31 de mayo de 2011
Instituto Gestar

Premisas de una deuda sana

La referencia es pertinente para entender el cambio pergeñado desde el 2003 en materia de desendeudamiento. Se trata, sin dudas, de una de las políticas claves de esta nueva etapa y que más contundentemente expresa una ruptura con el pasado reciente. Pero este cambio, siguiendo a Chang, es imposible de entender sin considerar el proceso de sometimiento cultural que los argentinos teníamos con los mercados internacionales, y que el kirchnerismo vino a transformar. En efecto, analizar la deuda externa para la Argentina supone más un recorrido de políticas erráticas durante la mayor parte de su historia que la identificación de un proceso puntal circunscripto a una determinada coyuntura económica. En cualquier caso, la transformación cultural impulsada por el kirchnerismo actuó sobre la base de la instrumentación de una política de largo plazo dispuesta a liberar al país del peso de la deuda y de los organismos internacionales que, con la complicidad de dirigentes locales, contribuyeron a incrementarla de forma exponencial.

El desendeudamiento no solamente permitió una reoxigenación de la economía doméstica y la posibilidad de crecer con «recetas» propias, sino que deja al próximo Gobierno mucho mejor parado de lo que enfrentó Kirchner en el 2003. Para tomar noción de ello, basta pensar que durante el 2011 vencen u$s 31.443 millones entre capital e intereses, pero el programa de pagos ya está resuelto por el Ministerio de Economía. Los montos son menores en los próximos años: u$s 13.200 millones en el 2012, u$s 12.700 millones en el 2013, u$s 14.031 en el 2014 y en el último año de gestión del próximo Gobierno estarán venciendo pagos por u$s 14.776 millones.

Dicho esto y liberado del constante monitoreo de sus cuentas fiscales, los desafíos en el mediano plazo son los de continuar por este camino apostando a la implementación de un plan financiero realista, con medidas que incluyan la implementación de políticas anticíclicas en el caso que el escenario internacional se torne desfavorable para la Argentina.

El último paso para abandonar definitivamente el default es regularizar la situación con el Club de París y evitar la especulación de los fondos buitres que ya han demostrado su tendencia a incidir en la negociación de la Argentina y a intentar acorralar al país con demandas ante tribunales norteamericanos. La normalización definitiva del frente externo le permitirá a la Argentina reabrir el acceso al financiamiento a bajas tasas de interés.

Hay algunos indicadores que se consideran fundamentales como premisas de una «deuda sana», y todos ellos reflejan lo intensiva que ha sido la política de desendeudamiento encarada por el Gobierno Nacional. Por un lado, el ratio deuda/PBI ubica hoy a la Argentina con posibilidades concretas de manejar su frente externo. Mientras que en el 2001-2002 la deuda equivalía a más de un 150% de su PBI, hoy se ubica en un 40%.

Pero si se observan los plazos en los cuales se han conseguido estirar esos pagos, el indicador señalado recobra aún mayor importancia. En efecto, no solamente se ha conseguido disminuir el peso de la deuda en el PBI argentino, sino además se han logrado estirar los plazos de pago a bajo interés. Cuando a menudo los medios reflejan el supuesto estancamiento o dificultades de las negociaciones con tono alarmista en realidad lo que hay que decir es que lo que se está intentando es estirar los pagos al mayor plazo para que el peso de su cancelación sea el menos posible. Tanto la reestructuración lograda en el 2005 como la del 2010 permitió mejoras importantes en ese sentido, con un estiramiento en los plazos razonable que acrecienta aún más la baja del ratio deuda/PBI.

Otro indicador que demuestra el exitoso proceso de desendeudamiento está vinculado a la moneda en que la actual deuda argentina está expresada. Lo positivo de tener un pasivo expresado en moneda nacional es que permite cierto resguardo ante fluctuaciones externas que induzcan a una devaluación de la moneda local. Hay que tener en cuenta que el importante incremento del ratio deuda/PBI dado en el 2001-2002, se debió, principalmente, a la contracción del PBI en dólares, no solamente por la reducción de casi 11 puntos porcentuales del PBI sino también por la devaluación de aproximadamente 250% ocurrida en ese tiempo. La reestructuración, por lo tanto, no solo fue positiva en términos de quita del valor nominal de la deuda, sino además por la posibilidad que dicha negociación permitió en términos de reducción de la composición de la deuda en moneda extranjera, pasando de un 95% en el año 2000 a un 59% en la actualidad, y con el 41% restante expresado en pesos. Así, de los u$s 164.330 millones de deuda pública, actualmente 75.150 está nominada en dólares, 67.750 en pesos, 16.790 en euros, 2.230 en yenes y 424 en otras monedas.

El exitoso proceso de desendeudamiento argentino también se refleja al considerar quiénes son los acreedores actuales. Hoy el 46,8% de la deuda total está representada por deuda intra sector público, en poder de tenedores públicos como el Banco Nación, el Fondo de Garantía de Sustentabilidad (100FGS) de la ANSeS y el Banco Central, entre otros. Esto permite, sin dudas, una menor dificultad para refinanciar los pasivos, dada la menor complejidad para lograr este proceso frente a un organismo público que frente a uno privado. Si se excluyera el stock de deuda intra sector público, la relación deuda/PBI se reduciría entonces aún más. En la actualidad, apenas un 10,8% de la deuda está en manos de Organismos Multilaterales y Bilaterales como el Banco Mundial, la Corporación Andina de Fomento y el Banco Interamericano de Desarrollo.

Finalmente, las mencionadas reestructuraciones del 2005 y el 2010 permitieron una importante quita del valor nominal de la deuda, y consagran a la política aplicada en la Argentina como una de las más efectivas en cuanto a disminución del monto adeudado.

Por todo lo expuesto, están hoy dadas las condiciones como para que Argentina no tenga que volver a un período tan complejo como el vivido hace unos años atrás, de manera de que el sector público pueda acudir voluntariamente a los mercados financieros. Pero esta situación también demandará de parte de quienes conduzcan el país un ejercicio de responsabilidad muy grande para no retroceder en el proceso iniciado en el 2003, y de la sociedad civil un firme compromiso por exigir un segundo «Nunca Más» en materia de endeudamiento. La colonización cultural a la que hemos sido sometidos durante tanto tiempo, y que fue artífice de uno de los procesos de endeudamiento más acelerados del mundo, requieren un ejercicio de memoria permanente para defender lo conseguido hasta aquí e ir por más.

Arturo H. Trinelli y Matías Rohmer

Politólogos UBA

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