26 de septiembre de 2014
Instituto Gestar

Política doméstica y política exterior de Estados Unidos

por Max Friedman* y Daniel Di Salvo**

El Instituto Gestar organizó una charla sobre política doméstica y política exterior de Estados Unidos a cargo de los profesores Daniel Di Salvo y Max Friedman, en la sede del PJ Nacional. Participaron de la actividad la senadora nacional Rosana Bertone, el equipo de Gestar y jóvenes militantes interesados en la temática.
El profesor Di Salvo es investigador principal en el Centro para el Liderazgo Local y Estatal del Instituto Manhattan y profesor de Ciencia Política en el City College de Nueva York; Max Friedman es profesor del Departamento de Historia de la American Univer-sity en Washington.
Durante la jornada se abordaron temas relativos al funcionamiento del sistema político, perspectivas para las futuras elecciones de medio término, federalismo y polarización en el sistema de partidos; también se habló de las distintas vertientes de pensamiento que influyen en la política exterior norteamericana y las pautas que guían la política exterior de la administración Obama.

Daniel Di Salvo

Perspectivas para noviembre de 2014
El primer aspecto importante a considerar acerca del régimen político de EE.UU. es que la existencia de un sistema bipartidista muy fuerte implica una gran competitividad entre los dos partidos. Las elecciones de 2014 son para renovar todas las bancas de la Cámara Baja, lo que se llama la Cámara de Representantes, que tiene 435 miembros. La gran mayoría de ellos van a ser reelegi-dos. Normalmente, el 90% de los congresistas que ya ocupan el cargo son reelectos, pero en esta oportunidad tan solo unas 15 bancas estarán realmente en juego. En la actualidad los republicanos tienen una mayoría de 233 bancas y los demócratas tan solo 199.
En el Senado hay 100 senadores, dos por cada Estado. Sus mandatos duran seis años, y cada dos años renuevan un tercio. Por lo tanto, este año renuevan sus bancas 32 senadores pero solo 10 estarán verdaderamente en disputa pues el resto será reelecto.
La opinión de los analistas políticos coincide en que después de noviembre los republicanos van a retener la mayoría en la Cámara de Representantes, pero en el Senado hay mayor disputa e incertidumbre sobre lo que puede pasar. Para recuperar la mayoría propia, los republicanos deberían ganar por lo menos seis nuevas bancas. A este respecto, la mitad de los analistas estima que ello puede suceder y la otra mitad entiende lo contrario. Aún falta mucho para noviembre por lo que habrá que ver cómo se perfilan las campañas electorales de cada partido.
Una cuestión interesante es que en las últimas elecciones de medio término cambió la composición de al menos una de las cáma-ras. En 2006 los republicanos perdieron la mayoría en ambas cámaras, pero en 2010 los republicanos reconquistaron la mayoría de la Cámara de Representantes. De perder los demócratas la mayoría que detentan en el Senado, los dos últimos años de mandato del segundo gobierno de Obama se vería seriamente comprometido.
Otro punto es que en los últimos diez años se advierte una diferencia bastante significativa entre la cantidad de votantes que acu-de a las elecciones presidenciales y la que lo hace a las de representantes y senadores: el promedio de votantes en las presiden-ciales ronda el 60% del padrón habilitado mientras que la participación ciudadana se reduce a un 30% en las elecciones de medio término.
En líneas generales podríamos decir que los votantes que participarán en las elecciones de noviembre de 2014 serán más viejos, más blancos y más conservadores. Otro factor que hay que tener presente es que suele suceder que en las elecciones de medio término el partido gobernante pierde siempre una determinada cantidad de bancas.
Todo esto indica que las próximas elecciones no van a ser muy favorables al partido demócrata y al presidente Obama.
También se viene verificando una modificación en lo concerniente a las cuestiones que llaman la atención del votante norteameri-cano. Tradicionalmente, en las elecciones de medio término los temas que le interesaban al ciudadano eran los locales, lo que pasaba en cada distrito, en cada Estado, pero en la última década hubo un vuelco en el interés hacia los temas nacionales como la marcha de la economía, la desocupación, la salud, etc. Por el contrario, la política exterior del país nunca tiene un papel deter-minante a la hora de decidir el voto, no es un tema que interese sobremanera al ciudadano estadounidense. Podría decirse enton-ces que la percepción del pueblo norteamericano, especialmente de los demócratas, es que Obama ha prometido mucho y hecho poco.

Algunos cambios estructurales para el futuro
Ahora bien, de cara al futuro es preciso destacar que existe un gran crecimiento de sectores que son proclives a votar en favor de los demócratas y que conforman los segmentos poblacionales que más crecen en número: las mujeres solteras, los latinos, que apoyaron masivamente a Obama en 2008 y 2012 (1002/3 tercios), los negros (100el 95% votó a Obama), los jóvenes que votaron por primera vez en 2008 y, finalmente, el segmento con mayor nivel cultural (100graduados universitarios). Pero los republicanos son fuer-tes en los segmentos más ricos de la sociedad (100que incluyen a muchas personas) y en la clase obrera blanca.
Por supuesto que esta situación no es estática. Muchos factores en el futuro pueden modificar esta tendencia. Hoy, muchos de-mócratas sueñan que en 2020 o 2026 el Estado de Texas (100el más conservador de la Unión) podrá ser gobernado por un demócrata pues la población será mayoritariamente latina. Es posible, pero me parece muy difícil. Incluso, debemos recordar que todavía está en pleno desarrollo la batalla por la legalidad del voto latino.
En definitiva, lo que se observa es que los cambios en la sociedad favorecen a los demócratas en las elecciones presidenciales pero la distribución territorial de los grupos de votantes favorables a los republicanos le permite a este partido seguir siendo po-deroso en la Cámara de Representantes y en varios Estados.

El tamaño del Estado
En la actualidad se plantea un gran debate en EE.UU. acerca del tamaño del Estado de Bienestar instaurado después de la Se-gunda Guerra Mundial. Los republicanos son contrarios a la intervención del Estado federal en la economía, descreen de la regula-ción de las empresas, de la redistribución de la carga impositiva y consecuentemente de la riqueza, mientras que los demócratas apoyan estas políticas activas del Estado federal. Esa discusión se concentró en la reforma del sistema nacional de salud que quiso introducir Obama.
De la mano del debate por el nivel de intervención y tamaño del Estado va asociada la discusión sobre el crecimiento de la de-sigualdad social en el país. En ese sentido, es necesario saber que la gente más rica del país ha crecido muy rápidamente desde los años 70: del 1% al 5% de la población total. Para los republicanos esta situación no afecta el funcionamiento de la sociedad, en cambio para los demócratas pone en riesgo a la democracia misma.

Federalismo
Para comprender a los EE.UU. es indispensable tener en cuenta que hasta hace relativamente poco tiempo muchas de las políticas públicas pasaban por los Estados locales. Por ejemplo, para la reforma del sistema de salud Obama tomó como modelo una reforma efectuada hace una década en el Estado de Massachusetts que se llamó “asistencia efectiva” y con la cual se protegía a las personas de menos recursos. Hoy, en los Estados de Wisconsin, Michigan e Indiana se están introduciendo muchas reformas laborales en el sector público. Además, está en pleno desarrollo lo que pasará con las pensiones jubilatorias y con la asistencia médica de los empleados públicos pues los costos de ambos sistemas de cobertura son altísimos y afectan por tanto la política interna de cada uno de los Estados de la Unión.
Esta polémica tendrá relevancia en las elecciones de este año. Si bien he hablado hasta ahora de las elecciones legislativas na-cionales, no debemos olvidar que de igual modo se decidirá la suerte de 36 Estados en los que se elegirán gobernadores y legis-ladores locales. Por ejemplo, el Estado de California tiene una población de 37 millones de personas y un presupuesto anual más grande que los de muchos países en el mundo. Lo mismo ocurre con los Estados de Texas, Nueva York o Florida. El matrimonio homosexual no es materia de debate en Washington pero sí es el eje de las discusiones en varios Estados del país (100hoy es legal en 19 Estados y está prohibido en 30). Otro tema que da pie a una gran controversia y que se está discutiendo a fondo en muchos Estados está relacionado con la marihuana. Actualmente su consumo está legalizado en dos Estados (100Colorado y Washington), y en California y Nueva Jersey está permitido su uso para fines medicinales. Estos experimentos son seguidos atentamente por el poder central a fin de evaluar sus resultados.

Polarización en aumento
En los últimos treinta años se ha producido una gran polarización entre los dos principales partidos.
En 1960, durante la campaña electoral de Kennedy, existía en el partido republicano un ala liberal (100correspondiente principalmente a los Estados del noreste) dispuesta a formar coaliciones y alianzas con el partido demócrata. A su vez, dentro de este partido había un ala muy conservadora que, por ejemplo, había defendido la segregación racial en el sur del país. Es decir, si bien en ambos partidos se encontraban sectores más o menos radicales, la mayoría tenía una posición de centro inclinada a la negociación.
Hoy en día, el centro político ha desaparecido en Washington. El republicano más liberal que podamos encontrar en el Congreso es más conservador que el demócrata más conservador. Esta nueva configuración ideológica impide que ambos partidos colabo-ren entre sí o puedan consensuar políticas públicas.
A pesar de esta creciente polarización, la administración de Obama logró, aunque a costa de grandes dificultades, aprobar algunas leyes valiosas como la reforma del seguro de salud, la que regula las actividades de Wall Street o el paquete de medidas contra la recesión.

Max Friedman
Los fundamentos de la política exterior norteamericana
Acerca de la política exterior es posible hallar en mi país tres interpretaciones. La primera sostiene que EE.UU es el país más libre del mundo y ha luchado por la libertad y la democracia desde su nacimiento como país independiente, que como tal salvó a Eu-ropa de perder la Primera Guerra Mundial y luego la liberó de los nazis y a Asia del militarismo japonés. Asimismo, que se mantuvo firme contra el comunismo soviético durante medio siglo y, que en los últimos años, ha liberado a tres países: Afganistán, Irak y Libia. Según esta línea de pensamiento, estos tres pueblos, al igual que los franceses en 1944, dieron la bienvenida a las tropas estadounidenses y le manifestaron su gratitud pues sus vidas mejoraron gracias a estas guerras contra dictadores salvajes que los sojuzgaban. Los excesos cometidos por nuestros militares fueron solo excepciones dentro de un ejército humanitario por natura-leza. En definitiva, afganos, iraquíes y libios están construyendo, bajo tutela norteamericana, nuevos Estados democráticos y modernos que garantizan vidas de paz y prosperidad.
Una segunda interpretación asegura que EE.UU, el país más poderoso del mundo, ha crecido constantemente durante doscientos treinta años por la deliberada construcción de un imperio. Así, se apropió de un continente entero robando territorios a punta de fusil a España y México, pasando por arriba a todos aquellos que se opusieran a su destino manifiesto. Adquirió colonias con acceso a los mercados y a los recursos naturales mediante la supresión de los movimientos de liberación, como en Cuba y Filipi-nas. Aplastó las aspiraciones de los pueblos del tercer mundo desde Cuba a Vietnam, desde Chile a Nicaragua, desde El Salvador a Timor Oriental. Busca sus aliados entre algunos de los gobernantes más antidemocráticos de países como Kazajistán, Azerbai-yán o Arabia Saudita, como antes lo hizo en la Filipinas de Marcos o el régimen segregacionista de Sudáfrica (100apartheid). Cuando decidió derrocar a antiguos aliados como los talibanes en Afganistán fue para controlar los recursos energéticos de Asia Central, o en el caso de uno de sus antiguos socios, Saddam Hussein, en Irak, lo destituyó imponiendo un dominio colonial indirecto con el fin de tomar el control de la segunda fuente mundial más importante de petróleo. Más tarde bombardeó a Libia para extender su dominio militar por todo el Oriente Medio. Nacionalistas afganos, iraquíes y libios están luchando desesperadamente contra el Imperio norteamericano.
Mismos hechos, dos exégesis diametralmente opuestas.
Finalmente, una tercera teoría afirma que EE.UU. es un Estado-Nación como cualquier otro. Siempre respeta las normas del siste-ma internacional, dentro del cual cada país trata de defender sus propios intereses nacionales del modo más eficaz posible. Con el tiempo, el país fue adquiriendo más riqueza y prestigio internacional y ha tratado de contribuir a establecer un equilibrio de po-der para evitar la repetición de grandes guerras como las del pasado interviniendo solo de mala gana y tarde en las dos guerras mundiales para restaurar la estabilidad del sistema internacional. Se opone a los movimientos radicales de la derecha y de la iz-quierda y no se comporta en función de ideologías o idealismos sino que simplemente responde a las necesidades del momento para defender su posición en el mundo. Las grandes potencias tienen grandes responsabilidades y EE.UU. va a seguir ejerciendo su obligación de garantizar la estabilidad en el Medio Oriente y en otras partes del planeta.
Ahora bien, estas interpretaciones, aunque formuladas de una manera un tanto exagerada, corresponden a las escuelas ortodoxa, revisionista y realista a cuya orientación responden los historiadores o los politólogos y que son ampliamente aceptadas en el mundo académico de mi país. Por ello, es muy difícil responder correctamente a la pregunta de cuáles son los fundamentos de la política exterior norteamericana.

Algunas tradiciones influyentes
Para comprender cabalmente la política exterior de EE.UU. conviene detenerse primero en algunas tradicionales concepciones norteamericanas que influyen en las relaciones internacionales para luego tratar de descifrar la política exterior de Obama y su vin-culación con ellas. Mencionaré tres cuestiones: ideología, capitalismo y seguridad.

Ideología
En primer lugar, la identidad nacional norteamericana se asienta en lo que llamamos el excepcionalismo norteamericano, esto es, la firme creencia de que EE.UU. representa la encarnación de los principios más sagrados de la sociedad humana: la libertad, la democracia y la justicia. Desde el mismo inicio de la época colonial, los ingleses se propusieron crear en las nuevas tierras una sociedad utópica con más libertades y más posibilidades de las que había en el Viejo Continente. Se ha hablado mucho de EE.UU. como la ciudad sobre la colina; un modelo para el mundo. Claro que esta visión tiene ciertas contradicciones, desde la esclavitud hasta algunas guerras sucias en su historia. Tenemos hoy una democracia donde la preferencia de un rico cuenta mucho más que la preferencia política de un pobre. Gozamos de grandes libertades pero al mismo tiempo hay más personas encarcela-das que en cualquier otro país del mundo. Sin embargo, esta visión del excepcionalismo sigue siendo una piedra fundamental de la ideología nacional de mi país cuya misión en la Tierra es promover los ideales de libertad y democracia en todo el mundo. Es por ello que cada uno de los presidentes estadounidenses, republicano o demócrata, ha hablado de estos principios sagrados en sus discursos a la nación y al mundo.
En concordancia con las tres corrientes de pensamiento que esbozamos anteriormente existen igualmente posiciones políticas que intentan modelar la forma de la política exterior estadounidense. Por un lado, una respetada corriente sustenta que el enorme po-der norteamericano debe ser usado para fines humanitarios. Por ejemplo, este fue el fundamento de la intervención en Cuba en 1898 contra España. El presidente Wilson argumentó para ingresar en la Primera Guerra Mundial que era menester hacerlo a fin de construir un mundo seguro para la democracia mundial. En la Segunda Guerra Mundial innumerables voces con peso hicieron lobby para que el país ingresara a la guerra a fin de proteger a las víctimas de Hitler. Durante la guerra fría muchos se preocuparon por la represión interna a los disidentes en la Unión Soviética. Hoy mismo, son numerosos los norteamericanos que piensan que el país debe intervenir en Siria para liberar al pueblo de la sangrienta dictadura que gobierna o que debe presionar enérgicamente a Rusia para evitar que imponga su voluntad al pueblo ucraniano.
Claro que al mismo tiempo hay contracorrientes políticas de varios tipos. Los partidarios del aislamiento no quieren gastar plata ni sacrificar vidas norteamericanas para ayudar a extranjeros. Están los unilateralistas que pretenden que EE.UU. use la fuerza militar para derrocar a los enemigos sin pedir permiso a nadie. Por último, tenemos a los que apoyan la vigencia de un sistema basado en principios y reglas internacionales que quieren fortalecer las instituciones multilaterales. Dentro de este grupo hay dos posicio-nes. Una es la de los que desean que estas instituciones internacionales sean meros instrumentos para multiplicar el poder de EE.UU. Para ellos, la ONU, la OEA, la OTAN o el FMI deben funcionar bajo el liderazgo de Washington y supeditados a los intere-ses norteamericanos. La otra posición cree en un orden internacional fundado en principios globales y por tanto postula que EE.UU. respete las leyes y los tratados internacionales. Se puede tachar de idealistas a sus adherentes y obviamente representan una posición minoritaria pero al mismo tiempo están representados por una serie de prestigiosos organismos no gubernamentales y por reconocidos políticos especialmente del partido demócrata.
En resumen, la certeza en la superioridad de EE.UU. y, por tanto, la creencia de su derecho a imponer su voluntad a los otros se halla extendida en toda la sociedad norteamericana. La convicción de la bondad del sistema norteamericano como modelo de libertad y democracia es común a casi todos los estadounidenses y comprende sin excepción a todos los que llegan al poder cualquiera sea el partido al que pertenezcan. Pero esta ideología nacional puede manifestarse a través de teorías divergentes en cuanto a la política exterior. Como ya lo hemos explicado, está el idealismo intervencionista en tanto EE.UU. tiene la misión de ayudar a otros países, el aislamientismo que cree que EE.UU. es mejor que los otros y no debe nada a nadie, el unilateralismo que piensa que como EE.UU. es mejor que los otros puede imponer su voluntad, y el internacionalismo, que confía en el multilatera-lismo y el consenso, sea porque es un instrumento más para defender los intereses nacionales del país o porque realmente tiene la certidumbre de que el mundo estará mejor gobernado por reglas y normas internacionales.
Estas diferentes concepciones generan un intenso debate interno acerca de cuál debe ser la política exterior del país, especial-mente en lo referido a intervención militar e injerencia en los asuntos de otras naciones.
Algunas de estas corrientes se unieron durante la administración de Busch para dar comienzo a lo que llamaron la guerra preventi-va en Irak. Aquí vemos bien cómo estas distintas corrientes se expresan políticamente. Para unos fue una campaña de liberación de un dictador, para otros, la prueba del derecho de los EE.UU. de atacar unilateralmente y, para otros, una guerra defensiva a largo plazo.

Capitalismo “a la norteamericana”
Otro punto clave en la estructura de la política exterior es el capitalismo al estilo norteamericano. El libre comercio, fundamento de la política exterior desde el siglo XIX, es un principio con una clara definición, esto es, que los países intercambian productos y capitales sin barreras de ningún tipo. La teoría del capitalismo “a la norteamericana” asegura que todos se benefician con el libre comercio, no solo nosotros. Se trata de una hipótesis apropiada y lógica para el país más productivo del mundo, que protegió sus propias industrias durante el primer siglo de desarrollo hasta llegar a hoy, con industrias maduras y un mercado interno in-menso conjuntamente con reservas de capitales enormes que garantizan la victoria de las empresas norteamericanas en cualquier intercambio abierto, sin restricciones. En función de esta teoría, EE.UU. promovió la creación de instituciones internacionales que defienden esta concepción económica, por ejemplo la Organización Mundial de Comercio. Se trata pues de una política de Estado proclamada y seguida sin vacilaciones por cada presidente norteamericano. Ahora bien, en la práctica el libre comercio es un con-cepto, como el de la libertad y la democracia, que depende del punto de vista del que lo enuncia. Lo concreto es que EE.UU. promueve la firma de tratados de libre comercio o la instauración de áreas económicas libres al tiempo que protege fuertemente su mercado interno, por ejemplo, mediante subsidios directos, regulaciones antidumping, protección de patentes y propiedad inte-lectual y un sistema de preferencias nacionales en contratos gubernamentales.

Seguridad nacional
El último aspecto central para comprender los fundamentos de la política exterior norteamericana es la seguridad nacional, que básicamente implica la protección de su territorio y de sus ciudadanos.
En el pasado, su ubicación geográfica, entre dos océanos y cerca de los países amigos, lo ha protegido mucho. En el presente, el temor de un ataque exterior habla de la naturaleza del carácter de los norteamericanos. Durante la guerra fría, el temor al comu-nismo y a la subversión llegaron a niveles mucho más exagerados que en países fronterizos con el bloque soviético, o que en países como Francia e Italia que tenían partidos comunistas vigorosos que representaban un cuarto de la población total. Aunque en EE.UU. el partido comunista representaba el 0,02% de la población, el miedo al “peligro rojo” fue desproporcionado a la real incidencia o al peligro que el comunismo podía representar para su estilo de vida.
Lo concreto es que hoy el miedo al terrorismo es elevadísimo y tanto la política interior como exterior estadounidense se ven con-dicionadas por dicho temor. Los ataques del 11 de septiembre a las torres gemelas tuvieron consecuencias desastrosas. La más significativa es que hoy cualquier lugar del mundo es percibido por EE.UU. como una zona de interés especial para su seguridad. Esto ha llevado a desarrollar tecnologías que permiten vigilar todo el planeta, por ejemplo accediendo a las comunicaciones de todos los seres humanos en cualquier parte del globo. Ya se está discutiendo tanto fronteras adentro de EE.UU como en el ex-tranjero si estas políticas realmente sirven para fortalecer la seguridad o si producen el efecto contrario al causar resentimientos y agudos altercados con países amigos como los que se produjeron con Brasil y Alemania. También se comienzan a cuestionar los ingentes recursos económicos que tales políticas requieren, los que para muchos podrían utilizarse más eficazmente en otras ta-reas que tiendan a identificar y apresar a aquellos que supongan un riesgo para la seguridad nacional.
Incluso el creciente presupuesto militar es objeto de críticas por parte de numerosos sectores. Este representa el total de los quince países que más invierten en la materia, lo cual para sus detractores implica un desperdicio de recursos que se necesitan para consolidar el bienestar interno del país en infraestructura, salud, educación o investigación científica.
Ahora bien, estos tres pilares de la política exterior que hemos descripto no se desarrollan separadamente sino que interactúan. Veamos un ejemplo de ello: en 1948, George Kennan, el teórico más importante de la estrategia norteamericana para la etapa de la guerra fría, escribió estas líneas en cuanto al dilema estructural del país con relación a la defensa de sus intereses: “Tenemos cerca del 50% de la riqueza del mundo pero solo el 6% de su población. En esta situación no podemos dejar de ser objeto de envidia y re-sentimiento. Nuestra verdadera tarea en el período que se avecina es diseñar un modelo de relaciones que nos permita mantener esta disposición de disparidad sin detrimento para nuestra seguridad nacional. Para ello tendremos que prescindir de todo sentimentalismo. Tendremos que concentrarnos en todas partes en nuestros objetivos nacionales inmediatos. No debemos engañarnos a nosotros mismos, no podemos permitirnos el lujo de ser los benefactores del mundo”.
En suma, las distintas corrientes de pensamiento internas en cuanto a la política exterior atañen tanto a demócratas como a repu-blicanos. En consecuencia, en los gobiernos coexisten o luchan unilateralistas y multilateralistas, o halcones y palomas, pero lo cierto es que todos ellos están de acuerdo con la posición de Kennan. Muchos no se expresan de forma tan directa y contundente como él pero concuerdan en que hay que proteger la posición privilegiada de EE.UU. que lo convierte en el país más rico del mundo.

¿Dónde está parado Obama?
¿Dónde se para el presidente Obama en estas cuestiones? Comparte la ideología nacional del excepcionalismo norteamericano, pero de un modo, digamos, sensato. Ha dicho en reiteradas oportunidades que su país es excepcional añadiendo que de la mis-ma manera hay un excepcionalismo británico, otro griego, etc. y que todos tenemos algo que aprender de los demás. Es por ello que se ha rodeado de funcionarios y asesores que dan por cierto que el poder militar estadounidense se debe usar para ayudar o salvar a otros de peligros. Su consejera de seguridad nacional o su embajadora ante la ONU son intervencionistas humanitarias por convicción. Para Obama la guerra debe evitarse en lo posible; prefiere negociar y encontrar soluciones diplomáticas y solo usar la fuerza en casos extremos, siempre que haya amplio apoyo internacional a la intervención armada. Por ello puso fin a la participación de EE.UU. en la guerra en Irak y está por terminar la intervención militar en Afganistán. Apoyó la intervención en Libia solo después de que hubo una resolución de apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU. En cambio se negó, a pesar de las presiones republicanas, a intervenir militarmente en Siria, en Irán o en Ucrania. Si hay una nueva “doctrina Obama” esta sería que el uso de la fuerza debe ser necesario, posible y apoyado internacionalmente. Estamos hablando de enviar soldados al extranjero, pero en el siglo XXI la tecnología ha hecho posible otro tipo de injerencia militar: los drones, aviones no tripulados. Hoy en día el 8% de los pilotos de la fuerza aérea estadounidense manejan drones desde sus sillones y pantallas en bases militares locales o ubicadas en puntos estratégicos como Medio Oriente. Obama ha autorizado centenares de ataques con drones en varios países, como Pakistán, Libia, Yemen y Somalia, y han muerto 2500 personas, incluso ciudadanos norteamericanos. Se trata de un método que para Obama tiene claras ventajas pues evita el riesgo de que mueran soldados norteamericanos y porque es más racional que lanzar una bomba de 500 kg. Actualmente más de cuarenta países están desarrollando sus propios drones.
En cuanto al libre comercio, Obama es partidario de mantenerlo. Al inicio de su gobierno afirmó que su objetivo era duplicar las exportaciones. Se trata de una cuestión de importancia geopolítica. Después de la Segunda Guerra Mundial, dos de los tres cen-tros industriales mundiales resultaron destruidos, Asia y Europa. El tercero, es decir EE.UU., quedó en una posición de predominio mundial que se acentuó con la caída del comunismo soviético. Pero en el presente, Europa y Asia se han reconstruido, han creci-do aceleradamente y se van unificando como economías integradas. En ambas regiones concurren grandes masas de capitales que aspiran a competir por el predominio económico mundial con EE.UU. A raíz de este nuevo contexto económico internacional, EE.UU. observa atentamente los movimientos de la Unión Europea y de la Organización de Cooperación de Shanghái, integrada por China, Rusia y cinco Estados más de Asia Central, que empieza a adquirir creciente importancia, reforzada por el gigante acuerdo gasífero firmado recientemente por Rusia y China. En tal contexto, Obama intenta firmar acuerdos de libre comercio bila-terales con países de América Latina, tras el fracaso del ALCA en la época de Busch.
Este es el modo que encontró Obama para contrarrestar el proceso de conformación de bloques en Europa y Asia.
En este panorama, América Latina tiene mayor peso que en otros tiempos y, por ende, la Unasur y la Celac tienen más importancia que cualquier otro agrupamiento del pasado. Así y todo, el deseo de EE.UU. de decidir qué pasa en su “patio trasero” sigue tan vigente como siempre pero se ve obligado a negociar por la envergadura de la región.

Antinorteamericanismo
Para finalizar, quiero hacer unas reflexiones relativas al “antinorteamericanismo”. Muchos se preguntarán por qué mi país se mues-tra imperturbable a la crítica internacional por algunas de sus acciones. EE.UU., en el siglo XXI, ha entrado a una guerra preventiva que implica detenciones indefinidas sin proceso y tortura de sospechosos, circunstancias que contribuyen al debilitamiento de los organismos internacionales. Si bien es verdad que estas conductas comenzaron en la administración de Busch y que Obama prohibió la tortura, lo cierto es que ni él pudo convencer al Congreso de cerrar la cárcel de Guantánamo. Para cierta parte del esta-blishment estadounidense cuando se critica la política exterior de Washington el problema es que los extranjeros son “antinorte-americanos”. Ese antiamericanismo no es solo oponerse a la política de Washington sino que se trata de un sistema de pensa-miento que tiene sus raíces en el odio a la democracia. Esto lo expresó claramente el ex presidente Busch cuando dijo: “Nos odian por nuestras libertades”. Podemos ver aquí el poder de la concepción que sostiene el excepcionalismo norteamericano: el país es bueno, por eso nos odian.
Parece mentira que en mi país se apele a interpretaciones tan primitivas para explicar esta situación. Si sencillamente se observa el resto del mundo se aprecia a simple vista que no existe un antigermanismo o un antimexicanismo. Aun cuando alguna nación en el mundo hubiera despertado hostilidad por acciones agraviantes o injustas ello no llega a igualar al sentimiento adverso que se siente por EE.UU. en buena parte del mundo. Cuando medio planeta se burlaba del ex primer ministro Silvio Berlusconi, a los ita-lianos no se les ocurrió pensar que esto expresaba un brote de antiitalianismo. Las escasas expresiones vagamente comparables al antinorteamericanismo han sido provocadas por regímenes totalitarios o imperialistas. Ya los defensores del Imperio británico recurrían a la anglofobia para explicar por qué razón su supuesta misión civilizadora suscitaba rechazos en los territorios coloniza-dos. La Rusia imperial, defensora de los eslavos, consideraba que los pueblos que se resistían obstinadamente a su férreo domi-nio cultivaban la rusofobia. Los nazis denominaban antialemanes a sus opositores mientras en la Unión Soviética se acusaba a los disidentes de antisovietismo por desviarse de la doctrina oficial.
Como alguna vez dijo un senador demócrata, crítico de la guerra en Vietnam: “El poder tiende a confundirse a sí mismo con la vir-tud”. Que una democracia adopte expresiones imperiales es para mí, al menos, curioso.
Quiero cuestionar la concepción de que toda crítica interna hacia EE.UU. procede de ciudadanos desleales, o sea, norteamerica-nos antinorteamericanos (100lo cual se dice diariamente en las cadenas televisivas de mi país), como asimismo la afirmación de que toda crítica externa a la política exterior es manifestación de malevolencia, perturbaciones psíquicas o de desprecio a la democra-cia por parte de los extranjeros. Con un ejemplo quedará claro este planteo. En 2002 el presidente francés Jacques Chirac advirtió a EE.UU. que era preferible no invadir Irak basándose en la mala experiencia de su país en la guerra de Argelia. Sus argumentos fueron despreciados por un coro de voces que lo acusaron de antinorteamericanismo y la reacción consistió en lanzar una cam-paña de boicot a los productos galos, quemar banderas francesas y verter en las alcantarillas miles de litros de buen vino francés, al tiempo que varios miembros del Congreso pidieron que los cuerpos de los soldados norteamericanos enterrados en Normandía fueran repatriados porque el suelo francés ya no era digno de acoger a nuestra gente. Mientras tanto, en el resto del mundo las manifestaciones más masivas que se hubieran visto en la historia y que reunieron a millones de personas exigían a EE.UU. que no se lanzara a una guerra cuyo sentido estaba siendo vivamente cuestionado. La mayoría de los estadounidenses decidió ignorar esta advertencia del mundo y la catalogó como expresión del antinorteamericanismo, apoyando a su gobierno en la decisión de mandar tropas a invadir Irak, en lo que fue la peor debacle militar de EE.UU. en lo que va del siglo XXI.
Este episodio supuso para todo historiador un extraño déjà vu. En los años 60 el entonces presidente francés Charles de Gaulle se declaró contrario a una intervención militar de EE.UU. en Vietnam apoyándose en la aciaga experiencia francesa en la guerra de Indochina y prediciendo que una nueva guerra en ese rincón del planeta iba a durar una década y a acabar en una derrota catastró-fica para EE.UU. También en ese momento la reacción estadounidense fue rápida y contundente: promover una campaña de boi-cot a los productos galos, quemar banderas francesas y verter en las alcantarillas miles de litros de buen vino francés, mientras varios miembros del Congreso pedían que los cuerpos de los soldados norteamericanos enterrados en Normandía fueran repa-triados porque el suelo francés ya no era digno de acoger en su seno a nuestros héroes. En tanto, las masivas manifestaciones que ocurrían en el mundo en contra de la guerra fueron simplemente tachadas de maniobras antinorteamericanas. Funcionarios de nuestro gobierno calificaron el antinorteamericanismo de Charles de Gaulle como obsesión compulsiva y se ordenaba a las tropas que marcharan a la peor debacle militar de EE.UU. del siglo XX.
Años después, el ex secretario de defensa Robert McNamara, responsable principal de los primeros años de la guerra en Vietnam, lleno de remordimientos, se lamentó de no haber hecho caso a las advertencias del ex presidente francés. Exactamente igual que muchos estadounidenses que ahora se arrepienten de no haber sabido escuchar las exhortaciones que oportunamente hizo Chirac.
En los años 60 las opiniones de Francia eran compartidas en privado por los gobiernos de Alemania Occidental y de Gran Bretaña, pero prevenidos de que los gobiernos de EE.UU. (100Kennedy y Johnson) no toleraban críticas extranjeras, que enseguida se ta-chaban de antinorteamericanas, prefirieron guardar silencio y apoyar públicamente su política exterior intervencionista. Este caso demuestra que los antiamericanos franceses ofrecieron en realidad los mejores consejos mientras los aliados más proamericanos, que antepusieron una apariencia de solidaridad incondicional, indujeron a los políticos estadounidenses a provocar un gran daño a su propio país.
Vemos pues cómo este concepto del antinorteamericanismo al cerrar el paso a todo punto de vista alternativo contribuyó decisi-vamente a consumar dos de los mayores fracasos de la política exterior de toda la historia de EE.UU.

* Max Friedman es profesor de Historia en la American University de Washington y un estudioso de las relaciones exteriores de Estados Uni-dos durante el siglo XX. Obtuvo su doctorado en la Universidad de Berkeley. Su último libro se titula Repensando el anti-norteamericanismo: la historia de un concepto excepcional en las relaciones exteriores norteamericanas.

** Daniel Di Salvo es investigador principal en el Manhattan Institute´s Center for State and Local Leadership y profesor de Ciencia Política en The City College de Nueva York. Tiene un doctorado en Ciencia Política por la University of Virginia. Su especialidad es el estudio de los parti-dos políticos, las elecciones, los sindicatos y las políticas públicas estadounidenses.

EPÍGRAFES
Integrantes de Gestar junto a la senadora nacional Roxana Bertone y los profesores Max Friedman y Daniel Di Salvo (100centro).

En el marco de la Cumbre de Seguridad Nuclear, la presidenta Cristina Fernández se reunió con su par estadounidense Barack Obama. 14 de abril de 2010.

Primer debate político televisado en los EE.UU. realizado el 26 de septiembre de 1960 entre los candidatos presidenciales Richard Nixon y John F. Kennedy.

Barack Obama en el escenario de un evento de cierre de campaña en Ohio.

Este vehículo aéreo no tripulado (100Dron) de la Fuerza Aérea estadounidense efectúa misiones de reconocimiento y de ataque. Controlado y dirigido remotamente, en la actualidad recibe poderosas críticas por haber causado daños colaterales con pérdidas de vidas inocentes por procesar información erróneamente.

Afiche de campaña diseñado por Shepard Fayrey para las elecciones presidenciales de 2008, en que se destaca la inscripción “HOPE” (100espe-ranza).

 

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