9 de mayo de 2016
Instituto Gestar

LA FÁBRICA DE SÍMBOLOS

por Natalia Calcagno* y Julio Villarino**

 

Durante los años 90 dos nociones sobre la cultura prevalecieron y convivieron en forma armoniosa en la esfera de las políticas públicas o, al menos, en la mirada que se tuvo sobre la cultura desde el Estado. Por un lado, la que la circunscribía a las “bellas artes” o la “alta cultura”, entendida como una cultura de elite o dominante de la cual los sectores populares carecen y, por lo tanto, deben ser educados parar lograr acceder a ella. Por otro lado, la idea de industria del entretenimiento, relegando a la cultura al simple juego de la oferta y la demanda, como si fuera una mercancía más. En esta última acepción, si bien no implicó una acción explícita por parte del Estado, la apertura económica y el desembarco de grandes grupos económicos transnacionales generaron el mismo proceso que en el resto de los sectores económicos de la Argentina: la concentración y transnacionalización de la industria cultural nacional. Ambas acepciones y esferas de acción (100o inacción) estatal podían convivir ya que la cultura circunscripta a las bellas artes sintonizaba con la exclusión o barrera que imponían las leyes del mercado. En cualquiera de las dos visiones, sólo una elite lograba o debía acceder a los bienes culturales más sofisticados. 

 

El estallido de 2001, fruto del fracaso rotundo del modelo económico neoliberal, y la irrupción del kirchnerismo luego marcaron una notable ampliación del campo cultural, lo que significó una redefinición semántica cuyos efectos se reflejaron en el desarrollo de las políticas culturales. 

 

El fracaso del mercado como asignador de recursos no sólo marcó los límites de una política económica perversa, sino que sobre todo marcó el fin de una cosmovisión que limitaba a la Argentina a ser un país periférico y dependiente de las potencias centrales. La imposición de la globalización como proceso ineludible constituyó una idea paralizante. La dominación externa e interna por parte de los países centrales, los organismos multilaterales, las multinacionales y los grupos económicos concentrados locales podía ser disfrazada como resignación a las fuerzas ocultas y poderosas del mercado. La conformación de este bloque de poder y los mecanismos para su supervivencia tuvieron a la cultura como un aliado fundamental. 

 

La apertura indiscriminada de la economía, la desregulación financiera y las privatizaciones, pilares de la supuesta economía de mercado, no pudieron ser realizadas sin un dispositivo cultural lo suficientemente potente que los legitime. La superioridad de los productos extranjeros frente a los nacionales, la supremacía de Estados Unidos como defensor de la civilización occidental y la libertad, la mayor eficiencia de las empresas privadas por sobre las estatales y el predominio de la economía de mercado como forma de organización social fueron ideas que no germinaron por sí solas en la sociedad argentina. El proceso de transnacionalización y concentración de las industrias culturales ocurrido en los años 90 transformó a este sector en una gran fábrica de símbolos, de sentidos, abocado a la destrucción de cualquier atisbo de soberanía, autonomía y autoestima nacional. 

 

No sólo el sector de medios, sino el sector editorial, las cadenas y las distribuidoras cinematográficas y los sellos musicales fueron comprados por grandes holdings transnacionales. Las decisiones editoriales sobre contenidos comenzaron a ser tomados en las sedes corporativas situadas en Europa y Estados Unidos. Y los que permanecieron nacionales, grandes grupos como Clarín, se adecuaron rápidamente a los nuevos tiempos adoptando el formato de la industria del entretenimiento. 

 

El triunfo de la cultura como mercancía significó una profunda derrota cultural que permitió el avance de las políticas neoliberales sobre el Estado y la sociedad. Las políticas culturales se ciñeron a la gestión de los bienes típicamente considerados culturales, como el patrimonio histórico y las artes, pero bajo una visión anodina e irreflexiva sobre la realidad social. Formaban un conjunto de bienes para exclusivo disfrute de las clases dominantes. En ambos casos, la cultura como entretenimiento para las masas supuestamente no instruidas y la “alta cultura” focalizada para la elite encerraban el mismo concepto despolitizado de disfrute, de distracción para el tiempo libre, nunca como forma de cuestionamiento al statu quo. Tan sólo dos hechos del menemismo son dignos de mencionar en el ámbito cultural: por un lado, la creación del Instituto Nacional del Teatro en 1997 y la sanción de la Ley del Cine en 1994. Esta última creó el Fondo de Fomento Cinematográfico y permitió que el Instituto Nacional del Cine y Artes Audiovisuales (100INCAA) recaude sus propios fondos, mecanismo que no se efectivizó bajo la filosofía de recorte del gasto público que llevaba adelante el Ministerio de Economía. Igualmente, si bien representaron avances significativos en el campo cultural, sólo fueron políticas aisladas en el marco de un proceso general de retracción del Estado. 

 

La crisis de 2001 significó mucho más que el estallido de la convertibilidad y el fracaso de un plan económico. El límite que encontraron las políticas económicas neoliberales, más allá del desastre económico y social que generaron, fue la ruptura de un consenso, un discurso hegemónico que sostenía que el mercado todo lo solucionaría y que era más inteligente subordinarse a los poderes económicos mundiales. La recuperación de las banderas históricas del peronismo bajo la conducción de Néstor Kirchner aceleró esa ruptura y posibilitó una salida política de ese atolladero. La recuperación del Estado, las políticas de desendeudamiento y la independencia de los organismos multilaterales de crédito, la batería de políticas públicas para fortalecer el mercado interno y generar inclusión social forman parte de un modelo económico, pero mucho más profundamente de un proyecto de país. Las nociones de soberanía política, independencia económica y justicia social volvieron a cobrar significado. Éste fue el principal triunfo ideológico y cultural del kirchnerismo. 

 

Sin embargo, poderosos enemigos contrarios a los intereses nacionales y populares nos legaron los años 90. El consenso neoliberal se instauró a caballo del proceso de transnacionalización de la industria cultural argentina. La significativa influencia cultural a través del mensaje que transmiten los medios, las películas, las canciones, los libros, la información en general, constituyó un serio obstáculo para la generación del nuevo consenso político y social. 

 

La cuestión trasciende la discusión sobre el rol de los monopolios mediáticos. Éstos son, debido a su instantaneidad y omnipresencia, la punta de lanza de la ofensiva cultural. Para decirlo gráficamente, varias de las tapas del diario Clarín denostando las políticas del gobierno podrían equivaler a un solo gran estreno hollywoodense en el cual los marines liberan a un país del Tercer Mundo dirigido por un tirano populista. Los medios son el último eslabón de una cadena de sentidos profundamente instaurada en algunos sectores de la sociedad. Por ello, la intervención del Estado en el campo cultural en estos años ha sido tan penetrante y, a la vez, tan necesaria. La propia definición y acción del Estado en el ámbito cultural fue redefinida. Si antes primaba una mirada elitista y mercantilista sobre la cultura, el actual proceso político peronista devino una ampliación del campo cultural hacia otras esferas, como la diversidad cultural, la identidad nacional, la construcción de ciudadanía, el desarrollo y la inclusión cultural. 

 

 

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La fábrica de sentidos que constituye la cultura y, más precisamente, la industria cultural sufrieron intervenciones profundas por parte del Estado. El año 2009 constituyó un punto de inflexión a partir de la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. La derrota electoral del peronismo en la provincia de Buenos Aires luego del extenuante “conflicto con el campo” volvió a poner sobre la mesa la discusión entre un modelo industrialista e inclusivo y un modelo agrario y elitista. Emergió nuevamente un debate cultural sepultado por el consenso neoliberal que, tras años de tensiones entre un Estado crecientemente interventor y sectores económicos privilegiados, necesitó de un hecho traumático como el conflicto agrario para reeditarse.

En el mismo año 2009, por efecto de la nueva Ley de Medios se reorganiza el sistema de medios públicos con la creación de la empresa de Radio y Televisión Argentina Sociedad del Estado (100RTA-SE) y se impulsa el programa de Televisión Digital Abierta (100TDA). Este programa instaló hasta el momento 84 antenas que cubren más del 85% de la población del país y entregó más de 1.200.000 equipos receptores terrestres de manera gratuita a hogares vulnerables, establecimientos y organizaciones sociales. Como complemento, también se han instalado más de 5.000 antenas de TV Digital Satelital en parajes rurales y más de 12.000 en escuelas rurales y de frontera, para que todos los argentinos tengan igualdad de oportunidades en el acceso a una televisión de calidad. De la misma manera que, bajo el gobierno de Juan Perón se iniciaron las primeras transmisiones de televisión, en el actual período peronista se impulsó su digitalización, hecho que volvió a colocar al país a la vanguardia del desarrollo tecnológico y cultural. Nuevas señales públicas, privadas y de organizaciones sin fines de lucro como universidades y sindicatos, así como las ya existentes, forman parte de la plataforma de la TDA.

 

La generación de nuevos contenidos para televisión también forma parte de la acción del Estado. A partir de la suscripción de convenios entre el Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios con la Universidad Nacional de San Martín, el Consejo Interuniversitario Nacional  y el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales se desarrollan concursos nacionales para la nueva TDA. Canales estatales reconocidos como Encuentro y PakaPaka forman parte del paquete de señales ofrecidas gratuitamente, así como de la grilla de algunos operadores de cable. Justamente ha habido una batalla judicial por la incorporación del canal infantil a la grilla de cablevisión. Ambos canales, Encuentro y Pakapaka, ponen a disposición de los ciudadanos una programación de calidad que resalta otra mirada, otras voces sobre los temas culturales, históricos, educativos y sobre la programación infantil, hasta entonces monopolizados por señales extranjeras como Discovery, History Channel o Disney Channel. 

 

 

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Durante 2009 también se iniciaban las obras en el ex Palacio de Correo para poner en marcha uno de los centros culturales más grandes y modernos del mundo, que más tarde se daría a conocer como Centro Cultural Kirchner. Por ello ese año marca un punto de inflexión en el despliegue y en el alcance de las políticas culturales. El peronismo tomó nota que la cultura, en un sentido amplio y no sólo como acceso a la información, ocupaba un lugar central en la construcción del proyecto nacional. Ese objetivo tuvo la Ley de Medios, pero también el impulso de la televisión digital, que supuso ampliar las voces, la palabra, la producción de símbolos a partir de nuestros propios productores culturales, y no sólo aquellos situados en Buenos Aires, sino también a partir de la diversidad y la capacidad cultural del resto del país. Asimismo, se buscó ampliar la base de recepción hacia otros sectores marginados en el acceso a los bienes culturales. El inicio de las obras del Centro Cultural Kirchner en ese mismo año, un espacio que en la actualidad tiene una enorme trascendencia cultural, también forma parte del mismo tiempo político. 

 

Si bien antes de 2009 se había desarrollado un cúmulo de políticas culturales, a partir de aquí toman una connotación y una consideración fundamental para afianzar, legitimar, el proyecto económico y social. 

 

En 2003 se sanciona la Ley de Protección del Patrimonio Arqueológico y Paleontológico, que por primera vez protege nuestros bienes y recursos simbólicos de la depredación y exportación ilegal. En ese año se reinauguran por decreto presidencial los Juegos Nacionales Evita, que fomentan el deporte y la cultura de los niños y adolescentes de todas la escuelas públicas del país. Al año siguiente se crea el programa de espacios INCAA con el fin de federalizar, incluir y promover espacios de difusión del cine nacional. En la actualidad se encuentran abiertos al público 55 espacios INCAA en todo el país, muchos de los cuales ya se encuentran digitalizados. Si se toma en cuenta que a principios de la década existían en el país poco más de trescientos cines, la cifra es importante. Estos espacios se constituyen con una lógica no comercial, distinta de la que imponen los grandes complejos cinematográficos, pues se ubican en pequeñas ciudades del interior y con entrada a bajos precios para posibilitar que todos puedan ir a cine. 

 

 

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En 2004 también se inaugura el Espacio Memoria y Derechos Humanos. Este gran espacio cultural en el predio de la ex Escuela de Mecánica de la Armada (100ESMA) se completa con la inauguración en 2008 del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti y del Espacio Cultural Nuestros Hijos (100ECUNHI), así como recientemente se creó allí el Museo de Malvinas e Islas del Atlántico Sur. Un espacio común, que refleja la memoria de los años de terror y a la vez recuerda el irrenunciable derecho argentino sobre las islas, posibilita reflexionar sobre los episodios más dramáticos de nuestra historia reciente. En 2008 también se inaugura la Casa Nacional del Bicentenario en la ciudad de Buenos Aires y a partir de entonces se comenzó la construcción de otras 200 casas en todo el país, de las cuales hasta el momento se terminaron 134. Estas casas son centros culturales construidas a través de cooperativas de trabajadores que coordinó el Ministerio de Trabajo, con el objetivo de dotar de centros culturales a los lugares donde antes no existían espacios de este tipo. 

 

La conmemoración del bicentenario de la Revolución de Mayo a partir de la enorme muestra que se montó sobre la avenida 9 de Julio de la ciudad de Buenos Aires fue un hecho cultural sin precedentes. Significó una apropiación popular de la identidad patriótica como no ocurría hace mucho tiempo, una invitación a pensar la historia y, por lo tanto, el futuro en términos de independencia y soberanía. La masividad de aquellos días sorprendió a todos, recreándose el vínculo entre el pueblo y el espacio público. También durante 2010 se sancionó la Ley de Matrimonio Igualitario e Identidad de Género, se lanzaron los programas Fútbol para Todos, Conectar Igualdad y el Plan Nacional de Telecomunicaciones Argentina Conectada. Un gran año en términos de adquisición de derechos e inclusión cultural. La Ley de Matrimonio Igualitario significó un nuevo avance en términos de diversidad, en este caso de género, como antes lo había hecho la Ley de Medios respecto de la pluralidad de voces, con todo lo que el concepto de diversidad implica en términos culturales. La ardua discusión en torno a la televisación del fútbol puso de relieve la necesidad de consagrar determinados derechos culturales por sobre la idea del negocio. Fenómeno similar ocurrió tanto con la provisión de notebooks a los alumnos de las escuelas públicas secundarias y la construcción del tendido de fibra óptica, asignándole a la alfabetización digital y el acceso a internet un carácter prioritario dentro de la agenda pública. Hasta la fecha se han entregado la espectacular cifra de 5.150.000 computadoras. A través del Plan Argentina Conectada se construyeron 30.000 kilómetros de fibra óptica, alcanzando 1.461 localidades del país, y se creó el centro de datos más grande de América Latina en el predio de AR-SAT en Benavídez, provincia de Buenos Aires. Antes, en 2006, se había creado la empresa pública que entendía en materia de telecomunicaciones, AR-SAT. La Argentina se encuentra dentro de un grupo selecto de ocho países del mundo que tiene la capacidad técnica para fabricar un satélite geoestacionario. Durante 2013 se lanzó y comenzó la operación del ARSAT-1. En 2014 fue puesto en operaciones el ARSAT-2 y en 2015 el ARSAT-3. Todos estos satélites fueron o están siendo construidos por la empresa pública INVAP. Ofrecen un amplio rango de servicios de telecomunicaciones, transmisión de datos, acceso a internet, telefonía IP y televisión digital. El despliegue y la modernización tecnológica que lleva adelante el Estado argentino a través de Argentina Conectada, Conectar Igualdad y AR-SAT revista una importancia significativa para la cultura, además del valor simbólico que tiene semejante despliegue de destreza técnica en términos de autoestima nacional. Según cálculos basados en la Encuesta Nacional de Consumos Culturales y Entorno Digital realizada por el Ministerio de Cultura de la Nación, el 38% de las actividades que la población realiza en internet está relacionada con la cultura: ver películas, series, documentales, escuchar música o leer libros, revistas y diarios. Es decir, el desarrollo de esta tecnología de vanguardia y las cuantiosas inversiones en infraestructura se relacionan finalmente con la posibilidad de ampliar el acceso a contenidos culturales. Por ello el desarrollo tecnológico autónomo es central para sortear la dependencia, promover la producción de los autores argentinos y defender la soberanía cultural. 

 

 

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La digitalización de la cultura es un proceso irreversible, así como la digitalización de otros aspectos de la vida. Una de sus consecuencias más visibles es la preponderancia del lenguaje audiovisual sobre el resto. En este sentido, además del impulso que implica la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y la TDA-Bacua, el INCAA ha tenido un rol sobresaliente si se lo compara con otros períodos históricos. El año pasado se estrenaron 172 películas nacionales, en 1994, unas 8. Además, durante los dos últimos años en forma consecutiva se alcanzó un porcentaje de espectadores a películas de origen nacional por arriba del 15%, hecho que hacía tiempo no ocurría, por lo menos desde hace quince años, cuando los espectadores de cine totales eran la mitad que ahora. Todo esto ocurre en un contexto record de espectadores de cine durante 2014 y se espera un nuevo record de más de 50 millones de entradas vendidas para este año. Más allá de los “tanques” infantiles de Hollywood, al cine argentino le va muy bien aquí y en el exterior, y es muy valorado y premiado en los festivales internacionales. Según la Encuesta Nacional de Consumos Culturales y Entorno Digital, el cine nacional es tan bien valorado y casi tan visto como el extranjero (100los que vieron películas “frecuentemente” y “a veces” suma para el cine nacional un 61% de la población frente al 76% que mira cine extranjero con igual frecuencia). Esto desacredita otro gran mito que nos impone la colonización cultural, que el cine nacional no gusta. 

 

Asimismo, el Instituto Nacional de Cine, además de las políticas de federalización de las salas de exhibición a partir de los espacios INCAA y el cine móvil que lleva las pantallas a todo el país, actualmente se encuentra desarrollando un proceso de descentralización de su escuela cinematográfica, la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (100ENERC). Hasta el momento se abrieron dos sedes regionales, una en Jujuy (100NOA) y otra en Formosa (100NEA), con el objetivo de descentralizar, fomentar y federalizar la producción audiovisual. El objetivo es tener una sede por cada una de las regiones argentinas. 

 

Otro hallazgo contrahegemónico que revela la encuesta sobre consumos culturales realizada por el Ministerio de Cultura es que la música nacional es la más escuchada, así como el folclore es el género preferido, a pesar de que la industria está aún en manos de grandes sellos transnacionales como Sony. Por ello, la creación del Instituto Nacional de la Música (100INAMU) en 2013 tuvo como objetivo fomentar la producción, difusión y distribución de música nacional en toda su amplitud y diversidad. 

 

Durante 2011 se inaugura Tecnópolis, fruto de la positiva repercusión y convocatoria que había tenido la muestra montada sobre la avenida 9 de Julio de la ciudad de Buenos Aires durante los festejos del Bicentenario. Esta feria de la ciencia y la tecnología, además de ser gratuita para todos los argentinos, manifiesta la capacidad y voluntad de un país de colocarse a la vanguardia del desarrollo, opuesta a la idea que relega a la Argentina a ser productor de materias primas como celebran otras ferias. 

 

Ese mismo año se inaugura también el Museo del Bicentenario y la Casa Patria Grande Presidente Néstor Kirchner, este último centro cultural y de intercambio con el objetivo de fortalecer e integrar la cultura de América Latina. También se crea el Instituto Nacional del Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, ámbito que permite pensar la historia nacional bajo una mirada popular y federal en oposición a la historiografía liberal porteña. 

 

En 2012 se lanza el Programa Igualdad Cultural gestionado por el Ministerio de Planificación y el Ministerio de Cultura. Dicho programa complementa y potencia las políticas públicas nacionales en materia de cultura, telecomunicaciones y desarrollo tecnológico. Es un megaplan de obras de infraestructura para poner en valor, refuncionalizar y equipar espacios culturales como museos, cines, teatros, centros culturales, así como programar actividades culturales como muestras, recitales, proyecciones audiovisuales y presentaciones de teatro. Hasta el momento se han intervenido 45 “estaciones culturales”, muchas de las cuales fueron equipadas con proyectores digitales 2D y 3D, así como antenas satelitales para recibir contenidos desde AR-SAT. Igualdad Cultural ha implicado también la producción de un promedio de quinientos recitales en vivo por año en todo el país, que después son transmitidos por los canales de la TDA. 

 

En 2013 se inaugura la Casa Central de la Cultura Popular de la Villa 21, hito que grafica la transición de las políticas culturales noventistas hacia las que integran a los sectores populares. La creación en 2011 de la Secretaría de Políticas Socioculturales en el ámbito de la Secretaría de Cultura de la Nación ya había marcado un rumbo definido respecto del fomento de la cultura popular y comunitaria. Todas estas políticas fueron reforzadas aún más con la jerarquización institucional y creación del Ministerio de Cultura de la Nación en 2014. 

 

No podía ser de otra manera. La ampliación simbólica del campo cultural que ocurrió durante los últimos años dada por los mecanismos de inclusión social, la recuperación del Estado, la recuperación de las ideas de soberanía política e independencia económica, sumados al crecimiento de las políticas culturales, no podían sino generar un proceso de jerarquización de la institucionalidad cultural. La creación del Ministerio le reconoce a la cultura un lugar central en la construcción del proyecto nacional y popular. 

 

Y, si algo faltaba, la apertura del Centro Cultural Kirchner generó magnetismo y admiración, y hasta cierto desconcierto entre los enemigos del proyecto. Este gran centro cultural inaugurado por la presidenta de la Nación posiciona a la cultura en un lugar privilegiado, pero con acceso libre y gratuito para los más de cuarenta millones de argentinos. Es un faro que ilumina e irradia cultura hacia la Patria Grande y el resto del mundo. Y es una herramienta fundamental, junto con el enorme despliegue de las políticas culturales, para continuar afianzando la diversidad y la inclusión cultural y el proyecto nacional. 

 

* Natalia Calcagno es directora nacional de Industrias Culturales del Ministerio de Cultura de la Nación .

** Julio Villarino es director del Sistema de Información Cultural de la Argentina del mismo Ministerio.

 

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