la senda de crecimiento que se había comenzado.

Sin embargo, las secuelas, sumadas a los desajustes de una economía que aun no había logrado superar lo que Marcelo Diamand llamaba “estructura productiva desequilibrada”, crearon algunas situaciones particulares que los detractores de este modelo aprovecharon para cuestionar el todo.

Tenemos un sector industrial consumidor de divisas que no contribuye de manera significativa a producirlas, quedando la provisión de las mismas a cargo del sector agropecuario, de crecimiento mucho más lento. Este déficit de manufactura de origen industrial (100DMOI) constituye un problema debido a la matriz industrial que tiene nuestro país. La anterior destrucción el entramado industrial de manera sistemática influye sobre las producciones actuales debido que a medida que la economía crece se hace necesario importar más partes y componentes y bienes de capital que aún no produce.

 

Desde el presente hacia el porvenir (1002015-2020) 

Existen ciertos íconos en la historia argentina de la industria que aparecen una y otra vez cuando hablamos de futuro como queriéndonos recordar nuestras potencialidades. La Argentina fue capaz de construir el Pulqui, un avión a chorro con tecnología de vanguardia para la época a niveles internacionales; logró tener una empresa como Fate Electrónica, cuyos diseños de computadoras personales fueron contemporáneos a los de los líderes mundiales (100IBM). Sin embargo, no supimos, no pudimos o tal vez no fuimos capaces de que toda esa potencialidad se constituyera en la base de una estructura industrial. 

Estos descarríos, errores o aprendizajes deben sernos útiles para construir el futuro. A lo largo de los últimos doce años, si bien se retomaron muchas líneas de trabajo y se crearon nuevas, algunos sectores siguieron distraídos haciendo una modernización de escaparate, un lujo que como sociedad no deberíamos permitirnos.

 

¿Cómo construir el futuro?

El destino de los países no se encuentra escrito en piedra, ni proviene de un oráculo o de una mente brillante que nos indica cuál es el norte. Es el pueblo el que elige su destino y lo construye día tras día en cada pequeño detalle. “El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza”, decía Arturo Jauretche. Ésta ha sido por décadas la mejor arma con la que contaron nuestros enemigos, hundirnos en la nostalgia de lo que podríamos haber sido.

Constituye un gran error creer que las posibilidades de desarrollo radican en tomar la decisión correcta, la cual se limitaría a la elección de un modelo exitoso de industrialización que deberíamos emular y, de no alcanzar el tan mentado éxito, no podríamos cuestionarlo, pues el error estaría en la defectuosa ejecución que habríamos realizado. Aparentemente, deberíamos encontrar este set de instrucciones al estilo de “una industrialización para dummies” (100haciendo referencia a una colección de libros que explica todo para “tontos”).

Para algunos será lamentable saber que tal “set correcto de ideas” no existe. Para nosotros, los peronistas, que creemos que lo mejor que tiene esta tierra es su pueblo, saber que no existe una receta mágica a la cual debamos aferrarnos, sino que por el contrario existen un sinnúmero de caminos cuya construcción depende principalmente de las decisiones que tomemos como sociedad, es muy estimulante.

Se trata de un proceso de experimentación que deberá atender principalmente a dos objetivos: crecimiento y creatividad. Mientras que el primero es de relativamente fácil medición, el segundo constituye un desafío en sí mismo, pues no se trata de trasplantar modelos exitosos de otras latitudes y ajustarlos para su funcionamiento, sino que por el contrario, sobre la base de los recursos con los que cuenta nuestra economía, tanto naturales como de infraestructura y humanos, debemos construir un modelo de crecimiento sustentable que tenga la habilidad de incorporar a grandes franjas de población hoy excluidas.

Todo este proceso debe ocurrir en un mundo que no se detendrá a esperar nuestros logros. Seguirá girando y continuará señalándonos con el dedo, cuestionando cada medida soberana que atente contra sus intereses y contra el estatus quo reinante. Un punto que desde la doctrina peronista siempre estuvo presente fue pensar este modelo de desarrollo industrial desde lo regional, lo cual le da mayor fortaleza a la propuesta.

Teniendo en cuenta el tiempo durante el cual nos hicieron creer que para alcanzar el camino del desarrollo había una única senda, estamos frente a todo un desafío.

En la búsqueda de consensos, todas las propuestas pueden ser válidas, ya que desde un principio ayudan a consolidar el ejercicio democrático. Existen muchos ejemplos sobre la interacción de los distintos sectores en pos de mejorar la participación de la industria nacional en los procesos productivos.

Así como en otras oportunidades he apelado al triángulo de Sábato para graficar la importancia de construir los proyectos de desarrollo sobre las tres patas (100Estado, empresas y sistema técnico-científico), recientemente conocí una experiencia muy interesante y digna de ser repensada.

Estado, empresarios, trabajadores, técnicos, académicos y demandantes de tecnología constituyen un “hexágono virtuoso” que permite el desarrollo industrial con justicia social. Organizada por el Foro para una Nueva Política Industrial, esta nueva metodología de diálogo apunta al desarrollo sustentable de la matriz productiva argentina. Buscan por este medio producir hechos concretos: una ley, una acción de sensibilización, un producto que genere desarrollo industrial y trabajo calificado.

 

“Un tropezón no es caída”

Existen innumerables ejemplos de malversación de políticas públicas proindustriales que se usan para poner en tela de juicio cada decisión política de incentivar a un determinado sector. Muchas veces se trata tan sólo de trascendidos que nunca terminan de confirmarse. Sin embargo, el daño a la utilización de las políticas públicas es efectivo.

Pero ¿sería lo más atinado matar al perro para acabar con la rabia? 

Quienes cuestionan las políticas de incentivos a la industria no están preocupados ni por el desarrollo de ésta, ni por la independencia económica. Con un discurso simple y lineal promercado, persiguen hacer su propio negocio y poner los instrumentos del Estado a su servicio.

Tras la dicotomía de Estado sí, Estado no, esconden secretos intereses. La pregunta realmente importante pasa a ser Estado para quién. Hemos escuchado cuestionamientos a la AUH, porque ésta se iría por la canaleta del juego y de la droga, pero no escuchamos cuestionamientos cuando los beneficiarios son rentistas disfrazados de empresarios.

El Estado está siempre presente, es siempre un jugador relevante, por acción o por omisión, y para este proyecto nacional y popular la única variable que nos interesa usar para medir la efectividad de sus políticas es en términos de distribución del ingreso y de cantidad de gente incluida. ¿Para qué nos sirve un Estado eficiente y una matriz industrial líder mundial con altísima productividad si nos encontramos con un nivel elevado de desempleo y con una sociedad desigual?

“La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo”, dice la primera de las veinte verdades peronistas.

O logramos avanzar como país en la definición de una matriz industrial que se ajuste a nuestros objetivos de crecimiento con inclusión o volveremos a caer en las opciones de insertarnos pasivamente en el mundo, como productores de materia prima o como productores y exportadores de las tecnologías que nos permitan/autoricen los países centrales.

Desde un lugar muy precario inicialmente como fue la reconstrucción que se llevó a cabo a partir de 2003, hemos logrado hacer grandes cosas y también hemos cometido algunos errores y nos hemos mostrado incapaces de modificar la matriz industrial. Sin embargo, es en este punto donde debemos preguntarnos cuál es el siguiente paso.

En materia de inversiones tenemos otro punto donde debemos estar atentos a la hora de elegir. No toda inversión es buena por el solo hecho de existir. Depende el para qué, el cómo, el tipo de condicionamientos. Como lo menciona a menudo Aldo Ferrer: “El objetivo fundamental del crédito externo tiene que ser siempre y únicamente generar divisas”.

Durante estos doce años se construyeron planes estratégicos en los principales sectores de la economía: Plan Estratégico Agropecuario 2020 (100PEA), Plan Estratégico Industrial 2020 (100PEI), Plan Estratégico de Ciencia y Tecnología (100PECYT). Se propusieron y se transformaron en leyes numerosos regímenes que son la base de la Argentina que se viene: biocombustibles, biotecnología, nanotecnología, software, etcétera.

El ARSAT-2 no es una foto de campaña, pensado en sumar algunos puntitos en una elección. Es la muestra cabal de un proyecto de país que está dispuesto a utilizar todas las riquezas con las que fue dotado. Si escarbamos en los planes espaciales, nos encontramos que en el cronograma plurianual el lanzamiento del ARSAT-2 estaba previsto para 2015, de la misma manera que el del ARSAT-1 lo estuvo para 2014.

Capitán Beto, Manolito y Tita son tres nanosatélites argentinos que forman parte de un programa conjunto entre el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva y la empresa argentina Satellogic. El proyecto fue concebido, diseñado y producido por esta empresa con el objeto de “democratizar el acceso al espacio”. Debido a los materiales que se utilizan y la técnica de construcción desarrollada, se alcanza un nivel de costos que permitirá el acceso a esta tecnología espacial a una mayor cantidad de potenciales usuarios.

“Uno de los factores que determinan la posibilidad de canalizar la demanda de bienes de capital hacia los proveedores nacionales es el grado de desarrollo tecnológico alcanzado por las grandes empresas usuarias, públicas o privadas, en materia de ingeniería básica y de detalle”, escribe Fernando Fajnzylber. En La industrialización trunca de América Latina (100México, Nueva Imagen, 1983).

Pero este aprendizaje, que requiere realizar tanto el sector usuario de la tecnología como el sector proveedor, para poder incorporar cada vez mayor cantidad y mayor valor agregado de desarrollo local implica jugar con el tiempo. Tomemos por caso lo ocurrido en cuanto a la puesta en funcionamiento de los nuevos trenes. Éstos fueron comprados en China. Sin embargo, la diferencia con los otros modelos de desarrollo que nos proponen es que, a la par que se realizaba esa compra, para dar respuesta a un servicio que había sido abandonado por años, en Fabricaciones Militares se avanzaba con un proceso de fabricación de vagones para los servicios de carga. Debemos recordar que los tiempos de la política no siempre, por no decir nunca, van de la mano de los tiempos necesarios para la maduración de los proyectos. Sin embargo, existe una excepción, y ésta es cuando el horizonte del proyecto coincide con el que persigue la alianza social portadora de la propuesta para una nueva industrialización.

Reconocer los errores o, mejor dicho, los intentos que no alcanzaron los objetivos originales debería ser una virtud que, sin embargo, en este mundo manejado por los medios donde lo que se transmite es la idea del éxito inmediato complica las posibilidades de reflexión.

Para ejemplificar tomaremos el caso de Tierra del Fuego. Es innegable el valor que ha tenido tanto en lo geopolítico como en el ejercicio de la soberanía darle continuidad al régimen de la isla. Los resultados alcanzados al día de hoy pueden medirse en términos de cantidad de puestos de trabajo generados y, lo que es aún más importante, la vocación política de transformar la provincia en un polo de desarrollo tecnológico. Si bien no se ha logrado, es necesario y deseable avanzar en la profundización de la integración nacional. El hecho de que hoy sea uno de los puntos que contribuyen al déficit de balanza comercial lo pone riesgosamente en el escenario de los temas a cuestionar. Sabemos que para la oposición la solución es sencilla: se cierra y se aumenta la productividad de las actividades en las que sí contamos con ventajas para poder importar todo lo que necesitamos, con el beneficio adicional de que esto se podría hacer a menor precio. Para nosotros, que sabemos que el camino va por aportar mayor desarrollo en la mayor cantidad de sectores posibles, el cambio debe venir por una reformulación que permita integrar de manera más eficiente los logros del continente con las inversiones ya realizadas, con las comprometidas y con las que serán necesarias para el desarrollo.

Sabemos que es muy difícil negar lo mucho que se hizo. Sin embargo, esto no debe nublar nuestro horizonte e impedirnos reconocer lo mucho que queda por delante. El error posible de desandar lo hecho para entregarnos como país a la magia de la globalización es la integración indiscriminada, que ya fue probada y su resultado fue desastroso: sólo miseria y atraso para casi todos, una sociedad quebrada, dividida, ya no como intentan instalar algunos sectores entre kirchneristas y antikirchneristas o entre peronistas y antiperonistas, sino entre incluidos y marginados.

La propuesta del proyecto a futuro es la profundización del modelo cambiando lo que sea necesario cambiar, desmantelando lo que no sirvió, impulsando con mayor énfasis lo que anduvo bien.

No estamos ante un golpe desesperado de timón, sino por el contrario perseguimos afinar el arte de la navegación para seguir acercándonos a ese norte peronista que no es otra cosa que una patria más libre, más justa y más soberana.

* Licenciado en Economía de la Universidad Nacional de Córdoba. Máster en finanzas de la Universidad Di Tella. Consultor especialista en política industrial.

 

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