4 de agosto de 2017
Instituto Gestar

La Argentina es una fábrica de pobres (100Primera parte)

“Manifestación” es una de las obras más conocidas de Antonio Berni, data de 1934. Describe la pobreza y el desempleo de los años 30. Cada rostro cuenta con una expresión distinta pues no se trata de una masa uniforme sino que la composición trata de caracterizar a los individuos que piden “Pan y trabajo”.

 

A pobreza no la crean los pobres sino las instituciones, las políticas y los conceptos.

Muhammad Yunus

Premio Nobel de la Paz 2006

 

Si hubiera que identificar el principal problema de la Argentina contemporánea ninguna duda cabe que el más importante es la pobreza que además persiste y no cesa de aumentar en los últimos cuarenta años. Con el tiempo ha generado una brecha social demasiado pronunciada, conspira contra la cohesión de nuestra sociedad, genera un malestar cada vez más extendido en los sectores excluidos y condena a vivir fuera del sistema a millones de argentinos. Ello provoca que el país viva sometido a cíclicos conflictos provocados por una población creciente sumergida en una pobreza estructural que no ha podido resolverse, ya sea por ausencia de voluntad política o por falta de ideas de cómo hacerlo.

Naturaleza del problema

El problema de la pobreza es de naturaleza esencialmente política en tanto es ésta la que permite o impide condiciones económicas y sociales de explotación, abandono y marginación.

En última instancia la pobreza expresa nítidamente el grado de incapacidad que padecen quienes la sufren para participar en todos los aspectos de la vida (100social, económica, cultural, política, profesional).

A partir de los años 80, los conceptos y las medidas de la pobreza adquieren una nueva entidad, debido a la magnitud que ésta llega a tener en el nuevo régimen de acumulación. A la pobreza estructural que ya estaba presente en el mundo (100originada por una mala distribución de la riqueza) se le agregan los "nuevos pobres", producto de los ajustes y de la desarticulación generalizada que provoca la economía de mercado. Éstos incluyen a los sectores de clase media, jubilados, docentes, trabajadores fabriles, que ven cómo sus condiciones de vida elementales se van deteriorando significativamente. 

Con la desarticulación de la clase media, el abismo entre pobres y ricos se profundiza y quien se encuentra entre los mejor pagados quiere tener cada vez menos en común con los estratos inferiores. La cohesión social se debilita y tiende a desaparecer. De manera tal que se instala un nuevo paradigma: la vuelta de las élites al ejercicio del poder. Éstas son representadas en nuestro tiempo no por los que más méritos o virtudes tienen como antaño se postulaba, ni tampoco por su origen o linaje, sino por los que poseen riqueza. A diferencia de otras épocas estas elites políticas, económicas, mediáticas, sociales y culturales están estrechamente entrelazadas y actúan de conjunto en defensa de sus intereses imponiendo un orden social esencialmente inequitativo e injusto que afecta severamente la vida de las mayorías. La nueva norma es el encapsulamiento de los ricos. La Argentina ya transita ese camino cuya manifestación más clara es la construcción de barrios cerrados, de countries, custodiados a manera de ghetto para separar a los más ricos de la realidad social de su propio país.

Pobres hubo siempre

Este concepto utilizado por muchos funcionarios del actual gobierno casi como un descargo moral supone quela pobreza es una ley de la naturaleza o de la física, de cumplimiento inexorable, como predican maliciosamente las elites dominantes llámense estas neoliberalismo, capitalismo financiero globalizado o grupos económicos concentrados.

Nada más lejos de la realidad.Hasta mediados de la década del 70 la pobreza en la Argentina no registraba niveles elevados, tampoco la desocupación. Pero todo cambió a partir de instaurada la dictadura cívico militar en 1976. Con la aplicación de políticas económicas y sociales ultra liberales la pobreza comenzó a incrementarse aceleradamente adquiriendo una inusitada severidad e intensidad. En el ciclo que va de 1976 hasta 2003 el deterioro fue causado por las políticas de apertura financiera y comercial implementadas por la dictadura y ya con la democracia estuvo asociado, en los 80, al escaso crecimiento económico, al creciente proceso inflacionario –hiperinflaciones incluidas-; en los 90 al crecimiento del desempleo y con posterioridad a la Convertibilidad por la severa devaluación que barrió con los ingresos reales. Y en todo el periodo el endeudamiento externo actuó como un corset que provocó el destino creciente de recursos a pagar los intereses de la deuda. Esto implicó una fuerte detracción de recursos que deberían haberse destinado a infraestructura, proyectos de desarrollo o programas sociales.

Lo cierto es que en 1974 la pobreza por ingresos era del 4,6% de los hogares, que llegará a constituirse hasta ahora en el mínimo histórico. Tras la implementación del plan económico de Martínez de Hoz la pobreza en 1982 alcanzaba el 21% de los hogares. La tasa de desempleo pasaría del 3% al 9%. Con la vuelta de la democracia la situación empeoró. En 1986 eran pobres el 23,2% de los hogares. Para 1991, después de dos procesos hiperinflacionarios,  el crecimiento de los hogares pobres trepa a 27,1%. Para redondear la idea, desde 1974 hasta 1991, los argentinos pobres pasan de menos de un millón de personas a 7,5 millones.

Entre 1991 y 1994 la pobreza se reduce llegando al 21,9% pero comienza en 1994 la crisis económica iniciada en México cuyas consecuencias a nivel mundial se llamaron efecto Tequila impactando fuertemente sobre el mercado de trabajo y elevando la desocupación al 18,4%. Poco después, en 1998 comienza una crisis financiera en Rusia (100crisis del rublo) que también impactó en la economía de nuestro país haciendo trepar la pobreza al 24,7% que desembocó en la crisis casi terminal del 2001 donde los hogares pobres ya constituían el 43,5% del total,  de los cuales el 20% eran indigentes. A su vez, la desocupación en 2002 ya afectaba al 22,5% de la población.

Del 2003 en adelante los indicadores mejoraron un poco pero no lo suficiente para revertir la tendencia. Al iniciarse un ciclo de mayor crecimiento económico se comenzó a generar nuevo empleo y una leve mejora en la distribución a través de programas sociales que llevo el desempleo en 2015 al 6,4% y que redujo la informalidad laboral del 49% al 33,5%. Aquí debemos hacer una salvedad. Si bien es cierto que a simple vista se pudo apreciar una mejora de la situación, la manipulación de las estadísticas oficiales, no permite aseverar la certeza de estas últimas cifras.

Falta de datos confiables y homogéneos

Uno de los problemas que tenemos en la Argentina es la forma de medir la pobreza. Hay diversas metodologías y por tanto los resultados no son homogéneos ni confiables.

Por ejemplo, hay métodos de cálculo que se utilizan para medir la pobreza basados exclusivamente en los ingresos, que no tienen en cuenta otros parámetros que hacen a las condiciones de vida como vivienda digna, acceso a los servicios sanitarios (100agua potable y cloacas), de salud, educación y comunicación de cierta calidad. Si se incluyeran estos indicadores se entendería porqué la pobreza tiende a reproducirse más allá de los numerosos planes focalizados en curso desde hace años.

El INDEC emplea el método de la Línea de Pobreza e Indigencia, el cual consiste en comparar los ingresos totales de los miembros del hogar con los ingresos estimados requeridos para satisfacer las necesidades de las personas. Es decir que los hogares cuyos ingresos son inferiores a las líneas preestablecidas son caracterizados como pobres o indigentes, dejando de lado cualquier otra necesidad no satisfecha. Si los ingresos de un hogar no son suficientes para comprar todos los bienes y servicios básicos es pobre. Si no puede cubrir el consumo de alimentos y bebidas necesarios es indigente. Si se define la pobreza sólo como un nivel de ingresos se tendrá una mirada limitada. Preocuparse sólo por la canasta básica, que delimita el umbral de pobreza, puede reducir el diagnóstico de los problemas.

Otra forma de medir la pobreza combina dos enfoques, por un lado un enfoque directo basado en una concepción de la pobreza como necesidad según el cual un hogar es pobre cuando no logra satisfacer al menos una de las necesidades básicas. El indicador de Necesidades Básicas Insatisfechas (100NBI) incluye parámetros como hacinamiento, calidad de la vivienda, acceso a servicios sanitarios, acceso a la educación y capacidad económica. Por otro lado se utiliza un enfoque indirecto basado en la idea de pobreza como insuficiencia de recursos que considera pobre a todo hogar cuyo ingreso efectivo sea menor que su línea de pobreza, la cual representa el nivel de ingreso o gasto que se precisa para adquirir un conjunto de bienes y servicios al que se denomina canasta básica.

Dado que existen diversas metodologías e incluso diferentes nociones sobre lo que es la pobreza, un primer paso que se debería dar consiste en un debate nacional que desemboque en coincidencias y acuerdos académicos e institucionales para definir qué es la pobreza en sus distintas dimensiones, y a partir de un consenso de todas las fuerzas políticas fijar una metodología para medir e identificar las características que asume la pobreza y objetivos concretos para que disminuya rápidamente a través de políticas públicas y privadas que mejoren la calidad de vida de quienes están sumergidos en este flagelo.

Pobreza estructural

Esta clase de pobreza, en la Argentina, abarca a quiénes se encuentran en condiciones socioeconómicas, culturales y educacionales que se dan en un núcleo duro de la población que les impide salir en el corto plazo de la extrema vulnerabilidad en que se encuentran. A su vez está estrechamente vinculada con el desempleo estructural. Se trata de familias cuyos integrantes estuvieron desempleados durante 30 años o más y fueron perdiendo las herramientas que se precisan para reinsertase en el mercado laboral. Estas nefastas condiciones se trasladan de padres a hijos, los cuales, en este entorno también carecen de las herramientas necesarias creándose un círculo vicioso del que es muy difícil salir. En este punto es donde la presencia del Estado cobra una dimensión fundamental, asegurando a estas familias ingresos que no los dejen al margen de la sociedad a través de programas que les permitan acceder a trabajos, tal vez poco calificados, pero que les posibilite retomar una conciencia de pertenencia e identidad, que con el tiempo se fue perdiendo. Tan importante como esto es la activa participación del Estado en conducir un proceso donde las nuevas generaciones puedan acceder a la educación y capacitación para que puedan insertarse en el mundo del trabajo y cortar el círculo vicioso. Este salto cualitativo es el único camino posible para erradicar la pobreza estructural, flagelo del que como peronistas sentimos vergüenza.

Del 2003 hasta el 2015, si bien con altibajos, el país tuvo un proceso de crecimiento de la economía y una mejora real de los indicadores sociales, sobre todo en los primeros tiempos de la administración kirchnerista. Sin embargo, la pobreza no cedió. Esto muestra que hay algo más que la inequitativa distribución del ingreso y que la pobreza es un rasgo ya estructural que se reproduce a sí misma.

Los planes sociales como por ejemplo la Asignación Universal por Hijo son medidas importantes para capear el temporal y salir de la coyuntura pero de ninguna manera resuelven por sí solos el problema de fondo. Recurrir solamente a los programas focalizados como recomienda el Banco Mundial, equivale a darle una aspirina a un enfermo terminal y en definitiva no reconoce que la pobreza y la indigencia son producto del sistema económico vigente y de la falta de decisión política de cambiar las reglas de juego. Prisioneros de esta caracterización los Estados y gobiernos no hacen otra cosa que recurrir a medidas asistenciales que aparecen como soluciones progresistas pero que solo son medidas de emergencia y si perduran sin que haya soluciones estructurales, en el fondo terminan siendo conservadoras porque no alcanzan para sacar -y en muchos casos las mantienen- de la exclusión de la producción y del consumo a millones de personas.

Consecuencias

La pobreza tiene serios efectos sobre las personas e influye de manera directa sobre el comportamiento de la sociedad. De manera ascendente, la impotencia que sienten los excluidos y marginados ante la imposibilidad de modificar su situación se traduce en menosprecio propio, por los demás y con el tiempo por el propio país, depresión anímica, violencia y quebrantamiento de la ley. A su vez, de forma descendente provoca desconfianza, racismo y aislamiento de los favorecidos por el sistema que terminan desentendiéndose de los estratos menos favorecidos de la sociedad. En este marco, la pobreza genera además un resentimiento que agranda la brecha social.

Crece la mortalidad infantil por malnutrición, la esperanza de vida es inferior.

Otros problemas sociales, como las enfermedades mentales y el alcoholismo, son más habituales, debido a que son causadas por la escasez de recursos económicos y por una atención médica inadecuada.

El efecto más extremo de la pobreza es el hambre. El resultado del modelo económico neoconservador implementado por este gobierno está llevando a que cada vez más argentinos no puedan acceder a una alimentación adecuado y crecen los comedores sostenidos por provincias e intendencias y por instituciones privadas. El Estado Nacional se ha desentendido en una actitud que solo puede calificarse de abyecta. No es ocioso destacar que en la Argentina el hambre existe no por falta de alimentos (100el país produce alimentos para quinientos millones de personas) sino porque importantes estratos de la población no pueden acceder o no tienen la capacidad de adquirir los alimentos necesarios. Esto tiene que ver en gran parte con la desocupación presente y con el modelo económico en el que vivimos, el cual tiende a marginar a vastos sectores de la comunidad de los frutos del progreso técnico, por basarse en un régimen de acumulación irracional, condenado casi en soledad por el Papa Francisco.

De nada sirve engañarnos a nosotros mismos considerando que todos los argentinos son solidarios y humanitarios. Lo cierto es que en la Argentina de hoy los excluidos o marginados son rechazados por una parte de la sociedad, ya sea por la simple indiferencia o por la exigencia de represión y reclusión. Esta es la manera en que los beneficiados por el sistema defienden sus intereses y su posición social y económica.

Ahora bien, como sabemos la exclusión social es un proceso, no una condición. Por lo tanto sus fronteras cambian, y quién es excluido o incluido hoy puede variar con el tiempo, dependiendo del modelo económico imperante, la educación, las características demográficas, los prejuicios sociales y las políticas públicas.

En definitiva, como venimos sosteniendo, se desintegra la cohesión social, que es la base a partir de la cual se construye cualquier proyecto nacional, que es el punto de partida de una comunidad justa, solidaria e integrada.

Es previsible que el rumbo actual no se pueda mantener mucho tiempo. La ciega adaptación a la economía de mercado que pregona el neoliberalismo lleva a las sociedades a la disgregación.

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