5 de octubre de 2016
Instituto Gestar

Verdurazo y su contexto, segunda parte

Continuando con los informes productivos sectoriales que GESTAR viene elaborando en estos meses, compartimos la continuidad de la nota publicada días atrás sobre la compleja situación que enfrenta el sector hortícola en la Argentina.

En esa oportunidad, se analizó la protesta realizada en Plaza de Mayo el 16 de Septiembre pasado, el impacto de la devaluación, la inflación, la apertura de las importaciones y la caída del consumo.

En esta segunda parte, se evalúan los márgenes de comercialización, los costos y se identifican una serie de medidas de política sectorial orientadas a dar solución a esta compleja situación que están viviendo los productores hortícolas de nuestro país.

Altos márgenes de la intermediación/ intermediación parasitaria

Uno de los grandes defectos de la cadena de valor hortícola ha sido desde antaño una intermediación hiper desarrollada que ha ido fagocitando uno tras otro los intentos de controlarla.

Las dos características principales del sector hortícola argentino son, por un lado, la amplitud de su distribución geográfica, a tono con la extensión de nuestro territorio, y por el otro, la extrema concentración del consumo en unas pocas megalópolis (100Buenos Aires, Córdoba, Rosario) donde confluye prácticamente toda la oferta. En este contexto, las regiones productivas se han ido especializando en la producción de determinadas especies sobre la base de sus ventajas agroecológicas (100clima y suelo) y han evolucionado a la par de los cinturones verdes periurbanos que basan su competitividad en la cercanía a los centros de consumo.

La horticultura argentina está conformada principalmente por MiPyMEs familiares que ocupan alrededor de cuatrocientas mil personas sólo en su eslabón primario, trabajando alrededor de setecientas mil hectáreas extendidas a lo largo y ancho del país, donde producen unas doce millones de toneladas de alimentos por año destinadas casi exclusivamente a abastecer las necesidades de nuestra población.

Con excepción de unas pocas especies en las que la exportación tiene alguna relevancia, como las cebollas o los ajos y en mucho menor medida papas, zanahorias, zapallos, en el resto de las especies prácticamente se destina el 100% de la producción al mercado interno. La industrialización sigue siendo incipiente y con excepción de las conservas de tomate o de las papas pre fritas congeladas que tienen un mercado más maduro y desarrollado, en el resto se espera una retracción causada por los altos costos de la electricidad demandada por la cadena de frío y por el impacto negativo de la importación. Así cerca del 90% de la producción se destina al mercado interno para su consumo en fresco.

Esta combinación de factores convierte al sector hortícola en una cadena de valor generadora y dinamizadora del empleo en las economías regionales, no sólo en la producción sino también en las actividades conexas (100transporte, distribución, almacenamiento, comercialización, industrialización), pero a la vez dependiente de una logística muy ajustada que da cuenta de lo altamente perecederos que son gran parte de los productos.  

La corta vida útil de la mayoría de los productos hortícolas explica la complejidad de la cadena comercial que está obligada a colocarlos muy rápidamente al alcance de la población en los centros de consumo. Esta situación acentúa la indefensión de los productores, muchos de ellos agricultores familiares, ya de por sí con muy escasa capacidad de negociación ante el resto de los eslabones de la cadena.

El consejo del Ministro Buryaile, que manda a los productores a vender a la feria, luce a todas luces como una chicana. El 80% del comercio se canaliza a través del segmento mayorista mientras que las ventas directas a los supermercados recepciona el 20% restante. Los vínculos con el sector HORECA son muy débiles, diríamos casi inexistentes, mientras que la venta directa en ferias son utópicas para los productores de las economías regionales alejados de los principales centros urbanos y claramente excedentarios con respecto a la escasa demanda que podrían encontrar en torno a sus espacios de producción. En el caso de productores de cinturones verdes, si bien existe un nicho comercial basado en un reciente desarrollo de redes de ferias del productor al consumidor y el comercio organizado a través de bolsones de verduras entregados en destino, la expansión de estas redes requiere de una organización altamente compleja que por ahora está fuera del alcance de la mayoría de nuestros productores.

De esta forma nos encontramos ante una estructura comercial en la cual el eslabón primario explica durante gran parte del año escasamente un 10% del precio pagado por el consumidor. El 90% restante se lo lleva una parte, la cadena comercial necesaria, otra parte, una acumulación de fugas originadas en deficiencias en la pos cosecha, transporte y almacenamiento debidas a la escasa inversión en logística y finalmente las prácticas comerciales abusivas de mayoristas y supermercados.

Aumento de los costos / Tarifazo / Combustible / Insumos dolarizados

Si bien el panorama descripto para la cadena comercial no es nada nuevo, la situación se vuelve crítica en un contexto inflacionario con caída de salarios y empleo.

Los insumos han aumentado sus precios entre un 40% y un 80% con respecto a 12 meses atrás. La devaluación, que impactó en forma directa sobre los insumos importados, también provocó movimientos en los precios de insumos nacionales que siguen el juego del mercado internacional como por ejemplo la urea de Profertil, fabricada en Bahía Blanca pero con precios fijados según la paridad de importación gracias a su posición dominante en el mercado.

Las tarifas eléctricas están impactando en este momento con incrementos del 300% al 500% con la sorpresa en algunos casos de acumular dos facturas más multas por boletas que las propias empresas habían indicado no pagar. La electricidad es imprescindible para el riego en los sistemas hortícolas modernos que han dejado atrás los esquemas basados en combustibles fósiles, costosos y contaminantes.

Por último, el resto de los participantes aguas abajo de la cadena, al no poder seguir transmitiendo sus incrementos de costos hacia los precios finales, se dan vuelta y los trasladan a los productores con menor poder de negociación. Así el incremento del combustible en el transporte, el aumento de la tarifa eléctrica para el acopiador con cámara de frío, el aumento de los alquileres que enfrenta el mayorista, todos son factores que afectan a la baja el precio pagado al productor, incrementando la brecha entre los precios en chacra y los pagados por la población.

Abrir el juego a los productores

La antigua frase proverbial de que “el pez grande se come al chico” es estrictamente aplicable al mercado hortícola y nos da la pauta de la vulnerabilidad de los productores individuales ante una estructura de mercado concentrada (100especialmente en súper e hipermercados pero también a nivel del comercio mayorista) y muchas veces con barreras de acceso artificiales con el único objeto de incrementar los costos de transacción y quitar transparencia.

Para mover el fiel de la balanza hacia una estructura de mercado más justa, es insuficiente (100aunque necesaria) la intervención estatal en cuestiones regulatorias que eviten las prácticas abusivas por parte de los grandes jugadores cartelizados, también se requiere un trabajo político que impulse la organización de los productores de pequeña escala que vaya más allá de las cuestiones gremiales e integre cuestiones empresarias y de la economía social.

Así la organización y el asociativismo son fundamentales para contrarrestar las asimetrías del mercado, y dentro de las distintas posibilidades de organización, el cooperativismo es por lejos el modelo de organización mejor estructurado para enfrentar al neoliberalismo, cuestionando sus formas de entender la economía y procurando un equilibrio entre el desarrollo económico, la justicia social y el balance ecológico. El cooperativismo es una estructura democrática y poli clasista que armoniza la dimensión asociativa con la empresaria y privilegia la solidaridad por sobre la competencia y el lucro. Al decir del General Perón: “El cooperativismo organizado tiene para nosotros y para nuestra doctrina un punto de partida básico porque el cooperativismo es un tipo de organización popular que está en la médula del Justicialismo”

A partir de la conformación de estas cooperativas de productores hortícolas será posible direccionar acciones de política estatal que mejoren la cadena comercial. Se debe facilitar el acceso a puestos del Mercado Central de Buenos Aires a estas organizaciones, con un trato preferencial en cuanto a tarifas y con servicios especiales vinculados con la gestión bancaria y administrativa que ayuden a fortalecer a las organizaciones y a la vez permitan transparentar el mercado con registros reales de operaciones que podrían transformarse con el tiempo en precios testigo para otras organizaciones.

Paralelamente es necesario que estos productores participen en la creación de nuevos mercados mayoristas en el área periurbana del AMBA con la intervención directa de los municipios por medio de iniciativas público-privadas que mejoren la logística de abastecimiento y garanticen la calidad e inocuidad de los alimentos, en este sentido, es indispensable que estos emprendimientos sean acompañados por las instancias nacionales de regulación y asistencia técnica, como SENASA, INTA y/o INTI.

En estos mercados se podrá anclar la acción de los programas de fomento de la agricultura periurbana que tienen que basarse en el respeto por el medio ambiente y especialmente en la interfase urbano-rural, en el desarrollo de la agroecología. Estos programas de fomento tendrán que apoyar la capitalización de las organizaciones impulsando las inversiones vinculadas con el acopio y la conservación pos cosecha, para poder atenuar la alta perecibilidad de la producción y hacer más sostenible la nueva estructura comercial.

Asimismo, se podría canalizar a través de las cooperativas programas de financiamiento blando, que no sólo animarían los procesos de capitalización sino que también serían un incentivo para una mayor formalización del sector. Actualmente el acceso al financiamiento institucional por parte del productor hortícola es ínfimo debiendo recurrir los productores al financiamiento comercial, a veces por parte de los propios comerciantes mayoristas acentuando la dependencia.

Otra herramienta, especialmente a nivel local, es privilegiar a las cooperativas de productores en el compre estatal, principalmente orientado a los productores de proximidad cuando se trate de programas municipales, como así también en el caso de organismos nacionales y provinciales con mayor implicancia para las economías regionales.

La conformación de mercados populares del tipo “del productor al consumidor” es otro instrumento a mano de los municipios. Esta modalidad que está en expansión en muchas ciudades de nuestro país, es una oportunidad para los gobiernos municipales de intervenir en acciones de abaratamiento de los alimentos que protejan a la población de la carestía. Complementariamente, esquemas de comercialización solidaria, conducidos por cooperativas de trabajo, mutuales y otras organizaciones de consumidores, pueden colaborar en alcanzar el precio justo, equilibrando los intereses de los agricultores familiares con los de la ciudadanía en su conjunto.

En definitiva, resulta imprescindible abrir el juego a los productores, que logren empoderarse a través de sus propias organizaciones y así ser dueños de su propio destino.

“El pueblo es la comunidad organizada y la comunidad organizada constituye el cuerpo y el alma de la Patria” (100Juan D. Perón, Fundamento de la Doctrina Nacional Justicialista).

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