23 de junio de 2020
Instituto Gestar

La política exterior postpandemia desde una mirada peronista

Por Tomás Mugica

Pandemia y tendencias internacionales

La crisis
desatada por la pandemia de COVID-19, según un extendido consenso, acelera
tendencias existentes en el sistema internacional. Tres revisten especial
importancia: a) creciente conflictividad entre las grandes potencias, en un orden
internacional sin liderazgos claros) declive del multilateralismo; y c) ascenso
del nacionalismo y cuestionamiento de las elites, especialmente en Estados
Unidos y Europa. Un hilo común une estas tendencias: la redistribución del
poder-expresada en el ascenso de China y el declive relativo de Estados Unidos-y
el desigual impacto distributivo de la globalización al interior de Occidente
rico.

La situación
creada por la pandemia intensifica la competencia entre Estados Unidos y China,
que se manifiesta de diversas maneras: guerra comercial, lucha por la
vanguardia tecnológica, intento chino de limitar la influencia norteamericana
en el este de Asia y, últimamente, la disputa por la atribución de
responsabilidades en cuanto a la expansión del COVID-19.

Dos notas al respecto.
Primero, si el ascenso chino es evidente, el declive norteamericano, aunque
real, debe ser matizado: Estados Unidos es todavía la mayor economía del mundo
(100PBI a precios corrientes. China lo es si se mide por Paridad de Poder
Adquisitivo), su poderío militar es incontrastable, el dólar es la moneda de
reserva dominante, y conserva la vanguardia tecnológica. Muestra, además, voluntad
política para defender su posición frente a China, país al que un creciente
consenso doméstico identifica como una amenaza a intereses vitales de Estados Unidos.
Segundo, la rivalidad entre ambos países no constituye una nueva Guerra Fría. El
sistema internacional de los próximos años probablemente se parezca más al
mundo de 1870-1914 que al de 1945-91, con un alto nivel de interdependencia
económica y disputas por esferas de influencia, sin que las diferencias de
regímenes políticos –que son importantes- juegue un rol significativo. La Unión
Europea y Rusia, así como diversas potencias y bloques regionales, terciarán en
esa contienda.

La falta de
coordinación entre potencias debilita el multilateralismo, enfermo por el vacío
de liderazgo. Frente a la epidemia global, la OMS -carente de legitimidad
política y financiamiento adecuado- se muestra incapaz de coordinar una
respuesta conjunta. Los organismos multilaterales seguirán siendo un campo de
batalla, hasta tanto se ajusten a la nueva distribución de poder. Es probable,
sin embargo, que situaciones similares a la actual- nuevas pandemias y desastres
naturales- impongan en el mediano plazo una mayor cooperación internacional y
obliguen a la provisión de bienes públicos globales, salvando en parte la
brecha entre integración económica y ambiental y fragmentación política.

Finalmente, el nacionalismo económico probablemente se incrementará, al
menos en el corto plazo. L
a recesión en marcha y el
incremento de la desigualdad que la acompaña, empujarán una intensificación del
proteccionismo. Adicionalmente, consideraciones de seguridad influirán en la
reconfiguración de cadenas de valor, buscando disminuir vulnerabilidades en
sectores que se consideran estratégicos.  

Perón y el mundo

El pensamiento
de Perón, agudo observador de la realidad internacional, nos ayuda a comprender
el momento presente. Destacamos tres elementos en este sentido: el concepto de
evolución histórica, la integración continental como opción estratégica
principal y la tercera posición. 

En primer lugar,
para Perón la historia muestra una tendencia al agrupamiento de los hombres en unidades
sociales cada vez mayores, desde la familia, el clan y la tribu, pasando por el
estado feudal y el Estado-Nación hasta llegar al continentalismo y finalmente
el universalismo. El mundo, dice Perón en 1973, avanza hacia su total integración;
este proceso –que hoy llamamos globalización- es parte del devenir histórico y hay
que adaptarse a él.

Segundo, frente
a esa evolución, impulsada por el progreso técnico, la única respuesta posible
radica en la integración, que empieza por vecinos a los cuales nos unen
necesidades similares y una historia común. En un sistema internacional
crecientemente dominado por unidades geopolíticas de tamaño continental -Estados
Unidos y la URSS en aquel momento- Perón entiende que la única posibilidad de autonomía
y desarrollo para los países latinoamericanos radica en la integración. Sin ella,
sólo habrá debilidad e irrelevancia.

En 1953, en una
disertación en la Escuela Nacional de Guerra, dice Perón: “Si subsistiesen los
pequeños y débiles países, en un futuro no lejano podríamos ser territorio de
conquista como han sido miles y miles de territorios desde los fenicios hasta
nuestros días”. El proyecto del ABC, que buscaba avanzar en la integración de
nuestro país con Brasil y Chile como primer paso hacia la unidad de América del
Sur, será el corolario práctico de este pensamiento. Aunque ese intento no
prospera, la voluntad integradora persiste:
entre 1953 y 1954 su gobierno firma una serie de
tratados de complementación económica con países de la región (100Bolivia, Chile,
Ecuador, Nicaragua y Paraguay).

Respuesta a una
necesidad estratégica, la integración se apoya en una identidad común y una
historia compartida. En Actualización política y doctrinaria para la toma del poder, en 1971,
afirma Perón de los países latinoamericanos: “Ahora es preciso que, sin pérdida
de tiempo, se unan férreamente, para conformar una integración que nos lleve de
una buena vez a constituir la patria grande que la historia está demandando
hace casi dos siglos”. Esa integración comprende un proyecto de reforma
económica y social de largo aliento, en el cual la construcción de un mercado
ampliado, la industrialización y el desarrollo tecnológico autónomo son
elementos centrales.

Tercero, frente
al contexto de bipolaridad de su época, Perón defiende la tercera posición, una
alternativa filosófica diferente del marxismo y el capitalismo liberal, con consecuencias
tangibles en el posicionamiento internacional. Perón fue precursor de la unidad
del Tercer Mundo y defensor de una autonomía realista frente a los intereses de
las grandes potencias. Se trata de evitar alineamientos en los cuales sólo
podemos perder y concentrarse en los intereses concretos de nuestros países. La
reivindicación de líderes que buscaron un camino independiente, como De Gaulle,
Mao y Nasser, son manifestaciones de esta mirada.

Argentina en el mundo post-pandemia. Una mirada
peronista

¿Cuáles son las
implicancias de las actuales tendencias internacionales para nuestro país y cómo
nos ayuda el pensamiento de Perón a entenderlas? La respuesta podría resumirse
de este modo: en el contexto de una globalización que se modifica pero no se extingue
y frente a una nueva bipolaridad, esta vez entre Estados Unidos y China, la
respuesta principal sigue siendo la integración sudamericana.

Es esperable que
la competencia intensificada entre Estados Unidos y China acote los espacios de
autonomía para países medianos como Argentina. Ambos son socios importantes
para nuestro país: el apoyo de Estados Unidos es central para la renegociación
de las obligaciones externas y el acceso futuro al financiamiento. Es también
un socio relevante en materia de comercio, inversiones y seguridad, con el cual
compartimos valores en materia de democracia y derechos humanos. China es ya el
primer socio comercial de nuestro país y su peso en la demanda global influye
sobre el precio de los alimentos que Argentina exporta. Además de un importante
inversor externo y fuente de financiamiento alternativo. En un escenario de
bipolaridad serán crecientes las presiones para alinearse en temas estratégicos,
como el 5G, el desarrollo nuclear y aeroespacial o la reforma de los organismos
internacionales.

El declive del multilateralismo y la intensificación del
proteccionismo, especialmente en el  mundo desarrollado, también perjudican a
nuestro país, que ve decaer foros internacionales en los que conserva una
participación importante, como la ONU y el G-20 y pierde mercados –actuales y
potenciales- para sus productos

La integración regional sigue siendo la mejor herramienta para hacer
frente a estas tendencias adversas. Las posibilidades de resistir presiones
cruzadas de Estados Unidos y China, incrementar nuestra influencia en los
organismos multilaterales y negociar un mejor acceso a mercados, crecen si nos
aliamos con otros países de la región. Ello sin contar la importancia de esos
países como mercados, especialmente para las exportaciones de mayor valor
agregado. El socio más importante del vecindario, por tamaño e influencia, es lógicamente
Brasil. Brasil es nuestro aliado indispensable en el mundo, sin el cual nuestra
irrelevancia y nuestra impotencia serán crecientes.

Desde el punto
de vista argentino, esa sociedad se ha vuelto más difícil, por varias razones:
los problemas domésticos de Brasil–las divisiones internas del gobierno, la
primarización y el débil crecimiento de su economía- le restan capacidad de
influencia externa. El actual acercamiento a Estados Unidos lo aleja de un
proyecto autonómico con foco en América del Sur. Pero por sobre todo el
Mercosur ha perdido importancia para las elites brasileñas; buena parte de
ellas, incluyendo el ala liberal del actual gobierno -que encarna el ministro
Guedes con apoyo del propio presidente-lo ven como un lastre en el proyecto de
desarrollo del país.

Un análisis detenido
revela sin embargo que Sudamérica es la única opción de Brasil si quiere
proyectar influencia más allá de su entorno inmediato. Aunque sus atributos de
poder lo colocan por encima de los demás países de la región, sin una red de
alianzas -cuyo pilar debería ser Argentina- en América del Sur difícilmente
Brasil pueda transformarse en un jugador global.

En resumen, existen
buenas razones de ambas partes para fortalecer su asociación. Pero esa sociedad
sólo puede servir de base a un proyecto de desarrollo autónomo, apoyado en una matriz
económica diversificada y compleja, si se supera la prolongada parálisis del
Mercosur. El momento político en Brasil pone un freno a un proyecto de este
tipo: para su gobierno actual, el Mercosur sólo tiene sentido si es un vehículo
para la liberalización comercial.

Cabe entonces enfocarse
en preservar lo que se tiene y generar avances modestos. Dos frentes resultan
prioritarios. Uno es el de los acuerdos comerciales externos: existe una
divergencia entre los socios respecto al ritmo y la profundidad que deben tomar
esas negociaciones. Pese a ello, nuestro país debe apostar por una finalización
exitosa de la negociación con la UE y EFTA y permanecer en la mesa en las demás
tratativas en marcha (100Canadá, Corea de Sur, Líbano y Singapur), siempre
atendiendo a nuestros intereses en materia de producción y empleo. El otro
frente, más postergado, es la agenda interna. Se trata de avanzar sobre las excepciones
–desde las que afectan el arancel externo común a las normas fitosanitarias-
que frenan la formación de un espacio económico conjunto. Esa empresa demanda robustecer
los canales de relacionamiento más allá del poder ejecutivo y más allá del
Estado. Congreso, gobiernos subnacionales; pero también sindicatos, empresarios,
universidades, ONGs y partidos políticos. Los actores que construyen la trama
de intereses que da sustento a la integración deben adquirir mayor
protagonismo. Es la hora de la diplomacia ciudadana.

Viene un tiempo
difícil, frente al cual una clave estratégica resulta clara: en el mundo de la
nueva bipolaridad que se avecina, no habrá autonomía ni desarrollo posibles sin
una sólida alianza con nuestros socios sudamericanos. La integración, podríamos
decir, es el nuevo nombre de la soberanía.

 

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