26 de julio de 2016
Instituto Gestar

Los ricos no piden permiso

En el ya lejano noviembre de 2015 se produjo el debate entre los dos candidatos que iban a disputar el voto del pueblo argentino. Daniel Scioli sostuvo que detrás del marketing de la alegría lo que realmente se venía era un cambio hacia el pasado. Afirmó que lo que proponía Macri era devaluación, un fuerte ajuste al bolsillo de los argentinos y apertura de la economía que representaba un peligro para la industria nacional. La prensa sostuvo entonces que se trataba de una “campaña del miedo” para asustar a los votantes mientras Macri retrucaba en el mismo debate que su propuesta era “la esperanza de que van a crecer y tener trabajo”. Explícitamente dijo “Nunca hablamos de ajustar” y alegremente prometió crear dos millones de empleos en la primera década, otorgar un millón de créditos hipotecarios.

El candidato peronista proponía defender el rol del Estado como impulsor de la economía, para defender a la clase media y al pequeño y mediano industrial, no devaluar sino bajar los costos financieros, avanzar en una nueva ley de coparticipación, consolidar el mercado interno, para garantizar empleo, paritarias libres y jubilación universal con mejores haberes para los jubilados. También se anticipó a la decisión de Macri de integrar su gobierno con los principales gerentes de las empresas concentradas al interpelarlo con relación al candidato que sonaba en aquél momento para manejar el área de agricultura afirmando que era un gerente de Monsanto y que el candidato a asumir en el Ministerio de economía, pertenecía al JP Morgan.

Bien, hasta aquí hemos hecho un pequeño ejercicio de memoria. Demos un salto en el tiempo y situémonos en la actualidad a la luz de las medidas concretas que tomó el gobierno nacional. Comenzó su gestión con una brutal devaluación y con la quita de las retenciones a los grupos corporativos agrícolas y mineros. Por otra parte, todas las negociaciones paritarias perdieron su pelea con la espiral inflacionaria que el mismo gobierno desató. En paralelo despidió una gran cantidad de argentinos que trabajaban en el Estado e incentivó indirectamente los despidos en el sector privado (100cerca de 150.000 trabajadores). Inició un ciclo de retracción del consumo que achicó el mercado interno y que zambulló a la economía en una recesión. ¿Cómo se llama esto? Brusca caída del salario real y transferencia de recursos del sector asalariado hacia los sectores empresariales exportadores y financieros.

A fin de llevar adelante esta política de trasferencia de riqueza sin cimbronazos sociales importantes, lentamente intentan imponer un nuevo sentido común en la población tratando de crear un consenso respecto de lo que denominan cínicamente sinceramiento: así la “pobreza cero” que agitaron como bandera durante la campaña electoral deviene en imposible de alcanzar; la vicepresidenta nos revela que estamos en un oscuro túnel en el que permaneceremos por mucho tiempo, pero ojo, alguna vez veremos la luz. Sí, la factura de luz y gas, con aumentos impagables y que van a parar a los bolsillos de los empresarios; el inefable vocero del gobierno González Fraga, que explicita lo que realmente piensa Macri, algo así como su “otro yo”, nos  informa que nos hicieron creer que con un salario podíamos ir de vacaciones, comprar un celular, un televisor, un auto o una moto, cenar de vez en cuando en un restaurant, pero no,  si son trabajadores o pequeños y medianos comerciantes o empresarios, su destino es trabajar como burros para que los sectores más ricos la pasen bien, ellos sí tienen derecho a todo lo que los demás tienen vedado.

En tal dirección, el eclecticismo ideológico de Cambiemos levanta una vieja bandera del liberalismo más ortodoxo: el éxito y el triunfo son la consecuencia del esfuerzo individual. Si trabajas duro tu recompensa es ser exitoso y ello se debe solamente a tu voluntad. Nada tiene que ver ahí que el Estado equilibre la balanza y defienda a los más débiles para que se igualen objetivamente las posibilidades de unos y otros. Que te ayude con políticas públicas activas que te permitan acceder a un crédito para comprar tu vivienda con, por ejemplo, una tasa de interés que puedas pagar. O que regule el mercado del trabajo protegiendo al trabajador de los abusos patronales. Producto del clima de época que el gobierno intenta instalar en la sociedad es la propaganda de General Motors en el lanzamiento de un modelo de automóvil que afirma: “Un auto pensado para quienes obtuvieron los logros en la vida por mérito propio, sin ayuda de nadie”. La propaganda propone impúdicamente una sociedad meritocrática donde cada uno piensa todo el tiempo como progresar individualmente, donde el que llegó al éxito, lo hizo por su cuenta, sin que nadie le regale nada, que cuanto más trabaja, más suerte tiene y que pertenece a una minoría que no para de avanzar y que además descree que del poder político como instrumento para modificar la realidad. El resultado de tal prédica consiste en anestesiar la conciencia crítica y anular cualquier pensamiento que vaya en dirección de construir una sociedad integrada, justa y solidaria. Tal imposición de sentido común apunta a descreditar cualquier tipo de construcción política y social colectiva.

Al mismo tiempo, la realidad nos pasa por encima como una aplanadora. Así estalla el escándalo financiero de los Panamá Papers que involucra al propio presidente y su familia, como a muchos de sus funcionarios, hecho que en cualquier lugar del mundo bastaría para generar un revuelo sin precedentes, pero aquí, apagón informativo mediante, no da más que para unos pocos centímetros en la prensa escrita, televisiva y radial. El Congreso Nacional es sistemáticamente ignorado cuando no vapuleado. Así por ejemplo, cuando aprobó la ley anti despidos, el veto presidencial no se hizo esperar.

Mientras tanto esperamos la lluvia de inversiones que auguró el presidente. Durante los primeros meses de su gobierno nos puso la zanahoria de que en el segundo semestre todo mejoraría pero ya entrado el mismo lo único que se avizora es una brutal recesión. Ahora nos dice que el 2017 será nuestro año del despegue. Pero, como decía Perón, la única verdad es la realidad, y lo que está ocurriendo es que cayó considerablemente el consumo de carne, disminuyó un 10% las ventas de los supermercados y bajó un 25% las reservas para las vacaciones de invierno. Tarifazos, inflación y aumentos insuficientes de los salarios son los factores que llevan a este recorte de gastos a que es obligada la mayor parte de los argentinos. Un 39% de la población debió disminuir el consumo de alimentos, un 28% se vio obligado a ahorrar luz, gas y combustible, un 19% tuvo que disminuir sus consumos de ocio y entretenimiento y un 83% reconoció que sus sueldos no alcanzan para llegar a fin de mes. Otros estudios verificaron que hoy apenas el 12% de los argentinos puede ahorrar contra el 36%, que afirmaba hace un año que podía hacerlo. La elocuencia de las cifras exime cualquier comentario.

Una encuesta realizada por la consultora CEOP y publicada por Télam concluye que seis de cada diez argentinos considera que Macri “gobierna para los ricos” y que siete de cada diez personas piensan que la situación económica del país es negativa, al punto que se vieron obligados a recortar gastos desde diciembre pasado.

Frente a este tsunami nos preguntamos cual será el modelo económico que provocará la famosa y anacrónica “teoría del derrame”. Un ejemplo clarificará el asunto: en la empresa Cresta Roja, que había cerrado, el gobierno tomó una serie de medidas para reabrirla, que ponen en evidencia el eje de la política macrista para atraer inversiones. Y este no es otro que imponer una flexibilización laboral: hoy trabaja solo el 40% de sus obreros, les rebajaron el salario un 30% y perdieron su antigüedad.

Todo confirma el diagnóstico: Mauricio Macri beneficia con sus políticas a los sectores más ricos de la sociedad y como todos sabemos, cuando de apropiarse de la riqueza producida por todos los argentinos se trata, la prepotencia no tiene límites y los ricos no piden permiso. Dado que son ellos quienes gobiernan, las medidas que toman les permiten apropiarse de esa riqueza, que para los peronistas es de todos los argentinos y debe distribuirse equitativamente.

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