16 de agosto de 2011
Instituto Gestar

La costumbre de la negación

 

Es decir, si nos va bien, es porque existen factores externos al Gobierno (100no necesariamente geográficos) que impulsan fuerzas que desarrollan al país. Si, a la inversa, la economía mostrase números desalentadores, sería, ahora sí, responsabilidad del Gobierno. Así, por alguna razón, todo lo que está bien, es suerte y buena suerte; y todo lo que puede estar mal, es por culpa del Gobierno.

Desde GESTAR creemos que estos análisis son muy parciales, y que no intentan abarcar la realidad, sino construir una oposición política. Por este motivo, entendemos como necesario ampliar estas observaciones. Lo primero que destacamos es que “vientos de cola” hubo siempre. A modo de ejemplo: a fines de los setenta la liquidez internacional era abrumadora, y el país se encontró con una oferta de crédito barato difícil de negar, junto con una afluencia de capitales significativa. No obstante, el mal manejo en materia económica a nivel local -que permitió circuitos de “plata dulce”- llevó a que la crisis de deuda iniciada en México a comienzos de la década del ochenta se extendiera al país. Por este y otros motivos, en esos años el PBI prácticamente no creció. Las cifras lo muestran en forma contundente, en 1990 el PBI era similar al del año 1976.

Los noventa encuentran al país recompuesto de una hiperinflación, y con toda la voluntad política de mejorar las cosas. Así, siguiendo recomendaciones internacionales, se abre la economía, se fija el tipo de cambio, se privatizan empresas públicas y se desregulan los mercados. La situación internacional también era inmejorable, los capitales afluían a la Argentina incesantemente. Sin embargo el viento de cola no se aprovechó bien, el desempleo y la pobreza crecieron, y aunque en 1998 se alcanza un PBI récord, luego de atravesar una caída del PBI de casi 3 puntos con la crisis del tequila, a fines de 2001 se presenta otra vez una crisis.

Los años posteriores se presentaron con circunstancias favorables, que se supieron canalizar mediante políticas adecuadas. A la vez, se implementaron medidas que fomentaron nuevamente el crecimiento económico y el desarrollo del país. Por ejemplo, no es un dato menor que un Gobierno cree un Ministerio de Industria o un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva. Tampoco es menor, que el 30% de lo recaudado por derechos de comercio exterior de la soja se federalice hacia obras de infraestructura en todas las provincias. Ni mucho menos, que se sostengan y apliquen medidas para el desarrollo de la industria nacional, o que se muestre a la población que los medios de comunicación son empresas que buscan, además de informar, defender su negocio.

Sin embargo, lo más destacable de esta gestión no es el correcto uso de los vientos de cola, sino el cambio de eje. Este Gobierno es un gobierno que ha buscado, que busca y que seguirá buscando, una mejora en los términos distributivos. La moratoria previsional, la ley de movilidad jubilatoria, la AUH, la reapertura de las paritarias, la suba del salario mínimo, entre otras, son medidas de corte redistributivo. Es importantísimo a la hora de analizar esta problemática comprender que, como decía el economista inglés Ruskin, la palabra “rico” existe frente a otra palabra relativa, que es la palabra “pobre”. Es decir, no se puede hablar de la pobreza sin mencionar a la riqueza.

Veamos algunos números: en la última parte de la década del noventa el 10% de los hogares más ricos de toda la población acaparaba alrededor del 34% de lo producido (100o del ingreso), mientras que el 50% más pobre se repartía el 19,5%. Hoy en día el 10% más rico se “lleva” el 29% de los ingresos, mientras que la mitad de los hogares del país con menos recursos, dispone de poco más del 22%. Alternativamente, en promedio, entre 1996 y 2000, cada hogar del 10% más rico, poseía un ingreso que representaba 8,7 veces el ingreso de cada uno de los hogares del 50% más pobre. Hoy, ese cociente bajó a 6,4 veces.

La disputa por la distribución de lo producido, necesariamente genera conflicto, porque afecta intereses[1]. Muchas veces, la forma de canalizar la expresión de desacuerdo por parte de quienes resultan perjudicados, es mediante la subestimación de las políticas aplicadas. De la misma forma, también se atribuyen los logros (100en caso de que se reconozcan) a las circunstancias. Lo cierto es que las circunstancias no operan solitariamente, si el Gobierno no hubiese generado acuerdos con las automotrices, o no hubiese estimulado la demanda privada, no se podría explicar el crecimiento de este sector. Si no se hubiese mantenido el tipo de cambio competitivo, mediante la administración ordenada del peso, tampoco se podría hablar del boom exportador de la industria. Si no se hubiese reestructurado la deuda, el coletazo de la crisis internacional hubiese sido más fuerte.

En definitiva, las circunstancias externas afectarán siempre el desarrollo de los países, pero ellas no pueden explicar todo. La forma en la que se encara la bonanza es clave para analizar el contexto. ¿Cuál sería el estado del suelo argentino si las retenciones a la soja fuesen del 0%, como muchos opositores pretendían? ¿Qué pasaría con el empleo si se hubiese abierto indiscriminadamente la importación de productos chinos? Para los opositores, la mejor manera de discutir políticamente, a fin de lograr un debate serio, debería ser aceptar los logros alcanzados, y no atribuirlos a una impersonal bonanza exterior.

Marcos Finn

 


[1] Acaso la expresión reciente más acabada de esto fue la disputa por la resolución 125. Cuando el Gobierno quiso avanzar sobre una renta extraordinaria proveniente del suelo argentino, se chocó con el poder de veto de un sector de la población, que resultaría afectado.

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