9 de mayo de 2016
Instituto Gestar

LA ELECCIÓN PRESIDENCIAL Y LAS CULTURAS POLÍTICAS DE LA ARGENTINA

por Mario Bertellotti, Integrante del Área de Formación Política de Gestar

La cultura política se puede definir como el conjunto de los valores que dan sentido y condicionan la conducta o forma de ser de un pueblo y de las personas que lo integran, y comprende a todas las manifestaciones de la vida colectiva e individual: la política, el Estado, la religión, el idioma, la escritura, la geografía, la historia, la familia, el hábitat, las relaciones sociales en el trabajo, la economía, la educación, la ciencia, la tecnología, la literatura, la música, la pintura, la escultura, el deporte, el entretenimiento, etc. Pero ninguna identidad nacional se expresa en el campo de la política como una uniformidad. En todos los casos, esa identidad contiene diversidades políticas individuales y colectivas que son parte de ella y contribuyen a construirla como una unidad en tanto las contiene en su seno. Esas diversidades políticas que forman parte de una identidad cultural y se construyen compitiendo entre sí por la conducción del proceso histórico de una nación constituyen las diferentes culturas políticas de esa nación. 

Por ejemplo, en la identidad norteamericana la competencia se da entre la cultura política republicana y la demócrata; en la identidad alemana, entre la cultura política democristiana y la socialdemócrata, y en la inglesa, entre la cultura política conservadora y la laborista. Como veremos, desde hace doscientos años compiten por la conducción del proceso histórico argentino dos grandes identidades: la cultura política liberal conservadora y la nacional y popular, pero desde las primeras décadas del siglo XX se verifica también la existencia de otra identidad: la cultura política liberal progresista, de menor densidad que las dos principales, pero que tercia en esa disputa de poder inclinando la balanza entre una y otra según las circunstancias. Podremos comprobarlo cuando analicemos el largo proceso histórico de construcción de cada una de ellas y de los respectivos valores que las identifican y diferencian, así como el rol que en la construcción de las hegemonías electorales han jugado en cada momento histórico las respectivas subculturas políticas que las surcan y que expresan la diversidad interna de cada una. 

 

Dos proyectos antitéticos anclados en dos culturas políticas diferentes

Después de las PASO, las duplas Daniel Scioli-Carlos Zannini del Frente para la Victoria y Mauricio Macri-Gabriela Michetti de Cambiemos son las que han quedado en mejores condiciones para disputar la elección del 25 de octubre próximo y procurar la construcción de una hegemonía electoral que les permita triunfar. Scioli aspirará a ganar en la primera vuelta, parado sobre el casi 39% de votos que obtuvo la lista única del FpV que encabezó. Macri, a su vez, pretenderá forzar una segunda vuelta contra Scioli, partiendo del poco más del 24% de sufragios que como PRO obtuvo dentro de Cambiemos. Pero, con menos posibilidades, jugará también Sergio Massa, porque intentará disputar, en lugar de Macri, la segunda vuelta contra Scioli, a partir del 14% de los votos que el Frente Renovador captó dentro de UNA. 

Scioli encarna una nueva etapa del proyecto de transformación que Néstor Kirchner comenzó en 2003, proyecto firmemente anclado en la cultura política nacional y popular de la cual el peronismo es su núcleo articulador. 

Macri expresa un contraproyecto alternativo que está nítidamente anclado en la cultura política liberal conservadora, que tiene como núcleo articulador a los grupos económicos y mediáticos concentrados nacionales e internacionales.

Massa representa también el interés de esos mismos grupos, pero enmascara su verdadera identidad ideológica construyendo deliberadamente un discurso ambiguo que transita la frontera entre la identidad nacional y popular de donde proviene y extrae votos, y la liberal conservadora a la que conquista en parte, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. 

Pero en octubre jugarán dos candidatos más que, a pesar de que sumaron pocos votos en las PASO, son significativos porque representan identidades diversas de la cultura política liberal progresista, la tercera en discordia. Se trata de Margarita Stolbizer, de Progresistas, que cosechó el 3,51%, lo que significa un retroceso de diez puntos porcentuales con relación a lo que Hermes Binner obtuviera en las PASO del 2011, y Nicolás del Caño, del Frente de Izquierda y los Trabajadores (100FIT), que reunió el 3,31%, ratificando el caudal electoral de la izquierda liberal con relación a 2011.

El dato adicional para tener en cuenta en la elección de octubre es la crisis de identidad casi terminal por la que atraviesa el radicalismo como partido. Es la primera vez en la historia que esta identidad política –que fue el núcleo articulador de la cultura política nacional y popular hasta el surgimiento del peronismo y continuaba expresándose hasta hace muy poco tiempo como la segunda subcultura política de esta corriente política nacional– no tendrá un candidato propio en la elección presidencial. Esto quiere decir que los votantes históricos del radicalismo se dispersaron en las PASO, optaron por ofertas electorales no radicales que les simpatizaron, porque fueron percibidas por ellos como afines a alguna de las subculturas políticas que históricamente conformaron la diversa identidad del radicalismo: la liberal simbolizada por Fernando de la Rúa, la nacional por Ricardo Balbín y la progresista por Raúl Alfonsín. 

Para identificar los valores distintivos de las tres culturas políticas argentinas, en lo que sigue realizaremos una reconstrucción del largo proceso histórico que llevó a su respectiva conformación para, hacia el final, volver a la actualidad para advertir la supervivencia de estas tres culturas en el panorama electoral.

 

El proceso histórico de construcción de nuestras culturas políticas

Las tres culturas mencionadas surgen de un tronco histórico común, porque son la resultante ideológica diversa que se generará como consecuencia del choque entre la cultura política hispanoamericana que se había construido en el virreinato del Río de la Plata a lo largo de varios siglos de colonización española; primero, con las ideas liberales y capitalistas que llegaron a comienzos del siglo XIX a las colonias españolas, como un inevitable eco de las revoluciones republicanas y democráticas norteamericana de 1776 y francesa de 1789, y de la Revolución Industrial inglesa que se desarrollaba también por entonces, y, después, con las ideas socialistas y comunistas que aparecerán en Europa como reacción precisamente a la consolidación de la industria capitalista y de la consecuente explotación de los asalariados bajo ese nuevo sistema económico. 

Las ideas liberales y capitalistas ya habían ejercido su influencia en la elite española y criolla de ambas orillas del Río de la Plata cuando Napoleón, emperador de Francia, ocupó España y destituyó al rey Fernando VII en 1808, para coronar a un familiar, hecho que desencadenará la rebelión del pueblo español liderada por un sector de la nobleza. Será esa resistencia en la metrópoli española, organizada a través de Juntas de Gobierno regionales coordinadas por la Junta Central en Sevilla, la que abrirá a su vez, a partir de 1809, la posibilidad de que se creasen Juntas de Gobierno en las colonias del Imperio español al efecto de enviar representantes a la Junta Central, algo que ocurrirá ese mismo año en varias ciudades. 

En este contexto de revolución liberal y popular en la metrópoli que se expandirá a las colonias tendrán lugar los acontecimientos que llevarán a convocar en Buenos Aires a un cabildo abierto el 22 de mayo de 1810, que contará con la participación de la elite española y criolla en el Salón Capitular y de las clases populares en la Plaza Mayor. La deliberación culminará con el desplazamiento del virrey español el 25 de mayo de 1810 y su reemplazo por la Junta de Gobierno presidida por un criollo, pero integrada por criollos y españoles. 

Pero para comprender acabadamente la naturaleza de la Revolución de Mayo hay que tener presente que, con anterioridad al proceso revolucionario metropolitano, en ambas orillas del Río de la Plata la elite y las clases populares ya se encontraban en estado de deliberación y de movilización política y militar. 

En 1806, ante la primera invasión inglesa a Buenos Aires y la huida del virrey, un grupo de la elite española y criolla se autoconvocará para resistir y para ello organizará a las clases populares como milicia para lograr la reconquista de la ciudad primero y para sostener la defensa después frente la segunda invasión que ocurrirá el año siguiente. 

Como resultado del proceso político que se desarrollará entre la Revolución de Mayo y el fin de la guerra continental por la independencia de España en 1825, tomarán forma definida dos pensamientos en la elite de ambas orillas del Plata: el liberal elitista europeizante y el liberal popular americanista. Ambos y los respectivos dirigentes que los encarnarán serán los que competirán duramente y sin cuartel durante ese período por la conducción del destino del territorio y de los pueblos del ex virreinato del Río de la Plata.

El pensamiento liberal elitista europeizante dará vida al partido unitario,  y hará pie en los intereses comerciales de la ciudad de Buenos Aires y su puerto. Con esta base social y territorial urbana, ese grupo de la elite criolla construirá como política ser un enclave comercial portuario subordinado a Inglaterra, la nueva potencia económica y militar dominante tras la derrota de Napoleón, al tiempo que irá dando contenido y forma a una identidad cultural cosmopolita que, paradójicamente, se ira afrancesando cada vez más a medida que se vayan cortando los lazos con España.

Consecuente con este objetivo, la elite liberal europeizante saboteará la guerra de liberación continental contra España que desde la banda occidental del Río de la Plata pondrá en marcha Mariano Moreno y llevará adelante Manuel Belgrano, hasta que José de San Martín tome el liderazgo y la lleve a la victoria en Chile en 1817 y en Perú en 1822. Desde la Banda Oriental José Gervasio de Artigas será quien lidere ese proceso, hasta su derrota en 1820 por el Imperio de Brasil cuando, al mismo tiempo, fue abandonado por sus lugartenientes de la Mesopotamia y el Litoral. Éstos, después de vencer ese mismo año en la batalla de Cepeda al ejército de la elite porteña liberal europeizante, pactarán con ella recluirse en sus provincias y desentenderse del destino de la Banda Oriental. 

Para esta acción de sabotaje de la guerra de liberación continental, la elite de Buenos Aires contará con la alianza de la elite española y criolla de Montevideo, que también se pensará y se construirá como enclave urbano comercial portuario subordinado a Inglaterra. Ambas operarán en favor de la fractura geopolítica del virreinato del Río de la Plata, logrando finalmente que se divida en un conjunto de Estados nacionales independientes enfrentados entre sí, pero asociados cada uno con Inglaterra, a la que le venderán materias primas y le comprarán bienes industriales. Como vimos, el tercer jugador fundamental de esta alianza será el Imperio del Brasil, también aliado de Inglaterra, apoyado por Londres en su política de expansión hacia el Río de la Plata.

Las figuras paradigmáticas de este pensamiento y de esta política en este período histórico serán Bernardino Rivadavia, Manuel García y Carlos María de Alvear, entre otros. Este pensamiento de base social esencialmente urbana dará vida después al partido unitario liderado sucesivamente por Juan Lavalle, José María Paz, Domingo Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre, entre otros. 

Por su lado, el pensamiento liberal popular americanista dará vida al partido federal y se hará fuerte en ambas orillas del Río de la Plata, en los dirigentes capaces de liderar al campo con sus gauchos e indios, y a los pobres y a los esclavos negros de la periferia de las ciudades. Apoyado en esta base social popular, ese grupo criollo propiciará la independencia y organizará los ejércitos con los que se librará la guerra continental contra España, al tiempo que resistirá la invasión de la Banda Oriental por parte del Imperio del Brasil, como ya vimos, promovida desde Londres. 

El objetivo frustrado de este grupo será mantener la unidad geopolítica del virreinato del Río de la Plata tras el proceso de la independencia y, desde esa posición, establecer una relación de negociación con Inglaterra, no de subordinación, sino procurando así proteger y fomentar la industrialización de las producciones locales de las provincias desarrolladas durante la etapa colonial. 

Las figuras paradigmáticas de este pensamiento y de esta política en este período histórico serán Moreno, Belgrano, San Martín, Bernardo Monteagudo y Martín Miguel de Güemes en el territorio de las Provincias Unidas del Sud conformado por Buenos Aires, Córdoba, Cuyo, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy y el Alto Perú; y Artigas en el territorio de la Liga de los Pueblos Libres que nucleaba a la Banda Oriental, la Mesopotamia y el Litoral. 

Sobre este pensamiento popular americanista de base social esencialmente rural se organizará después el partido federal liderado por Francisco “Pancho” Ramírez, Estanislao López, Facundo Quiroga, Juan Bautista Bustos, Manuel Dorrego, Juan Manuel de Rosas, Justo José de Urquiza, “Chacho” Peñaloza y Felipe Varela, entre otros.

 

Partido unitario versus partido federal, o la “civilización europea” contra la “barbarie americana”

Para la década de 1840, los unitarios ya habían consolidado el paradigma central de su pensamiento: el poder nacional lo pensamos y organizamos desde afuera hacia adentro según lo que disponga y nos permita hacer el Imperio británico y su socio menor, Francia. Van a asumirse como la elite que expresará a esa civilización europea anglo-francesa a la que admiran y desean reproducir en territorio americano a cualquier costo, procurando organizarla como un Estado centralizado desde la ciudad de Buenos Aires.

Los federales, para entonces, también habían consolidado un paradigma inverso: el poder nacional lo pensamos y organizamos desde adentro hacia afuera según lo que nos convenga, sin importar lo que opinan y desean los imperios europeos. Representarán la expresión de una nación americana organizada como una confederación federal de provincias gobernadas por líderes populares.

Pero los unitarios tendrán un problema: su base social es minoritaria. La constituye sólo la elite de las ciudades, y la única importante y portuaria es Buenos Aires; en cambio, la base social de los federales es mayoritaria en su expresión rural y en la periferia de las ciudades. 

Por ello los unitarios decretarán que los federales son la “barbarie americana” a la que habrá que suprimir para que ellos puedan gobernar e implantar la “civilización europea” anglo-francesa, a través de los inmigrantes de ese origen que se propondrán traer. 

La tarea ideológica de satanizar al gaucho –el resultante social mayoritario del mundo rural surgido de tres siglos de choque y mestizaje de razas en el virreinato del Río de la Plata– y de caracterizar a la construcción social, política y cultural hispanoamericana como “bárbara” correrá por cuenta de un grupo de jóvenes intelectuales porteños, que pasarán a la historia como la generación del 37. El líder será Esteban Echeverría quien, después de pasar varios años en la Francia de la restauración monárquica tras la derrota de Napoleón, volverá a Buenos Aires deslumbrado por la “civilización” parisina y avergonzado del país “bárbaro” en que había nacido y se había formado. A través de sus textos El matadero y La cautiva comenzará a construir, en el ámbito de la elite porteña, el abismo social y cultural entre la vida urbana y la rural, que no existía en la cultura política hispanoamericana preexistente a la Revolución de Mayo en la que se habían formado todos, sin excepción. Lo hará introduciendo en los salones literarios y políticos de Buenos Aires el desprecio y el temor hacia el gaucho y hacia todo lo hispanoamericano, condimento emocional que será imprescindible para generar en la elite porteña el consenso social y cultural que dará soporte a la decisión política unitaria de ejercer la violencia supresora sobre los federales. Abonará a lo mismo José Mármol con su novela Amalia; pero quien encarnará finalmente en forma integral la tarea, es decir en el plano literario y en el plano político militante, será Domingo F. Sarmiento con su ensayo sociológico publicado en 1845 en Chile Vida de Juan Facundo Quiroga: civilización y barbarie, lo que le permitirá, sin cargos de conciencia, al tiempo que promueve la alfabetización estatal gratuita, proclamar que “no se debe ahorrar sangre de gauchos” cuando apoye a las huestes militares que ejercerán la bárbara tarea de suprimir federales, a los que ha satanizado y odia. 

Esa guerra de supresión que los unitarios desatarán contra los federales, con el respaldo externo de Inglaterra y Francia y también de Brasil, comenzará en 1828 con la arbitraria ejecución sumaria de Manuel Dorrego por parte de Juan Lavalle y terminará en 1862, después de que Justo José de Urquiza entregue el triunfo a Bartolomé Mitre a pesar de haberlo vencido en la batalla de Pavón y, como corolario de ello, quede éste con las manos libres para derrotar militarmente y asesinar a Peñaloza, a Varela y al resto de los jefes provinciales federales, salvo a Urquiza. 

Tras la supresión de los federales, entre 1862 y 1890 se instalará, en la que a partir de ese momento comenzará a llamarse República Argentina, el monopolio político de la minoría educada en el paradigma liberal elitista europeizante. 

Mitre será su primer jefe como expresión del liberalismo porteño y Julio Argentino Roca el que lo sucederá, como encarnadura del autonomismo nacional que reunirá a las elites liberales de las provincias, incluida la de Buenos Aires.

Conformarán en ese período la generación del 80, que llevará adelante la llamada Organización Nacional, que será una república con una Constitución, pero no una democracia, porque en ella no se practica un sistema de selección de gobernantes por elecciones que garanticen una competencia limpia, ni siquiera dentro de la misma elite que monopoliza el poder. Será la época del denominado Unicato. 

Esa república oligárquica, que se construirá al calor de las inversiones inglesas en puertos y ferrocarriles y de la llegada de la inmigración, comenzará a contraer una cuantiosa deuda con la banca londinense, para poder sostener los crecientes gastos que comenzará a efectuar el Estado Nacional para su organización; esto será así porque la elite gobernante, que concentrará en pocas familias la propiedad de la tierra y los beneficios de las exportaciones ganaderas, pagará mínimos impuestos, es decir, construirá un país sin conciencia fiscal.

Los gastos del Estado Nacional se concentrarán, fundamentalmente, en la guerra antiamericana contra Paraguay, la guerra de la triple alianza que llevará adelante Mitre junto al Imperio del Brasil y Uruguay a partir de 1865; en la guerra contra el indio, la llamada “conquista del desierto” que llevará adelante Roca, a partir de 1878, y en las grandes obras públicas que realizarán para jerarquizar y embellecer la ciudad de Buenos Aires, después de que en 1880 fuera declarada Capital Federal.

El saldo sangriento en vidas humanas que producirá la guerra contra Paraguay contribuirá a eliminar población gaucha y negra que había sido reclutada a la fuerza para el llamado Ejército Nacional. En forma paralela, comenzará a llegar la población inmigrante destinada a suplantarla. Pero con relación a este fenómeno se registrará una doble paradoja. Por un lado, la población sustituta que vendrá no será ni inglesa ni francesa, como soñara la elite europeizante, sino mayoritariamente española, italiana, árabe y judía. Y, por el otro, cuando la inmigración procure afincarse en el campo para desplegar los saberes agrícolas que trae consigo, descubrirá que la tierra ya tiene dueño: la elite que la había convocado. Por esta razón, a lo único a que podrán aspirar los inmigrantes será a tratar de arrendarla, pero a un alto costo, lo que los convertirá en pobres rurales, o, de lo contrario, deberán resignarse a ser pobres urbanos en la periferia de las ciudades, fundamentalmente Buenos Aires, que por esta razón incrementará su población en forma acelerada, dando nacimiento a los conventillos.

 

La Revolución del Parque de 1890 pone fin al monopolio político de la elite 

Esa república elitista estallará el 26 de julio de 1890 cuando se produzca la Revolución del Parque en la ciudad de Buenos Aires, un evento insurreccional que expresará la reaparición del sujeto popular a través de la Unión Cívica de la Juventud, fenómeno político nuevo que tanto Mitre como Roca tratarán de manipular entre bambalinas para intentar renovar y preservar el poder de la elite gobernante, pero sin lograr su cometido. 

Porque ese movimiento político, que vuelve a poner en primer plano a los pobres –ya no a los gauchos, sino a los criollos e inmigrantes que se amontonan en los conventillos de la periferia de la urbe porteña–, se manifestará a través de un nuevo líder, Leandro N. Alem, que se autodenominará radical e intransigente frente al poder elitista, al que caracterizará como un régimen al que hay que destruir, porque su movimiento reclamará construir la democracia que falta en la república. Tendrá como bandera que el pueblo que los ciudadanos sin riqueza y sin tierras, puedan votar y elegir libremente a los candidatos que representen a sus intereses. 

Entre 1890 y 1916 se construirá entonces, como continuidad superadora de la Unión Cívica de la Juventud, la Unión Cívica Radical. Será liderada primero por Alem, hijo de un federal colgado por mazorquero tras la batalla de Caseros que puso fin al gobierno de Rosas, y después por su sobrino Hipólito Yrigoyen. Durante más de una década el radicalismo dará batalla al régimen liberal conservador desde la causa nacional y popular, convocando alternativamente a la abstención electoral o a la insurrección política para tratar de obtener la democracia reclamada. Lo conseguirá finalmente con la sanción de la ley de voto secreto y obligatorio en 1912, la llamada Ley Sáenz Peña, que permitirá que Yrigoyen asuma cuatro años después la presidencia, representando ampliamente a los sectores populares. 

 

Las ideas anticapitalistas internacionalistas 

Pero así como las ideas liberales y capitalistas habían llegado al Río de la Plata al comienzo del siglo XIX, a mediados de ese mismo siglo comenzarán a arribar de Europa las ideas anticapitalistas internacionalistas que promoverán la emancipación de la clase obrera explotada por la burguesía industrial, como un eco del Manifiesto comunista publicado en 1848 por Karl Marx y Friedrich Engels. 

A partir de allí, las ideas anarquistas, socialistas y comunistas tomarán cada vez más fuerza en Europa y desembarcarán en la Argentina elitista gobernada por el régimen liberal conservador, que resiste por entonces el acoso de la causa nacional y popular que reclama democracia. 

Las vías de acceso de las ideas internacionalistas serán dos: la vanguardia intelectual criolla, un grupo pequeño de la elite del régimen que se identificará con ellas y tomará en sus manos difundirlas y promover la organización de los partidos y sindicatos que representen a la clase obrera; y los inmigrantes, artesanos, obreros y campesinos que llegarán portándolas en su conciencia. Estos últimos se encontrarán con que la tierra de promisión que esperaban habitar para progresar y salir de la miseria de la que huían era en realidad otra tierra de explotación donde dominaba otra minoría concentradora del poder económico y político, que no era la clase burguesa industrial como en Europa sino una oligarquía terrateniente.

La figura intelectual más paradigmática de este proceso de instalación de las ideas clasistas e internacionalistas es Juan B. Justo, quien fundará el Partido Socialista Argentino en 1896 y comenzará a modelar una construcción que, conciliando con el liberalismo político, acompañará las luchas sindicales por el mejoramiento de las condiciones laborales con la demanda de democracia y elecciones libres, que lidera el radicalismo desde una perspectiva nacional y popular. 

En 1918, como un eco de la Revolución Rusa de 1917 y como ruptura del Partido Socialista, se creará el Partido Comunista Argentino, que seguirá también vinculado a la idea internacionalista, pero con centro político en Moscú.

 

Del radicalismo al peronismo: la cultura política nacional y popular cambia de núcleo articulador

Al comienzo hicimos referencia a las subculturas políticas que expresan la diversidad de las tres grandes culturas. Es muy importante hacer referencia a este fenómeno para comprender en profundidad la naturaleza del peronismo, que irrumpirá como un movimiento nuevo bajo el liderazgo de Juan Domingo Perón entre 1943 y 1946, quien lo posicionará como el nuevo núcleo articulador de la cultura política nacional y popular y, al mismo tiempo, resignificará a esta última mediante la incorporación de nuevos sectores sociales que antes habían formado parte tanto de la cultura política liberal progresista como de la liberal conservadora. Al mismo tiempo, la dotará de un pensamiento nuevo, el justicialista, al que definirá como “una nueva filosofía de la vida, simple, práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humanista”. 

Eso tendrá lugar en un momento muy particular de la historia argentina, cuando el radicalismo, el movimiento que había sido el primer núcleo articulador de la cultura política nacional y popular, había dejado de expresarla. Esto fue consecuencia, por un lado, del fallecimiento en 1933 de Yrigoyen, el dirigente popular que ejercía el liderazgo totalizador sobre lo nacional y popular, y, por el otro, de que el jefe de la subcultura liberal del radicalismo, Marcelo T. de Alvear –quien había impulsado en 1930 el golpe de Estado contra Yrigoyen– sellara en esa circunstancia una alianza con el conservadorismo, la expresión política del régimen oligárquico al que el radicalismo había combatido. Creará así la Concordancia para cogobernar durante la llamada Década Infame, interrumpida el 4 de junio de 1943 por el golpe de Estado que permitirá a Perón irrumpir en la vida política argentina mediante su gestión a favor de los derechos de los trabajadores desde la Secretaría de Trabajo y Previsión. 

En efecto, Perón creará un nuevo movimiento político situándolo como el nuevo núcleo articulador de la cultura nacional y popular, logrando convocar electoralmente primero y después organizando, en torno al pensamiento justicialista, a una diversidad de dirigentes y ciudadanos que con anterioridad se habían identificado con etiquetas políticas que abarcaban todo el espectro ideológico, desde la izquierda a la derecha, y que convergerán atraídos por su novedoso liderazgo. Cada una de las identidades de las que provenían constituía una subcultura de alguna de las tres grandes culturas políticas: la liberal progresista, la nacional y popular y la liberal conservadora. Cabe señalar que atraerá también a muchos jóvenes sin identidad política previa, sobre todo del sector social de los trabajadores.

En síntesis, desde el momento de su creación, el peronismo puso en evidencia su capacidad para afrontar sus crisis, resignificarse y atraer a nuevas generaciones. Esta característica continuará presente también cuando llegue la derrota, mostrando también capacidad para adaptarse a nuevos escenarios políticos para continuar como un protagonista al que no pudiera soslayarse. 

En efecto, desde el golpe de Estado de 1955 hasta el presente el peronismo ha mantenido, en vida de su líder y después de él, la capacidad de atraer a su seno, según las circunstancias históricas que se vivieran, a dirigentes y ciudadanos, sobre todo jóvenes, provenientes incluso de subculturas políticas de perfil antiperonista. Así pasará en la inmediata resistencia posterior a 1955, en el retorno en los 70, en el comienzo de la democracia en 1983, en la renovación a mediados de los 80, en el menemismo en los 90, en el duhaldismo a la salida de la crisis institucional de 2001 y, a partir de 2003, en el kirchnerismo. 

 

Valores y paradigmas que definen a la cultura política liberal conservadora

El paradigma central de este pensamiento se puede formular en la actualidad de la siguiente manera: el poder nacional lo pensamos y organizamos desde afuera hacia adentro según lo que disponga y nos permita hacer el poder mundial hegemónico de turno. El Imperio británico y su socio menor Francia en el pasado; después Estados Unidos, y ahora la globalización unipolar, homogénea y hegemónica que se sustenta en el capital financiero especulativo global, los paraísos fiscales, las empresas transnacionales, el poder militar de Estados Unidos y la inteligencia política global que Inglaterra ejerce entre bambalinas.

Esta minoría social que en el presente detenta el poder económico y mediático concentrado nacional, en alianza con el poder económico y mediático internacional, se expresa en realidad como una plutocracia, el gobierno del dinero, de carácter local, asociada a la plutocracia global. Por ello acepta de mala gana a la democracia, siempre que sea meramente política y representativa, o sea, que los ciudadanos voten periódicamente pero no participen ni se organicen; porque ella sabe que la organización es poder, como enseñó Perón al pueblo argentino. En esta democracia restringida que apenas tolera, el Estado debe promover el predominio de los derechos individuales sobre los sociales y del capital sobre el trabajo; un modelo neoliberal de subdesarrollo de perfil exportador primario, no industrial y especulativo, ajustado a las decisiones de la economía mundial mediante acuerdos de libre comercio con las potencias industriales, y una sociedad inevitablemente desintegrada, por efecto del desempleo, la desfinanciación de la educación pública gratuita –tanto primaria como secundaria– el arancelamiento de la universitaria y los privilegios otorgados a la educación paga en todos sus niveles.

Para garantizar la gobernabilidad de este modelo, necesariamente dependiente, desigual y excluyente, la minoría liberal conservadora está dispuesta a aplicar una batería de acciones al efecto de construir su hegemonía política electoral: corromper gobiernos y dirigentes políticos y sociales; hacer la guerra psicológica mediante los medios de comunicación, apuntando a crear y difundir una cultura cosmopolita que descrea del valor de lo nacional y de la justicia social; manipular los procesos electorales mediante la combinación del marketing político, el engaño a los votantes sobre las verdaderas intenciones de sus candidatos, el clientelismo electoral, la beneficencia y la represión si es necesario.

En tanto expresión de una minoría que concentra el poder económico y mediático pero con limitada capacidad para convocar a los sectores populares al efecto de construir una mayoría electoral, a la cultura política liberal conservadora no le ha interesado, históricamente, sostener a la democracia, a menos que lograse que los que gobiernen constitucionalmente lo hagan representando sus intereses, aunque sea bajo la máscara de otra cultura política. Pero hay que tener muy en cuenta que, en cuanto esto no sucede porque se consolida en el horizonte y en el tiempo la posibilidad de una gobernabilidad prolongada de la cultura política nacional y popular, reaparece en superficie su histórica vocación dictatorial de suprimir al otro mediante la violencia: al partido federal en el pasado, al radicalismo yrigoyenista después y, por último, al peronismo, en la medida en que éste se mantenga fiel a su identidad nacional y popular. Esto es fatalmente así porque en la cultura política liberal conservadora nativa anida un pensamiento criminal aplicado a la acción política, pero éste no es una creación propia, sino que está emparentado con el mismo pensamiento criminal que ha sacado a relucir siempre la elite anglo-norteamericana en los momentos de crisis en las que su poder ha sido cuestionado. Por ello Perón advirtió en los años 70 que, cuando llegara el tiempo de la integración total de la civilización sobre la Tierra –que es ahora, en el siglo XXI–, el mundo se enfrentaría a una disyuntiva de hierro: o logra una universalización capaz de organizar un sistema de producción y distribución de la riqueza que beneficie a todos los pueblos de todos los continentes, o marcha necesariamente a la hecatombe, definida por Perón como la guerra de supresión biológica, de la mano de las elites mundiales que no quieren modificar un sistema de producción y distribución de riqueza basado en el predominio, sin frenos, del capital sobre el trabajo y en la depredación del medio ambiente.

 

Valores y paradigmas que definen a la cultura política nacional y popular

El paradigma central de la cultura política nacional y popular en la actualidad podríamos definirlo de la siguiente manera: el poder nacional lo pensamos y organizamos desde adentro hacia afuera según lo que nos convenga, sin importar lo que opina y desea el poder mundial hegemónico de turno.

La cultura política nacional y popular trabaja por la felicidad del pueblo construyendo la grandeza de la Nación. Por ello propicia una democracia social donde los ciudadanos, además de votar periódicamente, participan y se organizan libremente para defender sus intereses en forma cotidiana; por eso aspira a gobernar una república a la vez representativa y participativa, que asuma la forma de una comunidad organizada que construye, como resultado final de la distribución de la riqueza, el predominio de una amplia clase media.

Para esta cultura política, el gobierno debe organizar al Estado para articular los derechos individuales con los sociales, las necesidades materiales con las espirituales, el capital con el trabajo, y promover la organización libre del pueblo, con una fuerte voluntad política de no permitir chantajes corporativos de ningún tipo que lo condicionen. Su modelo de desarrollo apunta a construir una economía social en la cual el capital está puesto al servicio de la economía productiva y ésta al servicio del bienestar social. Para ello trata de construir una matriz industrial diversificada, apoyada en el mercado interno y la exportación con valor agregado, para generar pleno empleo e integración social mediante la educación pública gratuita en todos los niveles y la vigencia real de la justicia social, con el complemento de la ayuda social directa para garantizar que no existan excluidos; con una fuerte voluntad de autonomía en la economía mundial mediante el trabajo en el actual marco integrativo del Mercado Común del Sur (100Mercosur), de la Unión de Naciones Suramericanas (100Unasur) y de la Confederación de Estados Latinoamericanos y Caribeños (100Celac) para, desde esa plataforma, ser un actor central en la construcción de una universalización heterogénea, multipolar y multicultural que construya un sistema económico-social que beneficie por igual a las naciones y a los pueblos de todos los continentes; alternativa a la globalización unipolar, uniforme y hegemónica que lleva adelante con éxito, hasta ahora, la alianza anglo-norteamericana, que sólo beneficia a las elites que concentran el poder económico y mediático en cada una de las naciones de todos los continentes. 

 

Valores y paradigmas que definen a la cultura política liberal progresista 

Antes de caracterizar esta cultura en la actualidad, es preciso retomar algunos elementos históricos que apenas esbozamos anteriormente. La cultura política liberal progresista se construyó históricamente en el ámbito del ex virreinato del Río de la Plata como asimilación de las ideas socialistas tempranas que aparecieron en Europa después de la Revolución Francesa, como reacción a la consolidación de la industria capitalista y a la explotación de los asalariados bajo ese nuevo sistema económico. 

Será la generación del 37 con Esteban Echeverría y su libro Dogma socialista de la Asociación de Mayo quienes primero las expresarán y le darán el perfil cultural que la caracterizará: admiración de lo europeo anglo-francés y desprecio de la fusión hispana americana; matriz liberal elitista europeizante que la cultura política progresista compartirá con la cultura política conservadora de allí en más. Es decir que la matriz cultural sobre la que se construirá será la dicotomía sarmientina civilización o barbarie, la misma de la cultura liberal conservadora, lo que implica un puente estructural entre ambas.

En efecto, esta matriz cultural eurocéntrica no cambiará cuando Justo funde el Partido Socialista Argentino, siguiendo la ideología internacionalista proletaria predicada por Marx; una filosofía colectivista que ante la lucha de clases de facto impuesta por el capital responderá con la lucha de clases organizada por parte del trabajo, propiciando el uso del Estado para expropiar a los capitalistas. Tampoco cambiará la matriz cultural eurocéntrica cuando posteriormente se funde el Partido Comunista Argentino.

Con la evolución histórica posterior, siguiendo el modelo de la socialdemocracia europea, esta filosofía de lucha de clases mutará progresivamente hacia posiciones contemporáneas menos internacionalistas, más cercanas a la construcción de una revolución nacional y a la idea de la integración de clases y de equilibrio entre el capital y el trabajo; algo similar a lo que propuso desde el inicio, la cultura política nacional y popular.

Tras la disolución de la Unión Soviética y el fin de su modelo comunista, y el giro hacia la economía de mercado de China, la cultura política liberal progresista se anclará en los valores de la democracia social, donde el Estado se plantea articular los derechos individuales con los sociales y al capital con el trabajo, con mecanismos de participación de la llamada sociedad civil en el desarrollo de una sociedad integrada, con educación pública gratuita en todos los niveles y con programas sociales universales destinados a incluir a los excluidos. Un esquema parecido al de la cultura política nacional y popular, como ya vimos.

Pero la experiencia histórica argentina demostrará que la cultura política liberal progresista –que hasta ahora ha sido siempre una minoría electoral– ha exhibido siempre una limitada voluntad política de enfrentar a las corporaciones y a los intereses económicos y mediáticos concentrados nacionales e internacionales. 

En ese sentido se puede decir que no ha acompañado en esa lucha a la cultura política nacional y popular, cuando ésta lo ha hecho en cada etapa histórica. Porque la tentación política histórica de la cultura política liberal progresista ha sido sabotear la construcción de la cultura política nacional y popular, para que ésta no se consolide y, así, pretende heredarla en el poder. Pero lo que siempre ha ocurrido, lamentablemente, es que tras el fracaso de la cultura política nacional y popular, al que contribuirá como oposición, no ha sido la cultura política liberal progresista la que accedió al gobierno; sino que el poder del Estado ha ido a parar a manos de la cultura liberal conservadora por medio de una dictadura.

Debe señalarse que la cultura política liberal progresista plantea en la actualidad una matriz industrial que no aspira a ser tan diversificada como la que está impulsando la nacional y popular, ya que se apoya básicamente en el desarrollo sólo del complejo agroindustrial exportador, al que teme enfrentar en sus intereses concentrados. Esto se compadece con la más limitada voluntad de autonomía en la política exterior respecto del poder mundial hegemónico que esta cultura política exhibe.

 

Subculturas políticas de la cultura política liberal conservadora

La cultura política liberal conservadora está conformada por dos subculturas principales: la liberal y la conservadora. La primera es hija del mitrismo y la segunda, del roquismo. Las dos tienen una misma visión de la economía: la matriz de un país exportador primario vinculado a la especulación financiera; una misma visión de lo social: la desigualdad es inevitable, siempre van a existir ricos y pobres, porque el capitalismo se construye y se desarrolla necesariamente sobre la desigualdad; y una misma visión del rol del Estado: no debe cobrar muchos impuestos a los ricos y debe garantizar siempre sus intereses, en democracia si es posible, o en dictadura si es necesario. 

¿En que difieren un liberal y un conservador? En la manera de construir el poder político en democracia. Los liberales no creen en las mediaciones políticas destinadas a contener y manipular a los sectores populares para que los voten; los conservadores, sí. Los primeros son sinceros, dicen lo que piensan, no ocultan su pensamiento y rechazan el clientelismo político para obtener votos. Los segundos mienten en su discurso, ocultan su verdadero pensamiento tras estrategias de marketing y hacen clientelismo político para conseguir votos. Liberales electorales fueron Pedro Eugenio Aramburu en 1963, José Chamizo en 1973, Álvaro Alsogaray en 1983 y 1989 y Ricardo López Murphy en 2003. Conservadores electorales fueron Francisco Manrique en 1973 y lo es Mauricio Macri en la actualidad. 

 

Conservadorismo popular: subcultura fronteriza entre el liberalismo conservador y el nacionalismo popular

¿Quién es más peligroso en una contienda electoral para la cultura política nacional y popular: el liberal o el conservador? Sin duda este último, porque es un liberal en lo económico que está dispuesto a mentir en lo político y hacer populismo para poder enmascarar sus verdaderas intenciones, como hacen Macri y Massa hoy. 

Conservadores populares son en realidad las personas, los dirigentes o los votantes que se sienten cercanos a lo nacional y a lo popular porque están a favor de una mayor autonomía nacional y de una mejor distribución de la riqueza, pero siempre que el avance en ese rumbo se haga en forma evolutiva, en orden, sin generar demasiadas tensiones políticas con el poder económico y mediático concentrado nacional e internacional, es decir, en forma conservadora. Por lo general, estas personas están posicionadas como emprendedores económicos, pertenecen a la clase media alta profesional o son asalariados que han empezado a ganar bien, incorporándose a la clase media; o pobres que han salido de la marginalidad y les perturba convivir con los bolsones de exclusión que aún forman parte de la trama urbana y dan soporte a la violencia delictiva, que les hace ver con simpatía las propuestas de mano dura y hasta la justicia por mano propia auspiciadas desde Cambiemos y el Frente Renovador. Porque, como decía Perón, los conservadores populares son personas que están más cerca de ser retardatarios del cambio, que apresurados para lograrlo. 

Por ello, siguiendo la estrategia de disfrazarse de conservadores populares que les dictan sus asesores, Macri y Massa, desde una identidad profunda que es conservadora liberal, procuran convocar votos potencialmente nacionales y populares de la tradición peronista, radical, desarrollista, socialcristiana, etc.; así como votos potencialmente liberales progresistas de la tradición radical y socialista, para construir su hegemonía electoral, cuestión en la que han tenido bastante éxito hasta ahora, si se observa hacia cuáles frentes se canalizó mayoritariamente la dispersión radical y progresista que, como vimos, se verificó en las PASO.

 

Subculturas políticas de la cultura política liberal progresista

Por último, hay que analizar el rol de las subculturas políticas del liberalismo progresista, que se encuentra tensionada en la actualidad por dos subculturas políticas: el progresismo liberal y el nacional. Ambas provienen de un tronco histórico cultural común: la dicotomía sarmientina de civilización y barbarie, y comparten en la actualidad una matriz política, económica y social que tiene cierta similitud con la que propone la cultura política nacional y popular. ¿En que difieren? En la forma en que se proponen construir el poder político. 

El progresismo liberal sigue convencido de que su acumulación de poder electoral debe realizarse confrontando abiertamente con la cultura política nacional y popular cuando ésta gobierna, para hacerla fracasar y así polarizar después contra la cultura liberal conservadora, a la que supuestamente podría vencer canalizando los votos nacionales y populares dispersos, supuesto que nunca ha sido confirmado por la realidad. 

El Partido Socialista liderado por Hermes Binner es el que encarna esta propuesta, que cuenta con el acompañamiento de un sector del radicalismo que ha desdibujado completamente su identidad histórica. Lo que está en el sustrato profundo de esta construcción política es que son más liberales y antiperonistas que progresistas.

En cambio, el progresismo nacional ha comprendido que la cultura política progresista sólo podrá crecer electoralmente si abandona su perfil liberal histórico, asume uno nacional y se alía a la cultura gobernante, para confrontar con el poder económico y mediático concentrado nacional e internacional y, así, contribuir a encuadrarlo en un modelo nacional y popular de desarrollo. 

Han encarnado esta posición todas las vertientes partidarias y movimientos sociales que, provenientes del socialismo, del comunismo, del trotskismo y otras expresiones de la izquierda, se han aliado, desde su propia identidad, con el peronismo gobernante en el Frente para la Victoria. Lo que ha hecho posible esta alianza es que estas expresiones del progresismo han dejado de ser liberales y antiperonistas. 

Para finalizar, es preciso resaltar que la cultura política nacional y popular en su frente electoral más amplio, expresado por el Frente para la Victoria, contiene una diversidad de subculturas políticas que la transitan. La principal es la peronista que con, su propia diversidad social, territorial y generacional, constituye su núcleo articulador, el que está acompañado y complementado a su vez por las diversidades: radical, desarrollista, católica nacionalista, demócrata cristiana, de izquierda nacional, conservadora popular y progresista nacional, entre otras. Sobre esta diversidad amplia se asienta la posibilidad de que Daniel Scioli construya su hegemonía electoral de cara a la elección de octubre.

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