3 de julio de 2013
Instituto Gestar

Soberanía política

Uno de los principales ejes de la política exterior de aquellos años fueron las denominadas “relaciones carnales” con Estados Unidos, que se definían a partir de privilegiar las buenas relaciones políticas con una de las principales potencias del mundo justificándolas con el argumento de que países periféricos como el nuestro no poseían margen de maniobra para actuar a favor de intereses propios y que iban a verse favorecidos sólo a través de una relación de apoyo incondicional y alineamiento automático con la política norteamericana.


Esto cambió radicalmente con la asunción de Néstor Kirchner como presidente. Los socios estratégicos pasaron a ser los países de la región, aprovechando la sintonía ideológica que les daba su pertenencia al campo nacional y popular. Lula da Silva iniciaba su mandato en 2002, Hugo Chávez Frías ya gobernaba desde 1998 y a ellos les siguieron otros presidentes como Evo Morales en Bolivia, Michelle Bachelet en Chile, Fernando Lugo en Paraguay y Rafael Correa en Ecuador. El default de la deuda, las políticas económicas heterodoxas aplicadas para salir de la crisis y las nuevas relaciones políticas con los vecinos de la región hicieron que la Argentina pasara de ser el mejor alumno de los organismos financieros internacionales a un Estado que buscaba recuperar soberanía en materia de política internacional; se modificaron las prioridades, los interlocutores y la forma de negociar del país frente al mundo.
Este viraje se hizo patente en el rumbo que tomaron las negociaciones para la firma del ALCA, el proyecto impulsado por Estados Unidos para la creación de un área de libre comercio para todo el continente americano. Esta iniciativa, iniciada en Miami en diciembre de 1994 en una reunión de la Cumbre de las Américas, proponía la libre movilidad de capitales y mercancías a lo largo de todo el continente americano de modo que empresas multinacionales y pequeñas empresas nacionales “pudieran competir en igualdad de condiciones”.
Esta propuesta fue rechazada por la mayoría de los presidentes latinoamericanos en una memorable Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata, en 2005, donde se pronunció fuertemente un “No al ALCA”. Los mandatarios comprendieron que una liberalización comercial frente a Estados Unidos no iba a revertir la desigualdad, la pobreza, el desempleo y la desindustrialización que ya había provocado una década de neoliberalismo; por el contrario, el ALCA venía a profundizar estas condiciones.
Con relación al reclamo de soberanía por las islas Malvinas, una constante de la política exterior argentina, durante la última década también se dieron pasos muy importantes. La cuestión de Malvinas nuevamente adquirió centralidad en el diseño de la política exterior y se impulsó fuertemente el apoyo regional, pasando de ser un reclamo nacional a una causa sudamericana. En este sentido, este enfoque contrasta con la política del “paraguas de soberanía” de la década de 1990, mediante la que se buscaba lograr acuerdos con Gran Bretaña con el compromiso de no discutir sobre la soberanía de las islas, política que no llevó más que a resignar nuestros intereses soberanos.
El apoyo regional en la cuestión Malvinas también se logró porque durante esta última década se definieron como nuestros aliados estratégicos y prioritarios los países de la región. El viejo anhelo de la construcción de la Patria Grande se puso en práctica y se dejaron de lado todo tipo de rivalidades e hipótesis de conflicto con nuestros vecinos sudamericanos.
El Mercosur, cuyo proyecto fue iniciado en los 80 durante la presidencia de Raúl Alfonsín y cuyos instrumentos constitutivos fueron firmados en los 90 (100el Tratado de Asunción en 1991 y el de Ouro Preto en 1994), fue concebido dentro del espíritu neoliberal con el objetivo de constituirse como una unión aduanera. Durante su primera década de vida, la integración del Mercosur estuvo centrada en la liberación de aranceles y el establecimiento de un arancel externo común.
El Mercosur fue relanzado a mediados de 2003 en la Cumbre de Asunción con Néstor Kirchner y Lula da Silva como presidentes. Allí se declaró la necesidad de lanzar el “Mercosur político” y se incluyeron en la agenda cuestiones como el compromiso democrático, las concertaciones sociolaborales, la libre movilidad de las personas, el crecimiento del empleo, la protección de los derechos humanos, la cultura, la participación de la sociedad civil, etc. La agenda del Mercosur fue ampliándose desde ese relanzamiento en 2003 y actualmente el bloque la caracteriza como dividida en Mercosur político, Mercosur comercial y Mercosur social. Como ejemplo del compromiso asumido en pos de la democracia, los miembros del Mercosur suspendieron a Paraguay cuando fue destituido su presidente Fernando Lugo por haberse interrumpido el proceso democrático.
La integración regional no sólo fue profundizada en el ámbito del Mercosur, sino que además se crearon nuevos organismos para dicho fin. En 2004, durante la Tercera Cumbre Sudamericana, los países de América del Sur (100Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela) firmaron la creación de la Comunidad de Naciones Sudamericanas, que luego adoptó en 2008 el nombre de Unión de Naciones Sudamericanas (100Unasur). Néstor fue designado como su primer secretario general y tuvo un rol muy activo en materia de defensa de la democracia de la región.
Por mencionar algunos hechos que ilustran cuánto ha cambiado la región respecto de su actuación en décadas pasadas, cuando se privilegiaban las alianzas extrarregionales, podemos mencionar la intervención de la Unasur en el conflicto entre Venezuela y Colombia cuando esta última acusaba a Venezuela de tolerar guerrilleros de las FARC dentro de sus fronteras y Venezuela culpaba a Colombia de intromisión militar. También la intervención de la Unasur en situaciones en las que la democracia corría riesgo, como el caso del intento de golpe a Rafael Correa en 2010 y los hechos que pusieron en peligro la continuidad de Evo Morales como presidente de Bolivia a causa de la fuerte oposición de los departamentos con mayor poder económico de su país. La Unasur posee una cláusula democrática mediante la cual se prevén medidas restrictivas a fin de impedir la instalación de un poder ilegítimo.
Por último, la Argentina ha diversificado sus relaciones fuera de la región, afianzando una relación de fuerte intercambio económico con Europa, China y los países del sudeste asiático. Esto da cuenta del propio cambio en la estructura del sistema internacional y en la percepción de que es preciso estrechar lazos con las potencias emergentes ante la declinación de Estados Unidos como potencia hegemónica regional y la pérdida de liderazgo de Europa.
En el plano de la participación en los foros internacionales, la Argentina ha dado muestras de vocación de liderazgo regional junto a Brasil promoviendo la reforma de algunos regímenes internacionales, cuestionando el rol de los organismos multilaterales de crédito como el FMI y afianzando las relaciones sur-sur.
Ejemplo de ello es la propuesta de reforma del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, cuya conformación actual no responde a la distribución de poder en el mundo. Los países con capacidad de veto que lo conforman siguen siendo poderosos pero han visto declinar su poder relativo frente a otros actores, por ejemplo, India o Brasil. La Argentina, como otros países emergentes, ha cobrado renovado protagonismo en ciertos foros y espacios de discusión, tanto para liderar como para proponer cambios en el ordenamiento internacional. Ejemplo de ello ha sido la participación del país en el G-20 y el G-77.
En resumen, durante la década 2003-2013 el paradigma de inserción internacional argentino se ha configurado en torno a la construcción de una alianza estratégica regional para afianzar una Sudamérica como bloque continental; continúa con el reclamo de Malvinas apoyándose en todos los mecanismos multilaterales de manera pacífica y en acuerdo con el derecho internacional, pero sin resignar nuestra exigencia de soberanía, y ha fortalecido sus lazos con los países emergentes para aumentar el comercio, establecer alianzas y proponer cambios en el ordenamiento geopolítico internacional. Todos estos cambios en el ámbito de política exterior dieron como resultado una “década ganada”, con una Argentina más integrada a la región y al mundo.
En este contexto de integración, Néstor puso en marcha un plan de regularización de migrantes de países sudamericanos miembros y asociados al Mercosur, que se denominó “Patria Grande”. Para alcanzar la máxima cobertura, se abrieron 560 centros de tomas de trámite en numerosos municipios del país y, paralelamente, también se realizaron convenios con los consulados extranjeros y con las organizaciones sociales ligadas a las colectividades. Gracias a este programa, casi 100.000 extranjeros obtuvieron su residencia permanente en la Argentina, mientras que más de 125.000 obtuvieron su residencia temporal.
Pero la política de identidad que llevaron a cabo Néstor y Cristina excedió las acciones que enarbolaron las banderas de unidad latinoamericana. El verdadero impacto de esta política es el respeto a las diversidades culturales, religiosas y de género, tres aspectos centrales para el reconocimiento de todos los argentinos y sus hermanos latinoamericanos, dentro de una sociedad plural y progresista.

 

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