13 de julio de 2017
Instituto Gestar

¿Qué pasa si gana Macri? Segunda parte

Hasta aquí hemos tratado de presentar una síntesis de los ejes centrales de la política del gobierno de los ricos. Pero van por más. Si el caso fuera que sortean las elecciones de medio término sin una derrota contundente, lo que aparece en el horizonte es un fuerte frente de tormenta. A través de diferentes voceros se anticipa que si la ciudadanía convalida en las urnas este modelo buscarán profundizarlo con nuevas reformas y mediante una transformación radical de la matriz productiva argentina. Para ello precisa el caudal político del que hasta ahora careció. Algunas puntas ya aparecieron, como cuando la vicepresidenta afirmó que “vamos hacia un modelo agroexportador y de servicios, basta de industrias. El modelo que Macri quiere es India” para agregar a continuación que “las grandes industrias seguirían”. Este es el modelo de país que quieren forjar, dicho por ellos mismos. Macri se ha cansado de afirmar que los trabajadores tienen exceso de derechos y que hay que modernizarse: ¡sacándoselos! por tratarse de excesos populistas. Así estigmatizó a los trabajadores acusándolos de poner palos en la rueda de las empresas con exigencias desmedidas, de ausentarse demasiado, de hacer huelgas y paros (100de los que dijo no sirven para nada), de trabajar poco, etc. Todo esto perfila la sociedad que tratarán de imponernos a futuro si las condiciones políticas se lo permiten.

Lo que viene, si Cambiemos hiciera una buena elección, también fue anticipado por los medios oficialistas: reforma tributaria, fiscal laboral, previsional y política.

Un cambio del sistema tributario del cual todavía hay pocas precisiones aunque las que trascendieron resultan poco auspiciosas como eliminar impuestos, aportes y contribuciones, reforzando el peso tributario sobre el consumo (100ya hicieron trascender que después de octubre se generalizará el IVA incluyendo los alimentos de la canasta básica que hoy tributan un 10,5% y pasarán a pagar 21% con lo cual tendrán un aumento del 10,5%), es decir sobre los más pobres, lo que implicará necesariamente que el Estado se termine de desfinanciar quedando como testigo bobo de lo que suceda en adelante en nuestro país.

Una reforma laboral cuyo eje será la modificación de las condiciones laborales que impliquen volver décadas atrás. Así, por ejemplo, después de un mes en que el presidente abonó el terreno arremetiendo contra la supuesta industria del juicio manejada por desconocidas mafias judiciales representadas por los abogados laboralistas que defienden los derechos de los trabajadores, sus operadores comenzaron a cuestionar la existencia misma de la indemnización por despido, pues en su opinión solo sirve para fundir empresas y hacerle perder el trabajo a los compañeros. Pero avanzan por todo el frente, pues también comenzaron a cuestionar la estabilidad en el empleo, el tiempo que duran las licencias, entre tantos derechos puestos en tela de juicio. Es interesante también ver como disfrazan estos intentos por cambiar las reglas establecidas para proteger al trabajador de su debilidad frente a la patronal. Dicen que es la única manera de bajar el “costo argentino” para favorecer las inversiones. Esta afirmación oculta dos falacias, el salario o los derechos laborales, ni aquí ni en otro lugar del mundo, representa una parte sustancial de los costos de producción, y además las inversiones, en ningún caso dependen de dichos costos, sino de otras variables. ¿Es lógico suponer que alguien va a invertir en esta Argentina en que el consumo interno se desbarrancó, en que solo exportamos materias primas, en que el nivel de endeudamiento va convirtiéndose en explosivo y en la que la bicicleta financiera es más rentable que el esfuerzo de montar una empresa?

El intrascendente ministro de Hacienda y su par de Interior, elaboran una nueva ley de responsabilidad fiscal, cuyo eje no es como lógicamente debiera un cambio consensuado con las provincias  para distribuir mejor los recursos e incrementarlos sino simplemente reducir el gasto provincial cuya primera consecuencia será el despido de miles de empleados estatales y dejar de prestar servicios esenciales para sus poblaciones, además de desactivar los programas sociales que ayudan a contener la situación social de miles y miles de argentinos que quedarán librados a su suerte.

Una reforma política de la que vienen batiendo el parche consistiría en derogar las PASO, imponer la boleta electrónica, de la cual se han pronunciado en contra todos los especialistas por su vulnerabilidad y la posibilidad de favorecer el fraude, sin descontar además que varios países desarrollados lo implementaron y rápidamente lo abandonaron como Alemania, Holanda, Reino Unido, Italia, Australia, Irlanda, Finlandia, Noruega y también países del Continente como Paraguay o Guatemala, argumentando que vulnera los principios de fiscalización y de secreto del voto. De yapa pretenden imponer un nuevo régimen en el financiamiento de las campañas políticas: ¿tal vez para permitir el financiamiento privado?

También trabajan en la revisión del sistema previsional, del que ya tenemos anticipos, como la pauperización del salario jubilatorio, vuelta al sistema privado, aumento de las edades para acceder al beneficio, recortes en la provisión de medicamentos, etc.

A la luz de estas medidas que están siendo puestas a punto, lo que viene inexorablemente es más ajuste. Ya tiraron globos de ensayo como recalcular los montos de las jubilaciones o los recortes de las pensiones por discapacidad, a ver que pasaba. Tuvieron que retroceder pues la reacción social fue contundente en su contra pero no significa que se haya descartado hacerlo más adelante.

Las principales espadas de este gobierno, sus voceros, son lobos disfrazados de corderos que nos hablan con susurros, amabilidad y hacen gala de ser racionales, sofisticados y modernos. Pero en realidad aplican un neoliberalismo anquilosado, antiguo y muy agresivo. Para muestra basta un botón: en cualquier empresa multinacional a sus empleados les dan cursos de yoga para superar el estrés, tienen hasta tres interrupciones de su trabajo para descansar, en algunos casos hasta los obligan a dormir la siesta. Aquí, Macri y sus brillantes Ceos le dicen a los trabajadores estatales que si se toman media hora para comer como está establecido en los convenios colectivos de trabajo luego se tienen que quedar media hora más para compensar el tiempo perdido. O sea, el más duro régimen decimonónico de extracción de plusvalía, como decía un señor alemán, que vivía en Gran Bretaña y que no conocía Rusia.

Lo cierto es que el cinto se lo aprietan siempre a los mismos, a los trabajadores, a los sectores medios, a los comerciantes, a los pequeños industriales.

Mientras tanto y como telón de fondo, endeudan al país de manera que ya se calcula que se necesitarán tres generaciones para pagar lo que irresponsablemente toman prestado para afrontar los gastos corrientes del Estado (100sueldos, proveedores). Es ilustrativo el valor simbólico que cobra el Bono a cien años emitido por el gobierno, quien sostuvo que pretendía ser una señal hacia el exterior para favorecer las famosas inversiones que ni llovieron, ni brotaron, cuando a nosotros nos parece que, en realidad, es una clara señal hacia adentro dejándole en claro a los argentinos que deberemos aceptar mansamente que estos sujetos hagan grandes negocios en su propio beneficio y que varias generaciones paguen esta opaca transacción, a una tasa elevadísima cuyo destino nadie conoce. Ponen al país de rodillas para lucrar con el sacrificio de la mayoría. Decisiones como esta colocan a la Argentina más cerca de un país bananero que del primer mundo.

¿Qué nos dice todo esto? En principio, está claro que pretenden ir hasta el hueso, llegar lo más lejos posible con las reformas y el endeudamiento indiscriminado, de manera que el próximo gobierno se encuentre con un campo minado que le lleve años desactivar y modificar.

Ahora bien, para seguir profundizando el ajuste, el gobierno sabe que requiere un resultado electoral que apruebe su gestión y es por ello que esta elección de octubre, más que nunca, adquiere carácter plebiscitario. Sin embargo, aún haciendo una buena elección es improbable que pueda contar con mayorías propias en el Congreso Nacional y por tanto es fundamental que la nueva conformación de la Cámara articule una oposición unida que pueda poner un límite al desquicio que están cometiendo. Pero, además, deberán también articular una política consensuada con los sectores productivos afectados por el programa económico neoliberal que aplica el gobierno, con los gremios que son los más afectados por estas políticas, con los partidos políticos que tengan vocación frentista, sumando también a las organizaciones sociales que representan a los trabajadores informales y a los desocupados.

Si este acuerdo multisectorial no se concreta, la Argentina corre el riesgo de quedar desarticulada y dividida irreconciliablemente por décadas. En todo caso, es primordial que los afectados y opositores al presente régimen político articulen una propuesta alternativa viable y sustentable para ganar consenso en el conjunto de la sociedad.

Finalmente debemos preguntarnos qué pasaría en un hipotético escenario en que el macrismo pierda estas elecciones. Es obvio que el oficialismo no tiene plan alternativo y que quedaría muy debilitado para seguir por la senda que viene transitando. Ello no implica necesariamente que no continúen con sus políticas de ajuste pero estarán sumamente condicionados y no podrán profundizarlas al ritmo que llevan. Pero, además, y esto es lo fundamental, abriría una brecha que permitiría la posibilidad de regenerar nuevos liderazgos y propuestas, en el campo nacional y sobre todo en el peronismo, que, por ahora, sigue siendo el único capaz de articular un nuevo frente que cobije a todos los argentinos que siguen creyendo que esto no es una jungla donde se salva el más fuerte y el que más medios tiene.

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