23 de octubre de 2017
Instituto Gestar

La caída de Perón

Manifestantes antiperonistas arrancan del frente del diario La Prensa un retrato de general Perón y lo arrojan a la Avenida de Mayo.

La sublevación de algunas guarniciones de las fuerzas armadas en importantes puntos de país ha sorprendido al aparato militar que responde al gobierno. No obstante, los sectores leales cuentan con los recursos necesarios para reprimir con éxito la rebelión; dos causas principales impiden que la contraofensiva se concrete. En primer lugar, la defección de varios altos mandos que habían proclamado públicamente su lealtad al presidente Perón; en segundo término, la decisión del general Perón de evitar un enorme derramamiento de sangre.

Pesan aún en su ánimo las tristes imágenes del pueblo indefenso, masacrado sin piedad en Plaza de Mayo, en los bombardeos producidos el 16 de junio. Es plenamente consciente que para cumplir el objetivo de “matar a Perón”, los oficiales antiperonistas y gorilas de la Armada insurrecta están dispuestos a cualquier cosa, inclusive a concretar la amenaza de bombardear la Capital Federal. De hecho, ya bombardearon Bahía Blanca y Mar del Plata. Toma cuerpo en la cabeza del “conductor” la necesidad de preservar las vidas humanas y también la infraestructura del país que la “bestia negra” de la dictadura en ciernes, Isaac Rojas, amenazan destruir (100puertos, destilerías, gasoductos).

Con el propósito de ganar tiempo en las negociaciones, envía al ministro del Ejército, general Franklin Lucero, una nota en la que adelanta su actitud de desprendimiento ante la gravedad de los hechos que se están produciendo. Esa nota no contiene su renuncia pero la Junta de Generales, acuciada por los centros neurálgicos de la rebelión realiza una pirueta e interpreta esta misiva como si fuera una renuncia, y en forma payasesca la acepta, cuando en rigor, nunca se había producido.

En medio de esta tormentosa situación, realiza un sereno balance de los acontecimientos. Su análisis se ve influido por el brusco cambio de muchos militares, sobre todo del Ejército y casi en pleno de la Marina, quienes hasta ayer eran leales al gobierno y se pasaron a los sublevados o mostraron titubeos inadmisibles en tales circunstancias. Lo cierto es que objetivamente la situación castrense ha cambiado radicalmente.

En las notas que elabora en la cañonera paraguaya en la que se ha refugiado, en los documentos que prepara, reconoce que ha perdido una batalla trascedente. Pero ya comienza a pergeñar estrategias de lucha y resistencia.

El almirante Teisaire, su vicepresidente, que lo ha traicionado y que hace escandalosas declaraciones públicas en su contra, les dice a los golpistas con descarnado realismo que es un hombre que se fortalece y se multiplica en la adversidad.

Comandos civiles festejan en Alta Córdoba el derrocamiento de Perón

Desde el comienzo del derrocamiento de su gobierno, el gran estratega empieza a preparar –al principio, inorgánicamente- el gigantesco movimiento de resistencia popular contra la dictadura militar. A pesar de la gravedad de los sucesos su ánimo está sereno. No se trata de fatalismo, sino de adecuación al nuevo cuadro de situación. Perón conoce muy bien los avances y retrocesos que depara la historia. Seguramente esta perspectiva histórica y sociológica que en Perón operaba naturalmente fue lo que lo movió a iniciar el exilio con la confianza en su causa que solo tienen los que están seguros de sí mismos y los que tienen la conciencia tranquila.

Su arribo a la cañonera “Paraguay”

Comienza a registrar cuidadosamente en apuntes –que luego editará en su obra Del poder al exilio– lo que sucede en esas jornadas. Su descripción de la llegada a la cañonera, en la mañana del 20 de septiembre, tiene  la impronta de una prosa testimonial: “Buenos Aires era una laguna; el cielo, bajo y oscuro, presionaba sobre los techos de las casas. No había en torno ningún signo de vida. En la entrada al puerto, la calle aparecía interrumpida por una franja de agua. Tratamos de pasar a mayor velocidad pero se mojó motor y el coche se detuvo. El chofer trató de ponerlo en marcha pero no logró hacerlo andar. Allí cerca estaba estacionado un colectivo vacío; en el volante había un muchacho adormecido. Bajé y le pedí que empujara nuestro automóvil. Me reconoció y me saludó alzando los brazos. Anduvimos un par de kilómetros por lo menos, remolcados por una correa. El auto volvió a andar en la entrada del puerto. Tampoco allí había un alma. No se veía un metro más allá de la nariz. Solamente niebla, y en la niebla algún destello de luces del puerto. La cañonera Paraguay estaba recostada sobre el dique A del Puerto Nuevo. Los marinos me esperaban formados en cubierta. Subí primero yo, seguido del embajador, de Renner y de Cialceta. El comandante me recibió con los honores militares”.

20 de septiembre de 1955. Cuatro días después de iniciado el golpe de Estado que lo derrocó, Perón asciende a la cañonera Paraguay, donde permaneció 13 días hasta que pudo abandonar el país.

Desde el año 1954 Perón era ciudadano honorario del Paraguay y general del ejército de aquél país, honores que se le dieron por la política de fraternidad que llevó adelante el justicialismo, cuyo punto culminante fue la devolución de los trofeos de guerra que Argentina conservaba de la guerra de la Triple Alianza. Desde aquel momento, los paraguayos ven al general argentino como uno de los suyos.

Al día siguiente va a visitarlo el embajador paraguayo Chaves y le informa que se había reunido con la Junta de Generales para comunicarle que su país le otorgaría asilo y pedir seguridad y garantías para el ex presidente. Le explica también que inició las gestiones para obtener el salvoconducto que le permita abandonar la Argentina.

Los días que siguen son de descanso, comparados con el ajetreo de la función pública al que estaba acostumbrado Perón.

Los testimonios de quienes compartieron esas horas con él permiten reconstruir sus actividades en el buque: se levantaba temprano, leía los diarios y luego pasaba largo rato escribiendo (100comienza a producir el material que, meses después será la base de sus primeras obras en el exilio). Llamó la atención de quienes lo frecuentaron en ese tiempo que escribía a mano y nunca tachaba ni rompía los papeles.

Vista de la cañonera Paraguay enviada por el gobierno guaraní donde el General Perón permaneció refugiado hasta que salió rumbo a Asunción en el hidroavión Catalina.
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