26 de septiembre de 2014
Instituto Gestar

La función pública y sus ejecutores desde la visión peronista

por Martín Raposo
Integrante del Área de Estudios Políticos y Sociales de Gestar

Doble estándar
Tras más de una década de recuperación del rol que para nosotros, los peronistas, debe tener el Estado en la sociedad, existen aún sectores que no solo no comparten esta visión, sino que además pugnan por volver a la situación anterior de endiosamiento del mercado. Partidarios de la idea que achicar el Estado es agrandar la Nación, ven la raíz de todos los males que nos aquejan en el tamaño y en la función del Estado.
No sin contradicción, pretenden que un Estado lo más pequeño posible se haga cargo de manera eficaz y eficiente de un sinnú-mero de cuestiones y problemas para los cuales, desde una simple comparación internacional, es forzoso contar con un Estado que por lo menos tenga un tamaño acorde a la magnitud de los desafíos. Es más, no es extraño observar en los medios masivos de comunicación reclamos en el sentido de “falta reglamentación” o “no hay control del Estado” ante innumerables situaciones, en las que no advierten que, como contrapartida, las reglamentaciones y controles por parte del Estado que la sociedad requiere también implican un Estado capaz de hacerles frente. Es decir, para poder aplicar los recursos de manera eficiente es condición obligada contar con esos recursos aunque podamos discutir mucho sobre las necesidades y la aplicación del gasto.

Estado peronista
Observamos que existe un importante paralelismo entre el estado de la administración pública que encontró Perón al hacerse car-go del gobierno y el que encontró Néstor Kirchner tras asumir la presidencia. En el caso de Perón, en el año 1946 halló un go-bierno sin planificación alguna, sin ningún tipo de organización. Tal como Perón, Kirchner debió hacerse cargo de un país sin rum-bo, en el cual el principal instrumento para encarar su transformación se encontraba totalmente desarticulado. La administración pública no solo estaba desorganizada sino que había sido, como muchos otros sectores, saqueada. Antes de la crisis terminal de 2001 había sufrido un último guadañazo nominal en los haberes de sus empleados: esa quita del 13% que compartió con las jubi-laciones no deberíamos pasarla por alto por su gran valor simbólico.
En el peronismo estamos convencidos de que es responsabilidad del gobierno poner al Estado al servicio del pueblo y para ha-cerlo necesita de una herramienta idónea: el aparato político-administrativo. Hasta no hace mucho tiempo atrás, era normal referirse a los empleados y funcionarios públicos como “servidores públicos” y es ese el concepto que tenemos que recuperar: la vocación de servicio que debe estar presente en cada uno de los miembros de la Administración Pública.
El mismo Perón ya reconocía que el tamaño y la organización de la administración pública tienen una relación directa con el tipo de Estado y de políticas públicas que se desea desarrollar.
Un ejemplo de esta vocación que tiene el peronismo por organizar el Estado, por adecuarlo a las necesidades presentes y dispo-nerlo para afrontar las futuras, es la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Para hacer un país más justo y más inclusivo precisamos contar con desarrollos tecnológicos propios aplicados a nuestra matriz productiva.
Perón entendía que la tarea de gobernar consiste en darle solución a los problemas del pueblo, y que la administración pública es el organismo estatal responsable de su ejecución.
Han transcurrido más de 60 años desde aquel mensaje de Perón a sus ministros y altos funcionarios de 1952, cuando comenzaba a elaborar el segundo plan quinquenal. No obstante, el mensaje no ha perdido vigencia, y lo que él entendía como atributos im-prescindibles que debía poseer la administración pública para llevar adelante la empresa de dar soluciones al pueblo, formación y honestidad, son los mismos que hoy requerimos.
Tampoco ha perdido vigencia la importancia que Perón le otorgaba a la relación entre concepción y ejecución, dejando claro que lejos de existir una subordinación entre ellas, ambas son dos quehaceres imprescindibles, que se complementan y que deben tener una excelente sintonía entre sí para efectuar el mandato popular.
De esta manera se hacía cargo de una de las 20 verdades del justicialismo, que dice: “La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo”.
Si bien durante el primer gobierno peronista comenzó el proceso de organización del Estado, en el año 1952 Perón trazó como objetivo mejorar la calidad y el servicio de la Administración Pública. A tal punto llegó su obsesión con el tema, que él creía que ninguno de los logros alcanzados iba a tener un impacto tan profundo para el futuro como el de dotar al país de un organismo estatal competente, altamente capacitado y honesto. Pensaba que dejar para la posteridad un Estado con una burocracia profe-sional y recta era mucho más valioso que determinadas obras puntuales que pudieran mejorar las condiciones de vida de ese momento.

Formación
Esta administración pública encargada de la realización descentralizada de los planes de gobierno sería el brazo ejecutor de la transformación de la nación. Para alcanzar ese objetivo se imponía instruir a sus integrantes en la doctrina nacional y dotarlos de las mejores técnicas disponibles para la ejecución de la labor, sin descuidar la honestidad que debe acompañar al funcionario pú-blico.
Tal como la concepción peronista del hombre y de la comunidad organizada, había que aleccionar al funcionario, desde el rango más bajo hasta el más alto, en doctrina nacional, y hacerlo responsable de lograr las tres banderas que la sociedad civil había hecho suyas: soberanía política, independencia económica y justicia social.
Honestidad
En este afán por construir una Nación para el futuro, Perón puso mucho énfasis en que hay que educar a los hombres para ello. Sin embargo, no circunscribía esta meta a un mero programa de capacitación donde se aprendieran las artes del oficio. Su mirada estaba puesta en la formación del hombre como un todo. En inculcar en esos funcionarios públicos el desafío por ser no solo aptos para su trabajo, sino también y por sobre todas las cosas, honrados. En no olvidar nunca el impacto de su trabajo en la sociedad toda.
La honestidad era y es un atributo indispensable para todos los servidores de la administración pública. Ya el mismo Perón era consciente de que aquellos hechos aislados de corrupción que pudieran ocurrir, solo servirían para desprestigiar a todo el cuerpo administrativo, por lo cual no podían ser tolerados.
Perón plantea que debe encararse el futuro con un plan y no dejar librado al azar la construcción de esa Nación más libre, más justa y más soberana a la que todos aspiramos.
En el mismo sentido, la misión que le ha sido encomendada a Gestar no se limita a la preparación de cuadros técnicos para la administración pública. El conocimiento de nuestros derechos, de nuestra historia, de nuestros recursos, de nuestra cultura y del contexto regional e internacional en el que estamos inmersos, nos permitirá proyectarnos a largo plazo y desarrollarnos como ciu-dadanos, como sociedad y como Nación. La construcción de la comunidad organizada es la base sobre la cual se edificará el futuro de la Nación. Para alcanzarlo y sostenerlo en el tiempo repensemos la “burocracia”, ya no entendida como máquina de im-pedir, sino como instrumento idóneo, sabiendo que es a través de la ejecución descentralizada que haremos posible la concepción centralizada.

La tarea de Gestar
No es indispensable remontarnos tantos años para encontrar ejemplos de esta puja por dos modelos distintos de Estado que en última instancia impactan en dos modelos distintos de país. Podemos tomar a modo de ejemplo el caso de YPF: mientras que la concepción liberal nos propone que veamos a nuestro recurso energético como un simple commodity que se comercia internacio-nalmente y en el que las decisiones de exploración y extracción están regidas solo por la relación costo-beneficio, nosotros lo vemos como un recurso estratégico, capaz de impactar en toda la matriz económica para las generaciones actuales y futuras.
Consolidar esta visión de Estado y de Nación nos exige contar con hombres y mujeres muy preparados y con una moral intacha-ble.
Decía Perón que “todos cargamos con el mal nombre del deshonesto, todos cargamos con el mal nombre del incapaz”, por ese mo-tivo es tan importante la tarea que desarrolla Gestar, la de formar dirigentes. En la profundidad y eficacia de dicha labor se en-cuentra la semilla de los futuros administradores públicos que enaltecerá nuestros ideales, haciendo flamear bien alto las banderas de la soberanía política, la justicia social y la independencia económica.

 

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